28 / Febrero / 2010

El ramillete de rosas

Juan Peregil (con G), tiene su nuevo DNI en manos. Cumple sus dieciocho años pensando que quiere conquistar al mundo. No sabe cómo, pero eso quiere. En las mañanas asiste a la universidad pensando “qué aburrido son los profesores de San Marcos”. Él recuerda a sus profesores del colegio quienes eran divertidos, sabios y extravagantes, como el buen profesor Christian Guivin, un gran tipo nacido para ser maestro y amigo. Sin embargo, en San Marcos, todos los profesores se la pasan hablando de política y que Fujimori es un dictador y qué viva el socialismo y todo eso le aburre. Después, en casa, sus padres no existían ya que ambos trabajaban. Así que solo se dedicaba a ver partidos de fútbol o buscaba a sus amigotes para comentar sobre tal o cual chica, como la linda Jimena del Risco.

Se odiaron horrible la primera vez que se vieron. Qué se habrá creído este piojoso, pensaba ella. Qué chinchosa es esta mujer, pensaba él, sin embargo, cuando estaba solo, pensaba en Jimena y en lo linda que se le veía caminar con ese aire de superioridad, y le fascinaba cuando ella lo ignoraba. Pero, a pesar de eso, se detestaban, no había más. Solo cruzaban las palabras justas y nada de miraditas ni de sonrisas ni cojudeces, pensaba él. Ella lo detestaba, sin embargo, cuando se enteró que Juan Peregil (Con G) había ganado el concurso de poesía en el que ella también participó, le pareció algo interesante. Sin embargo, los piojosos que tienen algo de talento igual no dejan de ser piojosos. A ella, a quien habían criado con las más finas costumbres de San Juan de Lurigancho, le apestaban los gorditos con el pelo largo y con pinta de vagos. No puede ser, pensaba Jimena, que este tipo sepa escribir algo más que su nombre en el pupitre.

Juan, por su parte, no le importaba el qué dirán, ni sus costumbres de ir a la universidad descalzo o, en el mejor de los casos, en sandalias. Él, efectivamente, tenía pinta de vago. Se despreocupaba por su sobrepeso y le importaba un pepino las buenas costumbres. Tampoco se mostraba preocupado por la educación y la cortesía frente a las otras compañeras del aula. Por eso no le importaba mentar la madre, rascarse los genitales, meterle la mano a otro compañero… era un paria. Un errante universitario en la cola del comedor durmiendo en el suelo mientras espera su ración diaria de comida gratis.

Una tarde cualquiera, Juan roncaba sin ningún problema o prejuicio en el suelo del comedor, al final de una inmensa cola. Y sintió que alguien lo pateaba como para despertarlo. Se paró molesto y furioso y despreocupado y más furioso, y, sin ver, devolvió la patada con mucha más fuerza y sin observar de quién se trataba. Jimena estaba rojísima de la vergüenza y el dolor. Lo miró y se fue corriendo adolorida. Juan Peregil (con G), se olvidó de comer y trató de perseguirla… pero fue en vano.

Jimena lo odiaba con todas sus fuerzas. No había derecho a reclamo ni a perdón. No quería verlo nunca: le pidió a sus padres mudarse de universidad, de barrio, de país. Pero le hicieron entender que era imposible. Maldito, piojoso, abusivo y maricón, pensaba, le daré una cachetada delante de todos para que se muera de la vergüenza, decía frente al espejo que estaba en su cuarto, mientras se miraba lo rojo que estaban sus nalgas por la furibunda patada que recibió.

Al día siguiente, camino a sus clases, pensaba en cómo se vengaría del patán. En cómo lo haría sufrir de la misma forma que ella sufrió. Pero, esa tarde, Juan no vino. Tampoco al día siguiente. Ni en las posteriores seis semanas. Algo de hombre tenía, pensaba Jimena, “se retiró de la universidad”. Y se alegró, por un momento. Por breves días estaba feliz. Tranquila. Regocijada por la mariconada de Juan Peregil que tiene un nombre común y un apellido mal escrito. Se sintió feliz y lo comentaba con sus amigas, sobre todo con Lourdes, su amiga íntima, a quien le confesó que lo que más quería en la vida no era un hombre rico ni guapo. Ella no quería casa ni piscina en el patio. Ella no quería chofer ni limosina. Lo que ella quería, le decía, era que Juan Peregil desaparezca de su vida. ¡Que lo atropelle un carro y que los perros se coman sus vísceras! ¡Que un asteroide caiga en su cabeza y desaparezca por el bien de la raza humana! ¡Que tipos así, quienes se creen la última chupada del mango y que usan el pelo largo y que son gordos y que van descalzos a la universidad no valen la pena! ¡Ni mucho menos los que tengan nombres comunes y apellidos ridículos! ¡Que de seguro alguien le escribió el poema! ¡Que es un imbécil! ¡Un pavo! ¡Un huevón! ¡Una sabandija que no merece respirar!

Pero, de pronto, ella miraba la puerta en las clases cuando alguien llegaba tarde. Por un momento, esperó que cruzara la entrada ese gordito pelucón con los pies descalzos. Por un breve espacio en la cola de la cafetería, esperaba ver el asomo de un tipo sucio durmiendo en el suelo de la cola para ya no darle una patada, si no, solo una mirada. Una ojeadita. Sin darse cuenta, se sobaba la parte pateada… y ya no le dolía. Por un momento, pensaba un poco más en él. Por un momento, se sintió ansiosa. ¿Qué estará haciendo ahora?, se preguntaba. Por un segundo, y sin darse cuenta, lo extrañó. Por un instante se sintió vacía. Triste. Se miraba las nalgas desnudas frente al espejo y ya no estaban rojas. Y así, su vida regresó al más profundo aburrimiento de la normalidad.

Una tarde, en plena clase de Periodismo Interpretativo, un tipo llegó tarde y tocó la puerta con mucha fuerza y poco respeto. La persona que ingresó tenía una camisa rayada, una corbata roja, el pantalón inmenso y unos zapatos sin lustrar (toda esa ropa era de su padre), pero lo que más le llamó la atención a Jimena era el ramillete de rosas que había comprado frente a un cementerio. Juan Peregil (con G) cruzó todo el salón frente a la vista atónita de todos sus compañeros incluyendo la del profesor Luis Iparraguirre, quien lo miraba como preguntándose: ¿quién mierda es este panzón? Y cuando llegó frente a la carpeta de Jimena, le dijo con el dedo índice levantado:

“No me importa las excusas ni las miradas.
Solo me importa tu perdón”.

Acto seguido le entregó el ramillete, le dio un beso en el rostro y se fue tirándose un pedo frente al profesor Iparraguirre. Jimena, quien ‘no traiciona por treinta lucas’ (y menos por un ramillete de rosas compradas frente a un cementerio) se quedó pasmada y muda, frente al escandaloso ruido de silbidos y gritos de los más de treinta excitadísimos alumnos. Por un momento se emocionó. Por un momento se enrojeció hasta los zapatos. Sus amigas, incluyendo Lourdes, la miraron estupefactas por la vergüenza mancomunada.

Luego de un mes, y después de pedirle que sea su ‘mujer’ en la cola del comedor y delante todas sus amigas de la facultad, se dieron el primer beso. Luego de cuatro años más, cuando el amor se fue tan rápido como llegó, se separaron.

Juan Peregil (con G), tiene su nuevo DNI en manos, ya que nunca pudo recordar dónde dejó el antiguo. Cumplió 26 años el último ocho de enero y se va a almorzar a una fonda que queda cerca de la casa de una tía. Sigue gordo y pelucón. Mientras come, ve pasar a Jimena con un chico al lado. Él sospecha que es su pareja. Ella llevaba un polo blanco y sandalias. Se le ve relajada y despreocupada. Juan, por algunos segundos, los sigue con la mirada… y comprueba que se ven felices. Como debe ser. Como seguramente estaba escrito. Y se contenta por ella. Por su felicidad. Quiere pasarle la voz, pero luego cree que es más rico verlos ir. Alejarse. Retirarse. Poco a poco. Paso a paso. Él en ningún momento quiso ofenderla, ni herirla, y tampoco incomodarla. Solo quería halagarla. Dedicarle poemas. Tocarla con el viento… e irse.

Por un momento ya no quiso comer. Por un momento, mientras miraba su camisa nueva, quiso volver a usar sandalias, polos y dormir en el suelo como antes lo hacía. Por un momento su mente se llenó de recuerdos que llegaban a él como una ráfaga de fotografías. Por un momento, mientras los ve sonreír, siente el punzante dolor de los celos. Y, por un instante, se resigna. Se entristece. Se reciente… sin embargo, por un momento sonríe… y, por un minúsculo segundo en la soledad de esa vieja fonda miraflorina, quiere ir corriendo al frente de un cementerio para comprar un ramillete de rosas.

Juanes  28 / Febrero / 2010 
  • 1. Juan Carlos  |  Marzo 1st, 2010 at 9:07 pm

    …le dio un beso en el rostro y se fue tirándose un pedo frente al profesor Iparraguirre…

    Jajaja, esa parte no tiene precio

  • 2. Oscar Sanchez  |  Marzo 2nd, 2010 at 8:56 am

    Jimena…
    supongo que es la compañera de modulo 2.
    Veo que tus alumnos te sirven de inspiracion.

  • 3. Oscar Omar  |  Marzo 2nd, 2010 at 9:14 am

    Lucho, tu inspiración sigue ligada a “pedir perdón”. Tierna tu historia y coincido plenamente con el comentario de “Juan Carlos”, esa flatulencia…no tiene precio. Muy buena.

    Saludos y hasta tu próximo pedo, perdón,, próximo relato.

  • 4. Luis Iparraguirre  |  Marzo 2nd, 2010 at 11:07 am

    OSCAR SANCHEZ: Efectivamente utilicé el nombre de nuestra Jimenita, pero la historia es totalmente ficticia y no tiene nada que ver con ella. Eso es lo que hago: ver la realidad y escribir ficciones. Todo con respeto. Sin embargo, hay algunos alumnos que, por su personalidad, son muy literarios. Y en algún momento, escribiré sobre ellos. Repito, todo con respeto, lo que menos quiero es incomodar.

  • 5. Rodrigo Iglesias  |  Marzo 3rd, 2010 at 1:19 am

    Profe:

    que interesante. me ha entretenido por 20 minutos de la madrugada, mientras no logro pegar el ojo, con la historia. Muy buena habilidad para redactar.

    Saludos!

  • 6. Christian Guivin B.  |  Marzo 3rd, 2010 at 11:50 am

    Yo soy Christian Guivin.
    Y qué?

  • 7. L  |  Marzo 5th, 2010 at 11:52 am

    q bonito!!! Siempre hay un Juan Peregil por ahi.

  • 8. Giovanna  |  Marzo 6th, 2010 at 3:32 pm

    Excelente post!!! muy lindo
    Besos!

  • 9. Camila  |  Marzo 10th, 2010 at 11:29 am

    Bueno!!!
    Espero el proximo!
    Saludos!

  • 10. Jorge Atarama  |  Marzo 11th, 2010 at 7:49 pm

    La vida, un vaivén de encuentros y despedidas. Esta vez genialmente contada. Saludos desde Ventanilla donde todo es sol y alegría.

  • 11. Roberti Rivas  |  Marzo 20th, 2010 at 12:43 pm

    Muy buena historia Ipa!. Nada como una flatulencia pública jaja, buen relato!

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