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	<title>Crónicas de Pollada</title>
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	<description>Blog de Luis Iparraguirre</description>
	<pubDate>Wed, 10 Mar 2010 20:37:19 +0000</pubDate>
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		<title>El ramillete de rosas</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Feb 2010 14:45:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Juanes]]></category>

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		<description><![CDATA[Juan Peregil (con G), tiene su nuevo DNI en manos. Cumple sus dieciocho años pensando que quiere conquistar al mundo. No sabe cómo, pero eso quiere. En las mañanas asiste a la universidad pensando “qué aburrido son los profesores de San Marcos”. Él recuerda a sus profesores del colegio quienes eran divertidos, sabios y extravagantes, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Juan Peregil (con G), tiene su nuevo DNI en manos. Cumple sus dieciocho años pensando que quiere conquistar al mundo. No sabe cómo, pero eso quiere. En las mañanas asiste a la universidad pensando “qué aburrido son los profesores de San Marcos”. Él recuerda a sus profesores del colegio quienes eran divertidos, sabios y extravagantes, como el buen profesor Christian Guivin, un gran tipo nacido para ser maestro y amigo. Sin embargo, en San Marcos, todos los profesores se la pasan hablando de política y que Fujimori es un dictador y qué viva el socialismo y todo eso le aburre. Después, en casa, sus padres no existían ya que ambos trabajaban. Así que solo se dedicaba a ver partidos de fútbol o buscaba a sus amigotes para comentar sobre tal o cual chica, como la linda Jimena del Risco.</p>
<p><span id="more-837"></span>Se odiaron horrible la primera vez que se vieron. Qué se habrá creído este piojoso, pensaba ella. Qué chinchosa es esta mujer, pensaba él, sin embargo, cuando estaba solo, pensaba en Jimena y en lo linda que se le veía caminar con ese aire de superioridad, y <strong>le fascinaba cuando ella lo ignoraba</strong>. Pero, a pesar de eso, se detestaban, no había más. Solo cruzaban las palabras justas y nada de miraditas ni de sonrisas ni cojudeces, pensaba él. Ella lo detestaba, sin embargo, cuando se enteró que Juan Peregil (Con G) había ganado el concurso de poesía en el que ella también participó, le pareció algo interesante. Sin embargo, los piojosos que tienen algo de talento igual no dejan de ser piojosos. A ella, a quien habían criado con las más finas costumbres de San Juan de Lurigancho, le apestaban los gorditos con el pelo largo y con pinta de vagos. No puede ser, pensaba Jimena, que este tipo sepa escribir algo más que su nombre en el pupitre.</p>
<p>Juan, por su parte, no le importaba el qué dirán, ni sus costumbres de ir a la universidad descalzo o, en el mejor de los casos, en sandalias. Él, efectivamente, tenía pinta de vago. Se despreocupaba por su sobrepeso y le importaba un pepino las buenas costumbres. Tampoco se mostraba preocupado por la educación y la cortesía frente a las otras compañeras del aula. Por eso no le importaba mentar la madre, rascarse los genitales, meterle la mano a otro compañero… <strong>era un paria.</strong> Un errante universitario en la cola del comedor durmiendo en el suelo mientras espera su ración diaria de comida gratis.</p>
<p>Una tarde cualquiera, Juan roncaba sin ningún problema o prejuicio en el suelo del comedor, al final de una inmensa cola. Y sintió que alguien lo pateaba como para despertarlo. Se paró molesto y furioso y despreocupado y más furioso, y, sin ver, devolvió la patada con mucha más fuerza y sin observar de quién se trataba. Jimena estaba rojísima de la vergüenza y el dolor. Lo miró y se fue corriendo adolorida. Juan Peregil (con G), se olvidó de comer y trató de perseguirla… <strong>pero fue en vano.</strong></p>
<p>Jimena lo odiaba con todas sus fuerzas. No había derecho a reclamo ni a perdón. No quería verlo nunca: le pidió a sus padres mudarse de universidad, de barrio, de país. Pero le hicieron entender que era imposible. <strong>Maldito, piojoso, abusivo y maricón</strong>, pensaba, le daré una cachetada delante de todos para que se muera de la vergüenza, decía frente al espejo que estaba en su cuarto, mientras se miraba lo rojo que estaban sus nalgas por la furibunda patada que recibió.</p>
<p>Al día siguiente, camino a sus clases, pensaba en cómo se vengaría del patán. En cómo lo haría sufrir de la misma forma que ella sufrió. Pero, esa tarde, Juan no vino. Tampoco al día siguiente. Ni en las posteriores seis semanas. Algo de hombre tenía, pensaba Jimena, <strong>“se retiró de la universidad”.</strong> Y se alegró, por un momento. Por breves días estaba feliz. Tranquila. Regocijada por la mariconada de Juan Peregil que tiene un nombre común y un apellido mal escrito. Se sintió feliz y lo comentaba con sus amigas, sobre todo con Lourdes, su amiga íntima, a quien le confesó que lo que más quería en la vida no era un hombre rico ni guapo. Ella no quería casa ni piscina en el patio. Ella no quería chofer ni limosina. Lo que ella quería, le decía, era que Juan Peregil desaparezca de su vida. ¡Que lo atropelle un carro y que los perros se coman sus vísceras! ¡Que un asteroide caiga en su cabeza y desaparezca por el bien de la raza humana! ¡Que tipos así, quienes se creen la última chupada del mango y que usan el pelo largo y que son gordos y que van descalzos a la universidad no valen la pena! ¡Ni mucho menos los que tengan nombres comunes y apellidos ridículos! ¡Que de seguro alguien le escribió el poema! ¡Que es un imbécil! ¡Un pavo! ¡Un huevón! ¡Una sabandija que no merece respirar!</p>
<p>Pero, de pronto, ella miraba la puerta en las clases cuando alguien llegaba tarde. Por un momento, esperó que cruzara la entrada ese gordito pelucón con los pies descalzos. Por un breve espacio en la cola de la cafetería, esperaba ver el asomo de un tipo sucio durmiendo en el suelo de la cola para ya no darle una patada, si no, solo una mirada. Una ojeadita. Sin darse cuenta, se sobaba la parte pateada… <strong>y ya no le dolía.</strong> Por un momento, pensaba un poco más en él. Por un momento, se sintió ansiosa. ¿Qué estará haciendo ahora?, se preguntaba. Por un segundo, y sin darse cuenta, lo extrañó. Por un instante se sintió vacía. Triste. Se miraba las nalgas desnudas frente al espejo y ya no estaban rojas. Y así, <strong>su vida regresó al más profundo aburrimiento de la normalidad.</strong></p>
<p>Una tarde, en plena clase de Periodismo Interpretativo, un tipo llegó tarde y tocó la puerta con mucha fuerza y poco respeto. La persona que ingresó tenía una camisa rayada, una corbata roja, el pantalón inmenso y unos zapatos sin lustrar (toda esa ropa era de su padre), pero lo que más le llamó la atención a Jimena era el <strong>ramillete de rosas que había comprado frente a un cementerio.</strong> Juan Peregil (con G) cruzó todo el salón frente a la vista atónita de todos sus compañeros incluyendo la del profesor Luis Iparraguirre, quien lo miraba como preguntándose: <strong>¿quién mierda es este panzón?</strong> Y cuando llegó frente a la carpeta de Jimena, le dijo con el dedo índice levantado:</p>
<p><strong><em>&#8220;No me importa las excusas ni las miradas.<br />
Solo me importa tu perdón&#8221;.</em></strong></p>
<p>Acto seguido le entregó el ramillete, le dio un beso en el rostro y se fue tirándose un pedo frente al profesor Iparraguirre. Jimena, quien ‘no traiciona por treinta lucas’ (y menos por un ramillete de rosas compradas frente a un cementerio) se quedó pasmada y muda, frente al escandaloso ruido de silbidos y gritos de los más de treinta excitadísimos alumnos. Por un momento se emocionó. <strong>Por un momento se enrojeció hasta los zapatos.</strong> Sus amigas, incluyendo Lourdes, la miraron estupefactas por la vergüenza mancomunada.</p>
<p>Luego de un mes, y después de pedirle que sea su ‘mujer’ en la cola del comedor y delante todas sus amigas de la facultad, se dieron el primer beso. Luego de cuatro años más, cuando el amor se fue tan rápido como llegó, <strong>se separaron. </strong></p>
<p>Juan Peregil (con G), tiene su nuevo DNI en manos, ya que nunca pudo recordar dónde dejó el antiguo. Cumplió 26 años el último ocho de enero y se va a almorzar a una fonda que queda cerca de la casa de una tía. Sigue gordo y pelucón. Mientras come, ve pasar a Jimena con un chico al lado. Él sospecha que es su pareja. Ella llevaba un polo blanco y sandalias. Se le ve relajada y despreocupada. Juan, por algunos segundos, los sigue con la mirada…<strong> y comprueba que se ven felices.</strong> Como debe ser. Como seguramente estaba escrito. Y se contenta por ella. Por su felicidad. Quiere pasarle la voz, pero luego cree que es más rico verlos ir. Alejarse. Retirarse. Poco a poco. Paso a paso. Él en ningún momento quiso ofenderla, ni herirla, y tampoco incomodarla. <strong>Solo quería halagarla.</strong> Dedicarle poemas. Tocarla con el viento&#8230; e irse.</p>
<p>Por un momento ya no quiso comer. Por un momento, mientras miraba su camisa nueva, quiso volver a usar sandalias, polos y dormir en el suelo como antes lo hacía. Por un momento su mente se llenó de recuerdos que llegaban a él como una ráfaga de fotografías. Por un momento, mientras los ve sonreír, siente el punzante <strong>dolor de los celos.</strong> Y, por un instante, se resigna. Se entristece. Se reciente… sin embargo, por un momento sonríe… y, por un minúsculo segundo en la soledad de esa vieja fonda miraflorina, quiere ir corriendo al frente de un cementerio para comprar <strong>un ramillete de rosas.</strong></p>
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		<title>Hoy quiero pedir perdón *</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Feb 2010 15:24:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy quiero pedir perdón. Hoy me nace expresarte que lo siento mucho. Tú que lees. Que vives en mi casa o fuera de ella. Que estás solo o sola o con tu novia o con tu novio. A ti amigo, amiga que ofendí. A ti que, de una manera, formas parte de mi vida. Sin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy quiero pedir perdón. Hoy me nace expresarte que lo siento mucho. Tú que lees. Que vives en mi casa o fuera de ella. Que estás solo o sola o con tu novia o con tu novio. A ti amigo, amiga que ofendí. A ti que, de una manera, formas parte de mi vida. Sin saberlo. Sin desearlo. Solo quiero que sepas que existes. Que no te olvido. Que nunca te olvidé. Que siempre te escucho así no estés a mi lado. A ti que eres mi novia. Mi madre. Mi padre. Mi hermano. Mi hijo. Mi amigo. Mi amiga. Mi alumno. Mi alumna. A ti que no te hablo pero sabes que existes en mí. A ti que no te veo hace mucho. A ti que no me recuerdas. A ti que algún día amé o amo o amaré. A ti te quiero pedir perdón.</p>
<p><span id="more-831"></span>Perdón por no ser el hombre que quieres que sea. Perdóname por no conocer a Calamaro cuando frente a nosotros cantaba: <strong>“la vida es una cárcel con las puertas abiertas…”</strong> Perdón, papá, por no ser el hijo que soñaste. Perdóname, mamá, por ofrecerte fumar un inofensivo porrito. Perdóname, abuelita preciosa, por no visitarte la cantidad de veces que tú deseas, sin embargo, tienes que saber, que aun tengo ese saborcito del pollo a la brasa en la madrugada de esos años… Perdóname, Cristian, por no saber jugar Play Station y dejarme ganar en el ajedrez.</p>
<p>Perdóname amigo, amiga, por no llamarte. Por no contestarte a tiempo en el chat. Por no soportar que uses siempre mayúsculas. Por aborrecer los guiños y zumbidos y caritas felices. Por no contestarte cuando me dices <strong>“HoLa aMiX LiNdO XD”.</strong> Perdóname por ser tan amargado. Por no tener tino. Por no recordar la fecha de tu cumpleaños. Por no comunicarme. Por no comentar. Por no responder tus comentarios, ni tus mails. Perdóname por no devolverte tus libros (hay que ser bien tonto para prestar un libro). Perdóname por responder con monosílabos. Por no invitarte a mi cumpleaños. Por no ir al tuyo. Perdóname, mi Rosa de Lima, por gustarme tanto Sabina, ya que <strong>“no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”</strong>. Perdóname, Muchachón, por no querer verte nunca más.</p>
<p>Perdóname ¡oh, gran Dios!, por no creer en ti. Por no rezar. Por no orar. Por ser arrogante y pretencioso. Perdóname por no soportar a Cipriani. A los homofóbicos. A los racistas. A los clasistas. A los abusivos. A las injusticias. Perdóname, Dios, por ser agnóstico (aunque un profesor apellidado Pasos, me dijo que yo sí creía). Perdóname, mujer, por no buscarte. Por no tomar la iniciativa. Por valorar mucho mi trabajo. <strong>Por ser tan maricón</strong>. Perdóname, por hacer las cosas como las hice. Por no visitar a tu mamá. Por no visitarte los domingos, después de la misa. Perdóname, hijo, por esperar que seas hincha de un equipo que siempre será segundo.</p>
<p>Hoy me nace unas disculpas del alma. Hoy me nace recitar a Vallejo: <strong>“Quisiera yo tocar todas las puertas y suplicar a no sé quién, perdón”.</strong> Hoy quiero que llegue el sábado. Pero lo que deseo, además de pedir perdón, es que estés a mi lado: como lo haces ahora, mientras escribo, hijo mío, y estás jugando con tu regalito de Navidad y con tu uniforme nuevo. Como lo hiciste ayer mientras cenábamos o como lo hiciste esa vez cuando mi primo se fue. Como lo haces con tus letras. Con tus llamadas a mi celular o con tu cordial saludo desde tu cómoda posición. Perdóname por ponerte nerviosa. Perdóname, mi viejo, por no comprenderte cuando educas a tu nieto.</p>
<p>Perdónenme, mis queridos alumnos, por ser tan huachafo. Por mi mala educación. Por mi mal gusto. Por repetir mis frases. Por gritar. Por olvidarme siempre qué día es hoy. ¿A quién le importa qué día es hoy? Por no devolverte tu lapicero. Por no valorar esa foto que te encantaba. Por ser tan tonto de llamarte señorita. Por ser tan tonto de llamarte caballero. Por ser así de distante. Perdónenme por no darme cuenta del valioso ser humano que tengo al frente. Perdóname por decir que Annie Leibovitz es mejor que Mario Testino. Por jalarte. Por decirte que eres un vago o una vaga. Por no tener preferencias. Por no ponerte 20 siempre. Por gorrearte una galleta. Por pedirte una manzana. Por decir en voz alta <strong>“acepto todo tipo de sobornos”.</strong> Por preguntarte quién es él o ella en la foto. Perdóname, mamá, por incendiar tu ropero cuando era niño.</p>
<p>Perdóname por renunciar. Perdóname por ser tan inmaduro. <strong>Tan inestable</strong>. Por decidir que nunca más regresaré al fotoperiodismo. Por preferir ser profesor. Por dejar mi cámara a un lado. Por escribir cada estupidez que se me ocurra y mentir tanto en mi blog. Por ser tan inseguro y compararme. Por ser tan pero tan imbécil de tener ego. Por no escucharte cuando me hablas. Perdóname por llevarte a comer carnes en restaurantes carísimos y llevarte a beber cerveza en un bar del Centro de Lima. Perdóname por decirte, <strong>ya no te quiero.</strong></p>
<p>Perdóname por valorar tanto la música en español. Por no escuchar salsa. Por no saberme las letras de las cumbias. <strong>¿Quién diablos es El Cangri?</strong> Perdóname, por no mirarte cuando me miras ya que pienso que me vas a acusar. Por ser tan hiriente. Por no superar mis traumas.</p>
<p>Y con esa estela, quiero decir que lo siento. A ti que te he ofendido. A ti que no te atiendo. A ti que crees que te doy poca atención. Por todo. A veces, uno se siente con la intención de mostrarse sin temores y sin problemas. A veces, uno quiere decir, mira, no soy tan mal tipo. A veces, quieres un poco de cariño. A veces eres inmaduro. A veces te jode la mierda. A veces piensas que mejor es irse lejos. Sin mirar atrás. Ser un jipi. Vender trenzas en Máncora y fumar hachis todo el día. Pero a veces, como hoy, mejor te preguntas, ¿por qué no limar asperezas? <strong>¿Por qué no pedir perdón?</strong> Abrazar. Cobijar. No culpar a nadie. No buscar culpables. Crecer. Empezar de cero. ¿Por qué no perdonar, para que te perdonen? Ya que la vida es más que una notita suelta. Ya que la vida es más que un estúpido cuento en un estúpido blog. Que la vida se resume en esos momentos mágicos que te parten el alma de poeta: una mirada. Una sonrisa cómplice. Recibir un beso. Mirar una preciosa foto. Recibir el abrazo de un amigo. Mirar la sonrisa de mi hijo. Que la vida debería resumirse en vivir feliz viendo a todos vivir felices. <strong>Por eso, por favor, perdóname, que yo te perdoné.</strong></p>
<p><strong>* A </strong><a href="http://www.larepublica.pe/cultural/03/02/2010/quotnecesitaba-encontrar-respuestasquot"><strong>Luigi Faura</strong></a><strong>. Crezco escuchándote y leyéndote, broder.</strong></p>
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		<title>¿Quién inventó el colegio?</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Jan 2010 20:57:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Empezaron las matrículas en el colegio de Cristian, mi hijo. Veo a muchos niños que se esconden de sus padres y juegan entre sí como una oda a la alegría. Me encanta ver jugar a los niños. Claro, si mi hijo está allí, mejor. Me gusta verlos jugar porque me veo reflejado en ellos. Cuando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Empezaron las matrículas en el colegio de Cristian, mi hijo. Veo a muchos niños que se esconden de sus padres y juegan entre sí como una oda a la alegría. Me encanta ver jugar a los niños. Claro, si mi hijo está allí, mejor. Me gusta verlos jugar porque me veo reflejado en ellos. Cuando yo era niño (no hace mucho, no se burlen), pues era muy juguetón. Arañaba la travesura y el delito de baja intensidad. Sin embargo, no siempre fui así. No siempre fui el primero que lanzaba los globos de agua o el primero en salir al recreo. No. Antes, en el colegio La Merced, donde estudié primaria, era un niño abstraído. Tímido. Huevón. Ahora, que matriculo a mi hijo y este no sé dónde se ha metido, pues recuerdo a mi colegio de primaria y recuerdo, también, a Romina San Martín.</p>
<p><span id="more-823"></span>Eran las seis y media de la mañana y yo odiaba el colegio. Detestaba levantarme temprano. ¿Quién habrá inventado el colegio?, pensaba. Lo reviviré y lo volveré a asesinar, decía muchas veces entre las risas de mis papás. Somnoliento, sonámbulo y golpeándome en las paredes de mi pasadizo, me dirigía al baño. Eran mis primeros días de clase y los curas y monjas me esperaban para darme mis clases de historia, matemáticas y demás. No me hablaba con nadie. Solo tenía un amiguito, Marco del Río, quien era el hijo de una amiga de mamá y a quien conocía desde siempre. Marco era mi único amigo. Sin embargo, él era muy maduro. Un niño diferente. Un niño adulto.</p>
<p>Una vez, a la hora del recreo, me dijo, mira a esa niña, y me señaló a una mujercita con el cabello negro, blanquísima, con unos ojos negros inmensos y una mirada dormilona que causaba risa. Hasta ese momento, en mi vida solo habían niños y niñas, y todos éramos iguales. Hasta ese momento, Romina San Martín era solo una más. Mira a esa niña, me dijo el muy vivo. La miré. Y, mientras la miraba, él me dijo: “es la más bonita del colegio”. Tenía siete años. Segundo grado de primaria. Lo recuerdo como si fuese ayer. Ella estaba hablando con otras niñas y, de pronto, sonrió y yo, a su vez, contagiado por su encanto, seguí su entusiasmo con otra sonrisa. Por primera vez en mi vida analicé físicamente a una mujer. Y recuerdo que, dentro de mí, se encendió algo que nunca se había encendido hasta esa mañana. Recuerdo que era alta. Dos o tres años mayor. Imposible. Inalcanzable. Totalmente utópico. Irreal. Una quimera. Ella volteó y yo me quedé prendido de su redonda mirada. Fue la primera vez que diferencié a una niña de un niño. Fue la primera vez que vi a una mujer.</p>
<p>Oh, las enfermedades del amor. Esas crepitaciones mudas que sentí en mi cuerpo no pararon por mucho tiempo. Mira esa niña, me dijo Marco. Y destruyó toda la estabilidad que hasta ese entonces tenía. ¡Maldito Marco! Y así, nos pasábamos ambos sentados en un rincón del patio viéndola caminar, hablar… Allí estábamos, en el mismo lugar en los dos recreos que teníamos, viendo vivir a nuestra pequeña musa como dos espectadores sentados en la butaca de un cine, con nuestros sanguches de pollo que nuestras madres nos habían preparado. Oh, Romina, la niña más bella que había conocido.</p>
<p>Un día, Marco no vino al colegio. Esa mañana, los espectadores de la película “Todos aman a Romina San Martín” estaba conformada por un solo veedor. Y así, de lejos, sin que ella supiera mi existencia, la miraba desde un rincón, mientras hablaba con sus amiguitas… hasta que terminó el recreo. Claro, primero que se vaya ella, luego yo. Mientras se iba, vi que algo se le cayó y ella no se dio cuenta. Petrificado me quedé al ver ese trocito de papel volando lentamente desde el cartapacio de ella hacia el suelo. Y, sigilosamente, me acerqué. Y me lo llevé. Y en la clase, miraba ese papelito rosado en el que admiraba su caligrafía.</p>
<p>Qué linda caligrafía, pensaba. Y la amaba más. Cada día más. Tenía una flor dibujada y su nombre completo “Romina”. Qué lindo nombre, me decía a mí mismo en mi clase de historia. Alumno Iparraguirre, sí profesor, ¿quién descubrió América?, Romina San Martín, profesor. Muy bien, y dígame ¿Quiénes fueron los tres socios de la conquista? Luis Iparraguirre, Marco del Río y Romina San Martín, profesor. Muy bien, muy bien y dígame, ¿Cuál es la obra de arte más importante del mundo?, esta florcita que la linda Romina San Martín ha dibujado en su post it rosado, profesor.</p>
<p>Nunca le mostré ese trocito de papel a Marco, nunca. Me lo hubiese quitado el muy abusivo. Así que lo pegué en la pared de mi cuarto y todos los días lo veía. Nunca les conté nada a mis padres. Nunca. Pensé que este cariño tenía que ser oculto y discreto. Total, mi vida era tranquila, solo veía dibujitos en mi casa, como Los Pitufos: me reía con Gárgamel y Pitufo Gruñón. Mi vida era simple hasta que la conocí: ya que me alegraba demasiado al verla, me entristecía cuando no salía al recreo y la extrañaba todos los días.</p>
<p>Una tarde, Marco me llevó a un rincón del colegio, debajo de unas escaleras, yo me preguntaba para qué me llevaría allí, y, de pronto, dio un beso al aire fuertísimo dirigiéndose a la parte alta de las escaleras… y se fue corriendo. Yo me quedé parado y dirigí mi mirada hacia arriba y allí estaba Romina, mirándome encendida de la ira. Ella pensó, seguramente, que le estaba viendo su ropita interior (mi mamá me decía que “calzón” era una mala palabra), pero yo no le vi su ropita interior. El molestoso de Marco del Río me había jugado sucio. Mi amigo me traicionó y no sabía qué hacer. La miré y le quería gritar: “oh, amor de mi vida, te juro, por tu caligrafía bonita y tu linda florcita, que nunca te vi la ropita interior, lo juro, lo juro”, pero me quedé callado de solo verla, y es que hasta cuando estaba molesta era linda. Y se fue. No me dijo nada. Solo se fue.</p>
<p>A la salida busqué al pesado de Marco para increparle, pero no estaba. Los que si estaban eran unos niños grandotes quienes, de una patada en mis piernas, me tumbaron al piso y el más gordo, luego de darme una cachetada, me dijo “no molestes a mi prima, huevón” y yo, llorando en el piso de un descampado frente al colegio, pensaba en que yo no quería ser un huevón. Pensaba, por qué Romina me acusó con su primo el gordinflón este, si yo no le vi su ropita interior. Por qué. Y, por un momento, alcé la vista, y ella se iba abrazada con sus amigotes grandotes, y vi que me lanzó una mirada lasciva y desafiante. Y así, se fue. Y yo, llorando en el descampado, me dije, ¡cómo odio el colegio! Yo no quería estar en el colegio. Por qué, me preguntaba, existe gente tan mala. ¿Por qué Marco del Río me hizo esto?, ¿por qué Romina San Martín no me quiere como yo la quiero? Y así, &#8216;la resaca de todo lo vivido (y sufrido) se empozó en mi alma&#8217;.</p>
<p>Luego, en mi casa, con el televisor encendido, miraba su caligrafía. Ya no quiero ser un niño, me decía. Y, molesto y triste, rompí ese trocito de papel rosado en el que estaba la obra de arte más importante del mundo: su florcita. La rompí y me dolió romperla. Me dolió mucho. De un momento a otro, sentí que algo de mi infancia se había ido para siempre. Por un momento, pensé que las cosas no eran así de sencillas en la vida. Que las niñas son muy diferentes. Que el amor duele. Que mejor es quedarse en casa viendo Los Pitufos y no ir al colegio. ¿Quién habrá inventado el colegio?, pienso mientras matriculo a mi hijo en el suyo y espero, de corazón, que no sea tan bobo como yo. Y así, con los trocitos de ese papel rosado flotando en el viento de mi cuadra, despedí a Romina San Martín de mi vida, mientras Gárgamel refunfuñaba a lo lejos: ¡cómo odio a Los Pitufos!</p>
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		<title>La empanada de carne</title>
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		<pubDate>Sun, 24 Jan 2010 23:37:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Siente la humedad en su frente y se limpia el sudor con la mano izquierda. Lleva tres horas caminando sin tener claro adonde ir. Levanta la mano para pedir unas monedas pero, esta tarde, las muestras de cariño escasean. Toca la ventana de un automóvil pero el chofer no le hace caso: está discutiendo con la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siente la humedad en su frente y se limpia el sudor con la mano izquierda. Lleva tres horas caminando sin tener claro adonde ir. Levanta la mano para pedir unas monedas pero, esta tarde, las muestras de cariño escasean. Toca la ventana de un automóvil pero el chofer no le hace caso: está discutiendo con la mujer que lo acompaña y, mientras ella llora, él sigue gritando. Luego se ayuda con sus blanquísimas manos para poder ver, a través de la luna polarizada, a una mujer hablando por teléfono. La señora baja la luna de su ventana y le da veinte céntimos de sol. Liliana sigue su camino cuando cambia la luz del semáforo y pierde su mirada entre empanadas y bizcochos. Liliana tiene ocho años.</p>
<p><span id="more-787"></span>Nunca lo dice pero en algún momento lo hará: ella quiere ser policía. Las ve en las calles dirigiendo el tránsito y piensa que eso es mejor que el oficio de su madre ya que, una vez, unos pandilleros le quitaron sus botellas donde portaba la linaza, el jugo de alfalfa y el limón, con que preparaba sus emolientes en la intersección de las avenidas Emancipación con Tacna. A Liliana nunca le gustó ese lugar. Mucha bulla, pensaba. Y se asustaba. Pero nunca tanto como esa tarde en el que con los grandes trozos de vidrio, que antes eran una botella de jugo de alfalfa, le cortaron la cara a un hombre. Vio rojísima la sangre. El hombre asustado. Las mujeres gritando. Y más bulla. Y más bulla. Lili, no quería ser emolientera: quería ser policía. Como esa mujer uniformada que, con la ayuda de otros policías, se llevó una mañana a su padre, quien enfurecido por el alcohol destruía todas las cosas de la casa.</p>
<p>Y, nuevamente, el semáforo en rojo. Un hombre fumaba en su carro un cigarro, mientras esperaba la luz verde; ella le pidió dinero, él le entregó una galleta soda. Luego, ve una camioneta que, en su parte delantera, decía PRENSA. Se acercó hacia la única luna que estaba abierta y le estiró la mano a la fotógrafa Francesca Rivero quien, sin mirarla, le negó con el dedo índice.</p>
<p>Liliana estaba acostumbrada a tener hambre, pero hoy sentía mucha. Hace hambre, repetía para sí, la frase que le escuchó a su abuela allá en Pomabamba, Ancash, cuando el hambre y el frío calaba: “hace hambre, hace frío”, decía la vieja Eugenia. Y hoy, hacía hambre. Mucha hambre. Salivaba con las frituras. Babeaba con los pasteles. Pero, lo que deseaba, lo que anhelaba más que cualquier cosa en esa tarde, era una empanada. Se apoyaba con las manos en la vitrina y pegaba su nariz detrás del vidrio. Quería olerlos. Tan dorados. Con el azúcar impalpable tan perfectamente regado por toda la textura de ese caliente caparazón. Y le dolió el estómago con más fuerza. No se dio cuenta en qué momento empezó a llorar. Solo sabe que un hombre la sienta en una de las mesas y le invita una de esas deliciosas empanadas.</p>
<p>Sin preguntar, ella sostiene presurosa la caliente empanada, y le da un mordisco. En su boca podía sentir el jugo de la carne con un trocito de ají que empujó sus ganas de darle otro mordisco. Y otro. Y otro. Cuando acabó, se sintió satisfecha. Pero, de pronto, la invadió la idea de tener que pagar lo que había comido. Por un momento quiso correr. Huir. Sin embargo, no tardó en percatarse que un hombre la miraba desde un rincón. Reconoció a su mano amiga. Reconoció que era el dueño. No pudo ocultar se pena. Su vergüenza. Agachó la cabeza y cerró los ojos como queriendo llorar. Sintió una mano en su cabellera y una voz amical. Le dijo que no se preocupe, y le envolvió otra empanada.</p>
<p>En el camino, cree que ha sido un buen día. Ya no siente calor: siente la leve brisa del atardecer y se deja llevar por una estela de pasividad. De tranquilidad. Existe gente buena, piensa. Y así, entre sus cavilaciones, cruzó despreocupada un largo jirón. Cuando vio el carro venir a toda velocidad contra ella, solo pudo cerrar sus ojos, y su cuerpo cayó a cuatro metros de distancia de la empanada de carne.</p>
<p>Francesca Rivero, llegó a la escena a los pocos minutos. Sacó su cámara y le tomó fotos a Liliana que yacía muerta en el pavimento. Suena su celular y, mientras habla, revisa sus fotos y cree que debió cerrar más el diafragma para tener una mayor profundidad de campo. Después de reír, y mientras la policía levanta el cadáver de una niña de ocho años, dice, con el teléfono en la oreja y feliz, <strong>“ok, mostro, ¡vamos!”.</strong></p>
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		<title>La historia de Los Keyser</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Jan 2010 05:32:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace muchos años, menos de la mitad de los que ahora tengo, mi vida era un baile. Catorce o quince años, seguro me equivoco. Pero aun siento esos aplausos. Aun recuerdo esas largas tardes de verano ensayando en el asfalto con los inmensos parlantes de un equipo de sonido que perteneció a mi abuela. Todavía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace muchos años, menos de la mitad de los que ahora tengo, mi vida era un baile. Catorce o quince años, seguro me equivoco. Pero aun siento esos aplausos. Aun recuerdo esas largas tardes de verano ensayando en el asfalto con los inmensos parlantes de un equipo de sonido que perteneció a mi abuela. Todavía lo recuerdo. Estas letras no tenían que ser escritas, pero aquí están: para que un puñado de famélicos niños vuelvan a bailar como lo hicieron. Para que los recuerden. Para que, de una poética manera, sigan practicando en el asfalto… <strong>Esta es la inédita historia de Los Keyser.</strong></p>
<p><span id="more-765"></span>La historia empieza con tres amigos de la infancia (desde que nacimos): Larry, Percy y yo. Larry era un jovencito que se esforzaba por ser palomilla, pero su buena educación se lo impedía. Percy era el delincuente. El loco (como era conocido por sus exabruptos), haciendo gala de su poder seductor, tocaba la puerta de mi casa con niñas de nuestra edad entre brazos, y nos enfrascábamos en un licor barato y apestoso y nostálgico que era una solución de Tang (jugo de naranja en polvo) y Pisco o Anisado o Yonke o Cien Fuegos o Guinda o Ron o todo esto junto. Al final, las chicas y nosotros terminábamos besándonos con dificultad y desesperación y torpeza detrás de un ático en la casa de mi madre.</p>
<p>Luego, llegaron otros, los increíbles Pável y Chonny. Bailarines por naturaleza. Eran reflejos cuando bailaban juntos: misma talla, misma edad, mismo peinado y, muchas veces, <strong>misma enamorada</strong>. Pero luego vendría quien sería la persona que cambiaría nuestras vidas. Nuestro Gurú. Nuestro maestro Joda. No solo por la sabio, si no por la talla. <strong>Papi</strong>, así llamémosle, era mayor que todos y bailaba mejor que nadie.</p>
<p>Él nos enseñó no a escuchar, si no a amar a <strong>Michael Jackson</strong> (si algo agradezco a la vida es haber visto, en VHS, ese concierto en Budapest). Nos enseñó a escuchar a <strong>Vanilla Ice</strong>. Nos alienó. Nos cagó. Mandé al traste a Silvio Rodríguez por <strong>MC Hammer</strong>. Dejé de tararear “solo le pido a Dios” para cantar (y con coreografía incluida): <strong>¡Ninja!, ¡Ninja!, ¡Rap!</strong></p>
<p>Sin embargo, fui siempre un tipo duro de convencer. Por favor, más respeto, les decía con mis discos de Pablo Milanés y Sui Generis en las manos. Pero ellos se burlaban. Se reían. Su música (que en algún momento califiqué de basura y que <strong>solo los imbéciles la escuchaban</strong>) la pasaban en todas las radios y en todos los programas de televisión. Y ellos, mis amigos, bailaban en mi cara. Y me hacían señas para que me una. Pero yo, cojudísimo, los ignoraba. Me sacaba roncha verlos. Y, en algún momento, me sentí solo. Único en mi posición de activista en contra de la música gringa. Y es que hasta el imbécil de Larry bailaba (y lindo). Así que, sin más remedio (ya que era eso o ir a mi cuarto y pensar todo el día en Fidel Castro), pues acepté hacer un pasito… luego dos… luego tres&#8230; <strong>y luego bailaba mejor que muchos.</strong></p>
<p>Sí pues. Yo bailaba. Fui el último en caer bajo el yugo musical capitalista estadounidense. Y fui feliz. Muy feliz. Aunque muchos de ustedes no lo crean, pues no bailaba nada mal. Claro, me costó. Y es que hasta mi madre corregía mis pasos. Pero lo hice. Y eso no fue lo único: <strong>¡copié la vestimenta de esos cantantes!</strong> Una mañana, en casa, como cualquier domingo, mis padres desayunaban en familia con los tíos y tías que estaban de visita. Entonces, como si hubiesen visto a ET, se quedaron mudos al ver a un desnutrido etíope saliendo del cuarto de su primogénito, vestido con un pantalón fosforescente, sujetado con elásticos de colores, tan ancho que parecía falda, y un polo amarillo tan o más llamativo que el pantalón; y para coronar al “diferente”, pues usaba una gorra de cuero negra con dos placas de metal en la parte superior que decía <strong>PRIO</strong>. Y bueno, eso que salió del cuarto y no saludó a la visita porque los ensayos son primero, pues era yo. Sí, yo.</p>
<p>Y así, lo único que le faltaba a ese grupete de buenos muchachos, era un nombre. Un nombre fuerte y raro. Alguien vio una vez una palabra en alemán que significaba algo así como el rey, como el más más, y claro, no lo recordó con claridad y dijo <strong>Keyser</strong> (la palabra real era Kayser, como se le conocía a Adolfo Hitler), y con ese nombre errado nos quedamos.</p>
<p>Fue así que practicábamos en la calle a la vista de un númeroso público que se colmaba todos los días a la misma hora en la cuadra de mi casa. Decenas de personas. De todas las edades. Y, por supuesto, teníamos nuestro estatus. Nuestro nivel frente al resto. Algunos nos miraban y se reían. Otros se detenían para ver los famosos retos que librábamos con otros grupos, como con los magníficos <strong>Movie Rap</strong>. Los escenarios de las discotecas eran otro ring de pelea en el que muchas veces salimos victoriosos y otras cabizbajos por la pena de perder.</p>
<p>Alguna vez, después de bailar en una discoteca llamada Manhatan, una chica se me acercó ni bien bajé del escenario,<strong> me dijo que era un trome y me dio un beso</strong>. Qué significaría trome, me pregunté. Luego de eso, fuimos a mi casa y fue la primera vez que estuve con una mujer. <strong>Con una chica que ni conocía</strong>. Y, claro, se lo conté a todos mis amigos como cualquier muchacho de quince años tan estupidísimo como yo lo haría… y nadie me creyó, por supuesto. Todos me ningunearon. Se burlaron. Malditos. De la chica ni siquiera recuerdo su nombre. Ni recuerdo si me lo dijo. Solo recuerdo que su cabello era castaño y no sabía diferenciar si tenía el cabello crespo o lacio. Recuerdo que tenía un polo rojo y un precioso lunar en el cuello.</p>
<p>Y de pronto, <strong>El Rap se fue de las radios</strong>. De pronto, nadie nos llamaba. Las mujercitas de nuestra edad ya no nos miraban. Nunca fuimos los guapos del barrio, pero a diferencia de Los Hombres G: tampoco fuimos una cosa normal. <strong>Los Keyser, luego de esos años, desaparecieron</strong>: Pável y Chonny descubrieron que tenían la misma enamorada. Percy nos mandó a la mierda a todos y luego tuvo tres hijos. Larry se casó. Y Papi, sigue buscando rincones donde hacer el paso lunar como solo él lo puede hacer. A veces, cuando nos encontramos de casualidad, pasamos a saludarnos solo con una sonrisa, y a muchos no los veo hace ya varios años.</p>
<p>Alguna vez un vecino antipático me dijo: <strong>&#8220;me gustaría tomarte una foto para enseñártela cuando crezcas y te avergüences&#8221;</strong>. Pobre. No saben cómo me encantaría tener una foto de esos momentos en que me importaba más la música y el baile que cualquier otra cosa. Me encantaría tener un documento gráfico de ese muchachito de colores que se creía <strong>El Elegido</strong> y que el destino se encargó de demostrarle que era solo uno más. Ahora, con algunos años adicionales, pienso cómo sería volver a subir a un escenario, con las luces y las miradas puestas en mí, como si fuera una estrella. Alucino con volver a señalar al cielo con el dedo índice y que todos me aplaudan a rabiar. A sudar. A llorar. Cómo me encantaría volver a ver a mis amigos más jóvenes y flacos. Cómo deseo bailar y que mi madre corrija mis pasos. Cómo quisiera bailar y que una chica me diga luego que soy <strong>un trome.</strong></p>
<p><em><strong>Aquí el mejor video de la historia musical, luego de Thriller. Miren la fuerza de la coreografía. La belleza. La coordinación. El arte. Nosotros, Los Keyser, nos sabíamos los pasos de memoria. Bello.</strong></em></p>
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		<title>Una noche en la vida de cualquiera</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jan 2010 23:37:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Escena 1: Erika y Enrique
Erika siente un cosquilleo en la oreja izquierda. Se acaricia la piel con delicadeza y cree que ese comezón es una señal divina que previene a una buena velada. Llega puntual y ve que Enrique, tan serio él, ya está presente. Sonríe con demasiada efusividad y él solo levanta las cejas. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Escena 1: Erika y Enrique</strong></p>
<p>Erika siente un cosquilleo en la oreja izquierda. Se acaricia la piel con delicadeza y cree que ese comezón es una señal divina que previene a una buena velada. Llega puntual y ve que Enrique, tan serio él, ya está presente. Sonríe con demasiada efusividad y él solo levanta las cejas. Enrique cree que ella solo está con él por su empleo y por su dinero. Siempre tarde, le dice él. Siempre temprano, le contesta ella. Después de hacer una mueca de molestia, llama con un solo tronar de dedos a la mesera. A Erika le incomoda la pedantería de Enrique y solo continúa con él por el miedo a quedarse sola.</p>
<p><span id="more-753"></span>Ni bien llegó la muchacha para recepcionar el pedido, Erika se quedó prendida en la tristeza que irradiaban los grandes ojos verdes de la mesera. ¿Qué significa CL?, le preguntó al leer su tarjeta de identificación. La mesera la mira y le dice: Claudia. Enrique piensa, por un breve momento, que Erika es un poco gay. Mientras prende su primer cigarrillo, le mira el trasero a la mesera sin el menor descaro y le pide un asado de tira en término medio. Erika, recompuesta, revisa rápidamente la carta y pide unos anticuchos. Enrique la mira con asco y se lamenta de no estar con una mujer que sepa apreciar las carnes como sí lo hace él. Claudia, la mesera, les pregunta qué quieren tomar y ambos miraron a Erika. Ella recordó que no debe pedir vino dulce ya que la última vez que lo hizo Enrique casi la mata.</p>
<p>Luego de comer con dificultad y placer toda la grasa del asado de tira y beber solo casi media botella de vino, piensa que debe llamar a las prostitutas que contrató para la despedida de soltero de su jefe. Cada una cobró doscientos dólares salvo la chica que sale en un programa de televisión que cobró trescientos. Enrique supone que esa noche la pasará muy bien. Erika mira sus uñas y ya no recuerda cómo se sentía amar. Ya no recuerda esos excesos del amor. Mira hacia su derecha y observa a Claudia, la mesera y cree que tan igual como ella, su rostro, seguramente, también reflejaría una inmensa desazón. Una desesperanza. Y siente sobre sí la necesidad de cambiar. Cree que necesita compañía. Que necesita un hombro. Un hombre. Siente que necesita sexo. El vino, piensa y se calma. Pero la intención de amar brotaba por sus poros. Erika siente un cosquilleo en la oreja izquierda. Se acaricia la piel con delicadeza y cree que ese comezón es una señal divina que previene a una buena velada.</p>
<p>La cuenta en El Rincón Gaucho fue de ciento noventa y tres soles, más IGV.</p>
<p><strong>Escena 2: Matías y Paloma.</strong></p>
<p>Matías percibe el olor de los sanguches desde lejos y siente un pequeño dolor en el estómago producto del hambre. Paloma pide un pisco sour extragrande. Él pide una copa de pisco puro. La mesera se les acerca con los pedidos y roza la mano de Paloma, mientras ella, coqueta, le mira los labios. La mujer que los atiende tiene el cabello largo y negro. Muy lacio. Nariz respingada y ojos pequeños. Su mirada era solitaria y melancólica. ¿Qué significa G?, le preguntó Paloma. Grace, le dijo ella y se fue.</p>
<p>Luego de comer, Matías le dijo:</p>
<p>- ¿Cómo te ha ido hoy?, te noto relajada.<br />
- Son los años.<br />
- Benditos años.<br />
- Es como el buen vino. Lo malo son las tetas que se te caen.<br />
- Y bueno, nada es para siempre.<br />
- Solo nuestro amor.<br />
- Ya, deja de hablar huevadas.<br />
- Imbécil.<br />
- Te amo, amorcito.<br />
- ¿Y cómo te ha ido a ti? ¿Qué le dijiste a tu jefe sobre el aumento?<br />
- Soy un hombre pocas palabas, y se lo dije a mi jefe. Pero cuando hablo digo las cosas como son.<br />
- No te creo nada.<br />
- Y le dije, además, que aquí, en este empresa, yo he puesto el hombro mil veces. Ya es hora que la empresa me ponga el hombro a mí.</p>
<p>Tomó un sorbo largo de pisco y continuó:</p>
<p>- Y sabes qué me dijo: “Matías, nuestro compromiso es con los trabajadores leales y eficientes como tú”, cuando me dijo eso pensé “ya te cagaste, broder”, entonces, don Rigoberto, le dije, creo que es necesario y justo, un aumento de sueldo. No pido mucho solo quinientos solcitos más.<br />
- No te creo nada. Eres un exagerado.<br />
- El tío me miró y me dijo:</p>
<p>Tomó el último sorbo de pisco, como queriendo hacerse el interesante, y añadió con el pecho hinchado:</p>
<p>- Matías, no te aumentaré quinientos soles. Desde mañana te harás cargo del almacén donde llegan las importaciones. Mil soles más estarán en tu cuenta a partir de este mes.<br />
- Noooooo.<br />
- Siiiiiiii.<br />
- ¿De verdad?<br />
- Deveritas, deveritas.</p>
<p>Paloma gritó y abrazó a su novio. Ella sabía que él la amaba. Se sentía feliz. Al sentarse se golpeó el brazo con la mesa y Matías le dijo:</p>
<p>- ¿Estás bien?<br />
- Sí, mi amor.<br />
- Te golpeaste con esta bisectriz.<br />
- ¿Con qué?<br />
- Con la bisectriz.</p>
<p>Mientras Matías le acariciaba con delicadeza la zona golpeada, ella lo miró con deseo. Tomó su último trago de pisco sour y le dijo:</p>
<p>- Me excita esa palabra.<br />
- ¿Cuál?<br />
- Bisectriz.<br />
- ¿Tanto así?<br />
- Creo que tengo elevada la líbido.</p>
<p>Matías la miró directo a sus ojos y muy excitado le dijo lentamente:</p>
<p>- Bisectriz.</p>
<p>Ambos se amaron con los ojos y en silencio, por varios segundos. Ella miró hacia el baño de mujeres y luego lo miró a él. Se levantaron de sus asientos y uno de tras de otro ingresaron al baño. Luego de hacer el amor, se fueron con los rostros felices. Sin embargo, a dos cuadras de distancia Paloma le dijo a Matías que se había olvidado de algo y retornó corriendo hacia el bar. Al ver a la mesera sola y triste en un rincón, se le acercó dulcísima y le besó en los labios. Grace solo pudo esbozar un leve gemido.</p>
<p>La cuenta en el bar El Directorio fue de treinta y tres soles incluido propina.</p>
<p><strong>Escena 3: descenlace.</strong></p>
<p>En la despedida de soltero de su jefe, Enrique consume cocaína en el baño luego de acostarse con todas las prostitutas. Después de inhalar su décimo sexta línea, cae pesadamente en el piso y empieza a convulsionar. La cocaína era comprada por un taxista quien, a su vez, se la compraba a un mal policía que lo traía del VRAE (Valle del río Apurimac y Ene). La cocaína de alta pureza se combina con sus vómitos al caer suavemente por los aires. Ya afuera en la ambulancia, su camilla se cruza frente a Matías y Paloma quienes se fuman la marihuana que habían sembraron en su departamento gracias a unas semillas que trajeron de su último viaje a Holanda.</p>
<p>- Todo saldrá bien, broder.</p>
<p>Le dice Matías a Enrique mientras Paloma mira anonadada todo lo que sucede. La ambulancia llega a la clínica El Golf y llaman a los paramédicos de emergencia a gritos. Todos ellos salen al encuentro del grave paciente. Todos. Menos Juan Carlos, quien estaba haciendo el amor en una camilla con Erika, su ex enamorada.</p>
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		<title>La esencia de mi alumna</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2009 22:11:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace poco fue la clausura del año académico en El Instituto Peruano de Arte y Diseño IPAD, donde soy profesor. En este, mi primer año enseñando lo poco que sé de fotografía, he conocido a muchos alumnos que llegaron entusiasmados y se fueron, creo, más. He tenido una gama increíble de perfiles: desde jovencitos hasta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco fue la clausura del año académico en El Instituto Peruano de Arte y Diseño <strong>IPAD</strong>, donde soy profesor. En este, mi primer año enseñando lo poco que sé de fotografía, he conocido a muchos alumnos que llegaron entusiasmados y se fueron, creo, más. He tenido una gama increíble de perfiles: desde jovencitos hasta jubilados y desde ingenieros hasta empresarios. Y muchos extranjeros también que comprobaron que, a parte de la comida, el Perú puede exportar también profesores (sonrían). Sin embargo, aprovechando que llega Navidad y uno se siente más tarado de lo normal, quisiera dedicar este post a una alumna.</p>
<p><span id="more-747"></span>Llamémosle Sato. Tiene pocos años: 17 (es una niña). Es muy delgada, propio de su raza oriental, usa anteojos, tiene el cabello largo… linda. Veo en ella un talento increíble para el arte, sin embargo, la fotografía no va con ella del todo. El primer día de clase, dijo en su presentación personal, que había tomado el curso por obligación de sus padres, ya que al informarles que quería ser cantante se horrorizaron ¡y no se lo permitieron! Así que optó por la fotografía que es el segundo tema que más le agrada. Y bueno, todos en clase nos molestamos con esa medida ortodoxa y draconiana de sus padres, y nos solidarizamos con ella, como debe ser.</p>
<p>Normalmente, cuando veo en el patio a algún alumno o alumna que fuma, le digo que apague ese veneno que significa el cigarro. Y algunos, avergonzados, se hacen los tercios. Otros, más osados, me dicen que es su vida y que me vaya a la mierda (nunca tanto, claro). Es así que en una tarde en el que le dictaba a la clase de Sato, di una perorata insufrible sobre lo dañino que es el cigarro y le dije a la linda niña que no haga esas cosas con su joven pulmón. Y ella, seguramente incómoda por mi repentino discurso, solo arrojaba miradas condescendientes hacia todos los alumnos que, hipnotizados, asentaban con su cabeza todo lo que decía. Rápidamente cambié de tema para no incomodar más a la alumna y terminó la clase.</p>
<p>Luego, la semana pasada cuando todos tenían que presentar su trabajo final, ella presentó el suyo. Y de esto se trata el post, de su trabajo final: hizo un ensayo fotográfico sobre el consumo del tabaco y añadió a su foto final (un autodesnudo en el que se cubría solo con algunas cajetillas de Lucky Strike) una frase que me conmocionó: <strong>“el cigarro es mi esencia”.</strong></p>
<p>Y bueno, su impecable trabajo es lo que me motiva a escribir este post. Le dije que la felicitaba por lo inspirador que era su trabajo final. Que más allá que yo no comparta sus costumbres tengo que aprender a ser tolerante y querer a un amigo (en este caso a una alumna) con todo el paquete: buena onda, defectos y virtudes, etc. Que me parecía correcto que defienda su personalidad frente a cualquiera, así sea su profesor, ya que ella sabía que la presentación de ese tema por lo menos me tocaría de alguna manera.</p>
<p>Me conmocionó tanto su trabajo que ahora me animo a decirle a sus papás que no sean tontos. Que la felicidad de un padre radica en la felicidad de su hijo. Así que no pierdan la oportunidad de ser felices. Su hija tiene un gran potencial artístico y una rebeldía propia de los grandes cantantes de la historia. Como un Lennon. Como un Calamaro. Como un Tongo (sonrían). No deben de impedir el vuelo de un hijo. No deben fraccionar su libertad. Su vocación. Su deseo. <strong>¿Creen acaso que la vida de un cantante es fácil?</strong> No se metan en su vocación. Claro, si una tarde Sato ha fumado algo que no recuerda qué y quiere ser una nueva Chica Fénix, que no me joda. Allí sí. Pero una carrera tan hermosa como es el canto no merece ese menosprecio. Ya quisiera que mi hijo cuando crezca quiera ser un cantante. Así que siempre le digo: espero que no seas fotógrafa, ya que deseo que seas cantante.</p>
<p>Sé feliz, Sato. Hazle caso a Angela, quien es una buena chica. Deja de fumar (sonríe). Matricúlate, este verano, en <strong>Foto Digital 2</strong> y pide por mí, ya que con eso mis bonos suben. Pero, sobre todo, ten la valentía de seguir a tu corazón. Recibe este post como un regalo por Navidad, mujer. Feliz Navidad a todos. <strong>Feliz Navidad, Cristian</strong>.</p>
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		<title>Clásicos dolores</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Dec 2009 18:48:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace muchos años, cuando era niño, fui a la final del campeonato nacional y, coincidencias de la vida, fue la misma final que se jugará en unos días. Como ya conté en un viejísimo post, esa noche de verano lloré como todo hincha desconsolado en Sur al ver a los capitaneados por Roberto Martinez dar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace muchos años, cuando era niño, fui a la final del campeonato nacional y, coincidencias de la vida, fue la misma final que se jugará en unos días. Como ya conté en un viejísimo post, esa noche de verano lloré como todo hincha desconsolado en Sur al ver a los capitaneados por Roberto Martinez dar la vuelta olímpica en mi cara. Luego, al pasar los años, esa misma final se repitió y, para variar, el resultado fue el mismo: esta vez un irracional tres a cero a favor de los cremas (con un blooper alucinante que protagonizaron el finado Sandro Baylón y el colorido e irresponsable portero Christian Del Mar). Ahora, luego de hiperinflaciones y dictaduras, la final soñada vuelve a repetirse y, la verdad, creo que el campeón nuevamente tendrá plumas.</p>
<p><span id="more-741"></span>Por un tema muy sencillo, en verdad, y todos los periodistas lo saben: la U es un equipo y Alianza un jugador. En un mundo tan competitivo como ahora es imposible centrar la responsabilidad a un solo jugador, a menos claro que sea Maradona o Pelé. Pero aun así, creo, que Ni Pelé ni Maradona podrían ser lo que fueron en el fútbol actual. Y esta filosofía la comparte, de buena manera, ambos entrenadores. Sin embargo, ¿por qué decidió Costas regresar a la época cavernaria en que daban la responsabilidad de un partido a la habilidad de un solo futbolista?, ¿acaso no aprendió nada en Argentina? Lo que pasó es que el potón le llenó los ojos. Así de sencillo. Lo lubricó. Lo pasmó. De un momento a otro y cuando no tenía equipo, se dio cuenta que este colombiano le resolvía los partidos en one y optó por lo más sencillo: dejar que Montaño gane los partidos a Inti Gas y no sé que otro equipillo más y le resultó… pero no creo que sea suficiente para eliminar a la U.</p>
<p>Juan Reynoso, DT de la U, lo sabe. Por eso no tuvo mayores problemas en desaparecer de su plantilla a Candelo y Donny Neyra, artífices ambos del éxito de la U el año pasado. Y es que no les sirve. Él sabe que el fútbol actual es un juego de equipo y no que todo el equipo juegue para un solo jugador. Matan a Montaño, matan a Alianza. Las piruetas son para los circenses y sirve para ganarle a un equipo conformado por jugadores distraídos. Un equipo formado por miembros de una tribu perdida de liliputienses. Y no creo que una final hayan jugadores así. Menos en la U. Así de claro. Lo que si me sorprende es que lo comparen con César Cueto. Algo que es un absurdo. El poeta ganó una Copa América y tiene en sus espaldas dos mundiales y Montaño con la justas ha hecho un par de huachas en Matute. Así que no jodan con ese tema que está cerrado desde siempre.</p>
<p>Ahora, me encantaría que gane Alianza. Me encantaría hacer una cremolada de mis letras y tragármelas porque soy hincha del buen fútbol, ese juego que justo Montaño hace. Pero sé que nunca le ganarán a nadie importante si siguen así. Yo, que soy hincha, puedo quedarme en el tiempo, un entrenador no. Un equipo de fútbol no. Miren a Brasil y Dunga. Es inmensamente favorito para el mundial y no hace ni una pirueta. Contundentes. Poderosos. Todo un equipo. Uno para todos y todo para uno. Algo que el señor Reynoso, como dije, sabe.</p>
<p>Quisiera que gane Alianza, además, porque el entrenador de la U es un patán. Un plumífero personajillo del balompié que, bañado en una increíble pedantería, derrocha mentiras y agravios para con mis colegas deportivos. Un tipo como él debería de fallecer de la peor manera. No sé, de un infarto por un gol agónico de Montaño que nos da el campeonato, por ejemplo. Un tipo como él no merece estar en ningún lugar. Pero justo por ser así triunfará. Porque, caballero, para avanzar en este mundo globalizado en que la competencia es tan cruel y despiadada, el que gana tiene que ser un poco hijo de puta. Y Juan Reynoso lo es.</p>
<p>Por eso, me encantaría que gane Alianza, para verle la cara de dolor y vergüenza a este tipejo, cuando sienta ese inmenso dedo medio de raza negra incrustado en su gallinezco trasero.</p>
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		<title>La vida exagerada de un profesor</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Nov 2009 17:46:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Juanes]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>A veces, como ahora, Juan Peres (con S y sin tilde) se siente desubicado y solo. Él es profesor. Tiene problemas para hablar en clase ya que sufre de problemas auditivos y tiende a subir más la voz cuando no es necesario. Pero no solo eso, en el transcurso de su vida se ha adueñado (sin quererlo o saberlo) con apelativos extraños por culpa de su personalidad. Una personalidad que él defiende pero no se atreve a continuar. Él quiere ser una persona normal, el quiere ser como los demás. Hablar como los demás. Ser pendejo como muchos. Tener a las alumnas y alumnos siguiéndolo como ratones a su flautista de Hamelin, como bien lo hacen los otros profesores. Quiere expresarse mejor, no con palabras ‘rebuscadas’ ni nada. Solo quiere ser uno más.</p>
<p><span id="more-731"></span>Su rareza empezó cuando era niño. Era el medio día cuando, a la hora del almuerzo en el colegio donde estudió, Andrés Longhi, amiguito suyo, se sentó a su lado y, de un momento a otro, se introdujo el dedo índice en la nariz. Luego de muchos movimientos circulares y con algo de suavidad, retiró de ese orificio un trozo seco de moco… y luego de inspeccionarlo con una increíble introspección se lo metió a la boca y se lo tragó. Juan, lejos de asquearse, esa escena le pareció curiosa y rara y sospechosa y enigmática. ¿A qué sabe un trozo seco de moco?, se preguntó curioso. Luego hizo lo mismo (meterse el dedo a la nariz), pero no tenía nada. Así que, luego de muchos días, cuando ya tenía varios trozos en dichos orificios, repitió ansioso la acción y, con el inmenso trozo incrustado en la uña de su dedo índice, procedió a comérselo. Al no tener el sabor claro, repitió el acto, pero la mala suerte llegó cuando el gordo Rojas, el abusivo del salón, lo vio. Y le puso su primer apelativo, su primera chapa: “Juan come moco Peres” (con S y sin tilde).</p>
<p>Luego, llegó la adolescencia con todos los problemas normales: la masturbación, los granos y, nuevamente, la masturbación. Tenía 14 años y se daba placer día y noche. Miraba mal a los animales después de leer La Ciudad y Los Perros, de Vargas Llosa. Y miraba remal a las niñas de su edad. Cuando los micros estaban llenos, se ponía detrás de ellas y, con la pelvis, las frotaba sin el menor descaro. Ellas, diáfanas, puras, vírgenes, impolutas y sumamente católicas, se sorprendían al sentir el bulto en sus muslos y hasta en sus mochilas. Pero no hacían nada. Por miedo, seguramente. Porque sabían que ellas entrarían al cielo y este triste muchachito degenerado no. Porque Diosito no acepta niños pajeros en el cielo, por el contrario, Dios si acepta a las niñas rubias que rezan todos los días y van a misa y no se quejan en voz alta cuando las puntean por toda la media hora que dura el viaje. Es así que, sin saberlo Juan se hizo de otro apelativo: “Juan el pajero Peres” (con S y sin tilde).</p>
<p>Y así, entre y paja y paja, llegó la juventud. Llegó, también, la universidad, donde postuló porque no le quedaba otra: su padre, un excombatiente de las fuerzas armadas, le dijo que si no ingresaba lo botaba de la casa por pajero. Ingresó a Comunicaciones, no porque le interesaran las noticias o el quehacer diario de la información, si no porque quería acostarse con todas las reporteras lindas que salían en la televisión. A él, le importaba un comino la pirámide invertida y la realidad nacional. Solo quería una orgía con Jessica Tapia y Gisela Valcárcel. Es así que no asistía a clases ni a reuniones. Solo buscaba prácticas en un canal de Tv. Pero solo pudo conseguir un puesto sin paga en una revista futbolera… y de fotógrafo.</p>
<p>De un momento a otro y sin saberlo, llegó el respeto, no solo de sus amigos y colegas, si no de sus padres. Sin saberlo, su vida cambió… se puso más serio y menos irresponsable. Y hasta se atrevió a escribir. Nunca terminó la carrera, ya que quería acostarse cuanto antes con Gisela Valcárcel y Jessica Tapia, pero, de una manera u otra, se pudo codear con muchos periodistas buenos y que, como si hubiese ocurrido algo que él no se percató, esos periodistas serios eran sus amigos. Y se hizo del apelativo que más degustó “Juan el fotógrafo que escribe Peres” (con S y sin tilde).</p>
<p>Luego de darse cuenta que solo de periodista se moriría de hambre, le llegó la oportunidad de ser profesor y enseñar fotografía en una novísima universidad. Se sentía realizado, de una forma rara. Las chicas lo miraban con respeto. Los chicos lo saludaban con delicadeza. El piensa que si Gisela Valcárcel y Jessica Tapia fueran sus alumnas, fácil se enamorarían de él. Ya que irradia justo lo que no es: un hombre seguro y pendejo.</p>
<p>Una tarde, en una clase un poco movida el detuvo su exposición porque hacían mucha bulla, sobretodo un alumno a quien no divisó por la cantidad de estudiantes que habían en ese entonces y molesto e indignado dijo una infeliz frase. Una frase que lo marcó para siempre en la universidad:</p>
<p>&#8220;Quien quiera que seas, deseo que te de Sífilis, Chancro y Gonorrea.<br />
Y, a parte, deseo de corazón, que nunca más tengas una erección en tu vida. Nunca.<br />
Y te lo deseo, repito, de corazón&#8221;.</p>
<p>Los alumnos se reían de él. De sus rebuscadas palabras. De su deseo improductivo de hacerlos callar. De imponer las reglas. Sus reglas. De su forma rara de ser vulgar. Y fue allí que se dio cuenta que algo no andaba bien. Que él era raro. Quemado. Trulo. De otra galaxia. “Juan el fotógrafo que escribe Peres” se convirtió en “Juan el marciano Peres” (con S y sin tilde).</p>
<p>Le apestan las compañías. Se duerme en las conversaciones. Le asfixian las bodas y las reuniones. Le sale salpullido encontrarse con ex amigos. No usa Facebook. Aunque sus amistades lo obliguen a hacerlo. Cuando se conecta al Messenger detesta que le hablen para preguntarle cómo estás. Cuando le gusta una mujer se lo dice, sin más preámbulos ni cócteles ni modales. Solo se lo dice. Cuando los alumnos se le acercan cuando él descansa en la cafetería lo único que él quiere es que se retiren&#8230; ya que ama su soledad. Su vacío. Sabe que morirá solo y lo acepta. Que nadie lo querrá por cómo es. Sabe que es raro. Hablador pero raro. Juan Peres odia su apellido con S y sin tilde. El hubiece querido apellidarse Kuczynski o Iparraguirre, como ese profesor chinchoso y pedante que nunca lava su carro. Juan Peres, no tiene carro. Solo un chocolate casi derretido en el bolsillo y medio cigarrillo de marihuana que fumará antes de masturbarse viendo el Show de los Sueños.</p>
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		<title>Edipo sigue siendo el rey</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Sep 2009 19:50:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé si esto les pasa a los que ahora pululan en base tres, pero recuerdo que yo, de niño, quería ser congresista. Claro, en esas épocas era senador o diputado. No sé, repito, si esto le sucede a todos los de base tres, pero yo babeaba con lo bien que hablaba mi padre de tal o cual político; claro, los políticos de ahora son muy, pero muy diferentes a los de antes (¿me explico?). <strong>Salvo Javier Valle Ristra </strong>y uno que otro más, el resto, pues, no creo que estén a la altura de lo que significa formar parte del legislativo. Antes, como él habían muchos. Pero ya no. Antes, los debates eran hermosos. Hipnóticos. Bélicos, pero hermosos. Para mi padre era escuchar a Mozart. Era un continuo y recurrente acto de placer. Y sí pues, yo de niño quería ser Senador.</p>
<p><span id="more-726"></span>Y claro, fui fotógrafo y todo se fue a la mierda. Sin embargo, antes de eso recuerdo que quería ser profesor, por mi madre. Veía cómo se reía con sus alumnos. Cómo les llamaba la atención con autoridad y la veía importante. Esplendorosa. Sabia. Única. Era mi madre y yo estaba orgulloso de ella. Sin embargo, cuando le comenté sobre mis intenciones de emularla pues se espantó. No, me dijo, los profesores sufrimos mucho. Y bueno, con esa explicación asesinó a <strong>ese pequeño Edipo</strong> que habitaba dentro de mí. Incineró mis deseos de pararme frente a varios alumnos. Destrulló mis fantasías de docente.</p>
<p>A lo que voy es que dentro de mis pantalones habita un figureti. Una persona que desea, sin decirlo, que le presten atención. Oídos. Ojos. Y claro, admiración. No sé si se dan cuenta, pero ser senador y ser profesor, salvando oceánicas distancias, no son tan disímiles. Al menos la esencia, o sea, los motivos por los que quise adueñarme de esa carrera, son los mismos: personas escuchando lo que hablo. Sí pues, <strong>soy un figureti</strong>.</p>
<p>Cuando llegaba a Epensa, empresa donde trabajaba, no solo saludaba a cada uno de los trabajadores de mi diario (Correo) si no a los de los otros cuatro diarios también. Y no por un tema de educación como mi buena amiga Gisella San Miguel me dijo, si no por que me encanta el roce. La interacción. Saber que la otra persona me escucha. Me encanta adular. Preguntar cómo estás. Desear lo mejor. Aparentar ser educado cuando no lo soy. Eso. Y fácil, justamente eso, es parte de mi ‘atractivo’, si es que lo tengo. Es parte de mi esencia.</p>
<p>Lo que quiero decir, es que me encanta vivir este tramo de mi vida. Mi etapa de profesor. Claro, es lo que yo quise cuando intenté emular a mi madre. Sin embargo, la cosa va más allá. Y es que no soy profesor de matemáticas. Ni de historia. Ni de cosmetología, como me dijo en broma Roberto Poma, un amigo. Soy profesor de fotografía. ¿Cuál es el detalle?, el detalle está en que justo <strong>soy fotógrafo</strong>. Y enseño lo que sé a la perfección, primer lugar.</p>
<p>Pero en segundo lugar, y esto es lo más importante, es que en las clases teóricas muestro fotos con tal o cual detalle técnico&#8230; y muchas de esas fotos son mías. O sea, muestro mi trabajo. Un trabajo no de hace dos días. Un trabajo de muchos años. Y claro, lo que voy a decir es políticamente incorrecto, pero bueno, he tenido la suerte y el talento de hacer un buen trabajo. No es lo máximo. <strong>No soy Chambi</strong>. Pero de que es bueno es bueno. Y ver que tu profesor enseñe su trabajo y en base a ello te enseñe, genera una estela constante y pronunciada de respeto. De admiración. Seguramente de crítica también. Pero igual es respeto.</p>
<p>O sea, soy un breve senador. Soy un profesor. No titulado, claro. Pero sí preparado. Y bueno, estoy tranquilo. En realidad estoy más que tranquilo. Estoy feliz de vivir esta etapa. Y quiero que sea por mucho tiempo, claro. A lo que voy es que me encanta escribir… pero ya no como antes. No le dedico a cada letra el amor que le dedico a cada clase. No, no, no. Ya no. No le dedico a cada letra el amor que le dedicaba antes. Y eso me lleva a una realidad que no quiero pasar por alto: y es que creo que <strong>Crónicas de Pollada</strong>, mi blog, mi querido blog, pues tendrá que cerrar. Ya no escribo con el mismo amor de antes. Ya no escribo con la misma frecuencia de antes. Unos amigos me recomendaron no cerrar y escribir de vez en cuando, como lo hago. No lo sé. Pero creo que el amor va de la mano con la fidelidad. Y la vocación no admite sacadas de vuelta. O eres feliz haciendo tu trabajo o trabajas como una mierda, así de simple. Y mi pollada merece respeto. Un respeto que no ha sabido mantener.</p>
<p>Uno se descubre. Se redescubre. Tengo 33 años y me gusta, desde ahora, ser profesor. Lo chistoso es que me inspira a tomar mejores fotos. A agarrar una mochila y hacer los reportajes que nunca pude hacer. A hacer las fotos que nunca realicé. A viajar como nunca antes lo hice. Y mostrarlas en mi clase de diafragma. En mi clase de fotoperiodismo. En mi clase de retrato y moda. <strong>Quiero ser un mejor fotógrafo para ser un mejor profesor</strong>. Y mi blog no está en ese proyecto de vida. Publicaré mi libro, eso es un hecho. Pero creo que el blog, tarde o temprano, cerrará. No ahora. No mañana. No el próximo mes. Pero cerrará.</p>
<p>A veces llega un mes entero que no escribo nada. Y me siento presionado. Tenso. Con una responsabilidad que uno no desea tener. Y en esta vida, que muchas veces parece corta, pues la misión es ser feliz. Y yo, al menos en el área profesional, lo soy. Y no quiero que eso varíe. Y así como El Che murió por sus ideales, pues yo también moriré con los míos. Cojudo, ¿no?, pero feliz. ¿Acaso uno no tiene porque seguir sus impulsos de felicidad? Claro, cuando digo que moriré en lo mío, no es gratuito. Tampoco es novelesco. Y es que es sabido que <strong>a los profesores no les pagan mucho</strong>.</p>
<p>Y es por eso que no rechazo ninguna oferta de trabajo. Pero ojo, eso es trabajo. Hace poco me llamaron para una conferencia sobre no sé qué en el que me iban a pagar un dinero simpático por una sola hora de trabajo. Y claro, lo hice&#8230; pero me sentía asfixiado. Como dentro de un terno. Pero lo hice y cobré. Hace poco un colega me llamó para escribirle una crónica sobre el cambio generacional del voleibol peruano y también lo hice. Pero después otro amigo del Scotiabank me llamó para darle clases de fotografía a una de las jefas del banco. Y yo, entusiasmado, petrificado y más emocionado sigo esperando como imbécil a que la chica esta me llame. Y me va a pagar solo 20 dólares la hora. ¡Y no me llama hasta ahora! Y seguro que cuando encuentre este texto ya no me llamará, así que la insulto de una vez: ¡maldita bruja, llámame!</p>
<p>Lo que quiero decir es que me gusta más enseñar que hacer las otras actividades que realizo y con los que me gano la vida con creses. No digo que no me llamen los que me proponen otros trabajos. No, no, no. Síganme llamando, por favor. Los necesito. Mi hijo los necesita. Llámenme… <strong>o mejor no me llamen y déjenme ser feliz.</strong></p>
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