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	<title>Crónicas de Pollada</title>
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	<description>Blog de Luis Iparraguirre</description>
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		<title>Adiós, Crónicas de Pollada</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Mar 2011 01:40:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Hoy, domingo 13 de marzo</strong> <strong>es el cumpleaños número siete de Cristian</strong>, mi hijo. El año en el que él abrió los ojos por primera vez yo atravesaba unos grandes problemas existenciales los cuales llevaron a refugiarme en algunos escritos personales que mis amigos más cercanos conocieron a través del mail. Amigos y colegas periodistas quienes aprendimos a querernos con nuestras excentricidades y bobadas. Amigos a quienes a muchos ya he dejado de ver o frecuentar, sin embargo, su recuerdo todavía permanece iluminando mis nostalgias. Dichos amigos me confesaron algo en común y era que, según ellos, <strong>podía acompañar mi oficio de fotógrafo con la escritura.</strong> Ese interés por escribir y Cristian, llegaron de la mano ese mismo año. Cuando él nació, nacieron mis ganas de narrar historias por medio de las letras. Y así, continuaba enviando masivos a mis compañeros  más cercanos con cualquier payasada que se me ocurría mientras ellos festejaban mis rebuscadas letras. Una vez, <strong>Norka Peralta, periodista del diario El Comercio</strong>, a quien en algunas oportunidades he nombrado de manera ficticia y otras con ánimos solo de molestarla (algo que nos permitimos los amigos que nos queremos), <strong>me propuso hacer juntos un blog.</strong> Acepté rápidamente. Sin embargo, Norka, como toda mujer que se quiere hacer la interesante,<strong> nunca más me llamó.</strong> Así que decidí hacer un blog sin su ayuda y fue en ese momento <strong>que nació Crónicas de Pollada.</strong></p>
<p><span id="more-1338"></span><strong>Desde ese entonces han pasado cinco años.</strong> Mi blog tiene un poco más de 150 entradas en los que he intentado dar lo mejor de mí para satisfacer el ocio de ustedes, mis queridísimos lectores. <strong>La mayoría de mis escritos tienen más de fantasía que de realidad.</strong> A veces la línea es tan delgada que ni yo mismo puedo diferenciar en qué momento empieza la ficción. Invento realidades que, fácilmente, me gustaría haber vivido y, como mi vida es más aburrida de lo normal, invento historias para sentirme mejor conmigo mismo. No releo mis textos. Trato de no hacerlo. Cuando lo hago, a veces, lo confieso, tengo algo de vergüenza. <strong>¿Cómo he sido capaz de escribir esto?,</strong> me pregunto apenado. Por eso, trato de no releerme. Y, cuando me encuentro con alguien que me ha leído, la pena se me hace aun más grande. Es algo que no puedo entender. A veces, pienso que la persona que escribe es una persona diferente a la que camina, trabaja, come y ama. Fácil,<strong> escribir es el complemento de mi ser,</strong> una parte de mí que nadie ve. Una parte que me avergüenza liberar por sentirme completamente descubierto. A veces, he tratado de no tocar temas puntuales, pero esa es una restricción que dura solo algunos días y, por más que quiera, no puedo impedir que las letras salgan y salgan <strong>como si tuvieran vida propia. </strong></p>
<p>Con la presencia de los blogs, <strong>decía Saramago,</strong> se escribe más y peor. Seguro estoy en ese último punto. Sin embargo, tengo que admitir, que si en algún momento me he sentido vivo y feliz… <strong>es cuando he escrito.</strong> Cuando he corregido mis textos antes de publicarlos. Cuando he escuchado a algún lector agradecerme por mis letras. <strong>Cuánto hubiera querido ganarme la vida escribiendo.</strong> Algo que hasta ahora no pierdo las esperanzas, pero admito que es una quimera casi utópica e inalcanzable. Ser un escritor independiente tiene sus ventajas y desventajas. La ventaja es que puedes cometer errores de narración o escribir un cuento pésimo <strong>y ningún erudito te va a señalar públicamente por ello. </strong>La desventaja es que <strong>no tienes editor </strong>y, al no tenerlo, puedes cometer la torpeza publicar cosas que no debes de publicar: desde simples errores de forma (ortografía y construcciones gramaticales) hasta errores de fondo<strong> (tocar temas que puedan herir susceptibilidades colectivas o individuales).</strong></p>
<p><strong>Este es mi último post. </strong>No habrá fiesta ni lágrima. Solo una despedida formal a manera de cerrar una etapa en mi vida. Una etapa llena de sueños, dulces inmadureces y ficciones. Llena de cuentos y fantasías que poblaron mi infancia. Hoy, que es el cumpleaños número siete de Cristian, quiero poner fin a una parcela de tiempo <strong>en el que soñé con ser escritor…</strong> la buena noticia es que ese sueño todavía continúa. Y volveré a escribir para sentirme vivo otra vez, pero de una manera diferente: tengo algunos proyectos en mente y espero cumplirlos a corto plazo. La publicación no la tengo clara, todavía. Sin embargo, aprovecho la oportunidad para llamar la atención <strong>de algún editor que quiera trabajar conmigo </strong>en esta natural inquietud que tengo por publicar.</p>
<p><strong>Agradezco a cada uno de ustedes:</strong> hombres y mujeres que me acompañaron por estos cinco años de mi vida. A todas las personas a quienes he conocido gracias a mi blog. A las personas quienes dejaron sus comentarios. Y, claro, a las que me han acompañado desde el anonimato. Porque a todos ustedes he querido con un cariño sincero, ya que esa es la única forma con la que sé amar: <strong>sinceramente</strong>. El blog seguirá en línea por todo el año que queda, así que tienen mucho tiempo para rebuscar alguna historia que, quizá, les haya gustado. Ahora, que la fiesta concluye, admito que siento mucha pena al escribir todo esto. Pero sé que me esperan más momentos gratos, <strong>como todos los vividos en Crónicas de Pollada. </strong>Muy bien, ahora sí, dejando atrás las difíciles despedidas, pónganse sus gorritos, soplen los silbatos, lancen pica pica y digamos todos juntos, a la una, a las dos y a las tres:<strong> ¡Feliz cumpleaños, Cristian!</strong></p>
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		<title>Adiós, amor</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Mar 2011 04:01:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Más torpeza que precisión. Más ansiedad que serenidad. Cuántas veces había visto esa escena en sus fantasías de cama. Cuántas veces sintió la necesidad de un poco de ese placer que estaba a punto de llegar. Igual trató de someterse a un leve instante de tranquilidad. De frescura. No era un espectáculo diario. Quería disfrutarlo. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Más torpeza que precisión.</strong> Más ansiedad que serenidad. Cuántas veces había visto esa escena en sus fantasías de cama. Cuántas veces sintió la necesidad de un poco de ese placer que estaba a punto de llegar. Igual trató de someterse a un leve instante de tranquilidad. De frescura. No era un espectáculo diario. Quería disfrutarlo. Al frente de sus ojos estaba: inmóvil y húmedo. El color más bien era de un claroscuro sugestivo y delicioso, con algunos brotes de pequeñas protuberancia que formaban parte de aquel pezón que, segundos antes, <strong>estaba aprisionado dentro de su boca.</strong> Pasó sus dedos por todas esas voluptuosidades. Sintió cada placer que su tacto podía entregarle. Ninfas de sueños. Diosas de la carne. Musas de la poesía. Deseo. Pasión. Lujuria. Pecado suyo. <strong>¡Oh!, Cuánto amor le tenía. </strong>17 años de granos y rock and roll corrían por sus pieles vírgenes. Intocables. Tersas. Afiebradas.<strong> Te amo,</strong> le dijo. <strong>Yo también,</strong> le susurró. Mientras posaba sus labios encima de los suyos, despojó la última tela que tenía que caer para poder liberar al sexo que ardía del deseo. El eco de una conocida canción de Black Eyed Peas enmudecía los cortos gemidos de placer.<strong> Prométeme que nunca me dejarás, </strong>le pidió mientras sostenía su miembro desnudo y endurecido. <strong>Lo prometo, mi amor,</strong> le contestó.</p>
<p><span id="more-1336"></span>Tan rápido pasa el tiempo en los cortos momentos de la adolescencia. Giros de carrusel donde ves pasar  amistades, amores y desgracias. Andrés no tenía más intención que seguir amando a la mujer que la vida le había puesto en aquel lugar. No quería más. Su padre quería que fuese ingeniero. Él creía no tener más misión en la vida que ser feliz. ¿Ingeniero? Por Dios, se decía. ¿Para qué ser ingeniero? <strong>Amaba a Lucía. </strong>No tenía más sueños que cumplir que hacer realidad los sueños de ella. No tenía por qué luchar por quimeras personales ya que lo único que deseaba era vivir para escuchar cada latido del corazón de su amada. Cada suspiro. Cada lágrima. Vivir sus penas. Odiar a sus enemigos. Navegar junto a ella por los hermosos senderos que el placer te puede señalar. El corazón de Andrés era más bien puro y sin límites a la vista <strong>y estaba dispuesto a dejarlo todo por ella.</strong></p>
<p>Lucía, en cambio, era de un carácter rebelde y libre. Se crió sola con su madre ya que su padre las dejó hace unos años y, por ese motivo, le cuesta mucho hablar de su progenitor frente a sus amistades. Cuánto amó, es cierto, a Andrés. Sin embargo, <strong>sabía que él la amaba más.</strong> Le encantaba ver cómo cumplía cada capricho suyo. Le fascinaba ver cómo se esmeraba por complacerla para verla feliz. En el fondo ese fue el motivo por el cual ella miraba más allá de sus logros. Más allá de ese pequeño amor que le tenía al buen Andrés. Tenía tres años más que él. <strong>¿Quién sería capaz de juzgarla por lo que hizo? </strong>Pretenciosa como ella sola, aspiraba tener más en la vida que a un simple estudiante de la Pre Católica, quien tenía que pedirle dinero a su padre para poder ir a comer un helado o unas pocas monedas a su madre para tomar un refresco en la bodega de la esquina. Las discotecas ya eran un recuerdo nostálgico para Lucía. Andrés era más bien un chico tímido y sumergido en su mundo<strong> lleno de guitarras eléctricas </strong>y pomposos versos que tenían las canciones en inglés.</p>
<p><strong>Cuánto hubiera dado él por no vivir ese día.</strong> Cuánto hubiera dado por volver a sentir ese amor lúdico y juvenil nuevamente en su cama en vez de estar llorando frente a ella. En vez de sentir cada espasmo de odio. De resentimiento. De súplica, que en ese momento sentía. <strong>Ya no te amo, </strong>le dijo sin el menor reparo.<strong> Por favor, no me hagas esto,</strong> le suplicó. Una tras otra, las lágrimas cayeron al suelo suplicando un poco del cariño que ya no tenía. El mismo cariño que, por mucho tiempo, consideró que era el motor de su misma vida. <strong>¿Qué hago ahora?, </strong>le preguntaba, y ella le dijo, simplemente,<strong> no lo sé.</strong> Y así, mientras su rostro no se inmutaba por aquellas muestras de flaqueza, mientras ella no mostraba ni un pequeño rasgo de misericordia para aquel muchacho quien todavía tenía el sabor de sus pechos en la boca, se fue de su lado al sentir el bocinazo del carro de su nuevo enamorado quien la esperaba, a media cuadra, para ir a bailar juntos <strong>al Sargento Pimienta del distrito de Barranco.</strong></p>
<p>***</p>
<p><strong>Veinticuatro años tiene ahora.</strong> Nuevamente el amor hace sensible las fibras de su ser. Nuevamente se sumerge sin temor en las tibias aguas de las canciones en francés.<strong> Giovanna tiene dos años menos </strong>y él ya es un Ingeniero.<strong> Esta noche le pedirá que sea su esposa.</strong> No hay más que decir. Cree que la vida es maravillosa por darle otra oportunidad. Los olores del perfume que ella le regaló lo envuelven en un universo lleno de ternura y satisfacción por saberse reivindicado <strong>en el constante laberinto del amor. </strong>Sabe que este es su momento. La noche está fría y la chalina que se compró en el viejo mercadillo del Cusco no lo protege completamente del frío intenso que azota el distrito de Miraflores. Ingresa sin llamar al edificio de su departamento, aprovechando la salida de un vecino quien lo mira con algo extrañeza, y Andrés, sin saber el por qué de aquella perdida mirada, continúa su camino.</p>
<p>Portaba el anillo que había comprado en la misma tienda de antigüedades que su abuela lo llevó cuando vendió un viejo collar de perlas para poder comprarle el Play Station que tanto quería. <strong>Era un anillo brilloso y pesado. </strong>El más caro y bello que pudo encontrar. <strong>Ella lo merecía, </strong>se decía así mismo, como queriendo justificar el ostentoso gasto hecho unos días atrás. Al entrar a la habitación, lo primero que reconoció fue la imagen desnuda de dos cuerpos poseídos por el<strong> animalesco delirio del placer. </strong>No pudo distinguir a Giovanna hasta escuchar el mismo gemido que él escuchaba cada vez que se acostaba con ella. Por un segundo no los interrumpió. Por un momento quiso presenciar ese acto salvaje y repulsivo que estaba cargado de una rara poesía <strong>llena de oscuridad y belleza. </strong></p>
<p>Al retirarse de la escena su respiración varió de golpe. Propuso soluciones inmediatas <strong>y todas le parecieron insuficientes. </strong>Sintió en el rostro la furia y la vergüenza de haber sido tan débil y tan estúpido<strong> por haber amado tanto.</strong> Recordó a Lucía. Recordó las veces que se sintió humillado. Traicionado. Y sintió que cada segundo de vida era un sufrimiento tan doloroso que <strong>ya no podía seguir viviendo. </strong>Mientras los gemidos de Giovanna se hacían más sonoros pudo, por fin, <strong>encontrar el arma</strong> que ella guardaba debajo del microondas y que portaba desde aquella vez que la asaltaron en la avenida Alcanfores.</p>
<p>Cruzó, nuevamente, la puerta de la habitación y apuntó hacia ellos sin el menor problema. Cada disparo estuvo acompañado de un gesto de dolor. De rabia. De venganza. <strong>El amante cayó primero</strong> encima de la cama. Ella pudo incorporarse… pero las balas la alcanzaron antes que pudiera llegar a un muro que cruzaba su rosada habitación. <strong>Al ver los dos cuerpos inertes,</strong> un silencio ensordecedor inundó aquel cuarto lleno de espanto y delirio. Fue en ese momento en el que Andrés sintió un leve sentimiento <strong>muy parecido a la satisfacción.</strong> Al desahogo. Y, por fin, pudo respirar como quería.</p>
<p>¿Será que todo amor es una simple ansia de carne?<strong> ¿Será que toda carne es deseo? </strong>¿Será que todo deseo es dolor? ¿Será que amar a un trozo de carne que envuelve a una vida te lleva, indefectiblemente, al dolor? <strong>¿Será que nunca se podrá amar sin sentir dolor? </strong>Por fin, pudo echarse junto a su difunta mujer: <strong>carne muerta y carne muerta en vida. </strong>En el suelo yacían frente a frente ambos con los ojos abiertos. <strong>Andrés no despojó ni una sola lágrima más.</strong> Vio como una laguna rojiza crecía y crecía cada vez más, hasta llegar a sus propias mejillas que estaban posadas en el suelo, y vio cómo esa laguna formaba un reflejo donde se podía ver esos mismos ojos que lo miraban sin parpadear. Después de unos minutos, puso el anillo en medio de aquel charco de sangre y el arma apuntando <strong>encima de su sien.</strong> Adiós, carne. Adiós, deseo. Adiós, dolor. <strong>¡Adiós, amor!</strong></p>
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		<title>Cagones, a mucha honra</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Feb 2011 23:10:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Una tarde, cuyo recuerdo se me hace jodidamente doloroso, cruzaba la sala de mi casa con un poco de despreocupación para llegar a la computadora y revisar las noticias del día. Cruzo la mesa y veo, de reojo, un inmenso calendario de Universitario de Deportes en el que estaban algunos niños quienes, seguramente, formaban parte [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Una tarde, cuyo recuerdo se me hace jodidamente doloroso, </strong>cruzaba la sala de mi casa con un poco de despreocupación para llegar a la computadora y revisar las noticias del día. Cruzo la mesa y veo, de reojo, un inmenso calendario de <strong>Universitario de Deportes</strong> en el que estaban algunos niños quienes, seguramente, formaban parte de las canteras del club. No le di importancia y me senté en el mismo sofá desde donde estoy escribiendo, precisamente, estas letras. Puedo escribir una caprichosa combinación de palabras para narrar lo que pasó. Lo único que quiero que comprendan, sin embargo, es lo que en ese momento sentí, sin usar adjetivos que traicionen la objetividad. El recuerdo de aquel calendario encima de la mesa no me dejó leer con tranquilidad las diversas noticias que llegaban a mi computadora. En casa solo hay un hincha de la “U”: <strong>mi padre. </strong>Pero esa simpatía nunca lo llevó a conseguir almanaques o chucherías del club, entonces<strong> ¿De quién es ese calendario?,</strong> me preguntaba. Fue en ese instante que mi rostro comenzó  a desfigurarse. Cristian, mi pequeño hijo, tiene seis años y es, desde que nació, hincha de Alianza Lima <strong>porque así lo decidí</strong> (en este caso el autoritarismo, disfrazado de amor, ganó). Pero esta decisión unilateral no era compartida por mi papá ya que siempre decía que Cristian será, como él, una gallina. Así que, por una fuerza invisible, fui impulsado a sostener con terror ese almanaque y<strong> lo que vi en esa imagen era una abominación.</strong> Fue en ese momento en el que todos los vecinos de mi cuadra escucharon un alarido desgarrador, <strong>muy similar a una mentada de madre.</strong></p>
<p><span id="more-1319"></span></p>
<p><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_7796.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1320" title="IMG_7796" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_7796-300x217.jpg" alt="" width="300" height="217" /> </a><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_7802.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1321" title="IMG_7802" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_7802-180x300.jpg" alt="" width="180" height="300" /></a></p>
<p><strong>Allí estaba.</strong> Un chico delgado y distraído. Un muchachito que tenía un rostro más bien de desagrado. Como diciendo, muy desde el fondo,<strong> “Yo no quiero estar aquí”. </strong>Un chico apartado y lejano. Un muchacho que no era parte de esos chicos alegres y distendidos que estaban acompañados de ese señor sonriente quien, al parecer, era su profesor. Allí estaba, repito. Un niño que de seguro le picaba el cuerpo por tener puesta una camiseta que no era la de él y que la portaba de forma desaliñada. <strong>No era un niño feliz.</strong> Las fotos no mienten: <strong>¡No era un niño feliz! </strong></p>
<p>Piensa. Cálmate. Es tu padre: no puedes matarlo. Piensa. <strong>¡Denúncialo!</strong> No. Incendia el estadio. Eso. Eso. Pero primero, lo primero. Siempre hay un cómplice para todo crimen. Siempre. Y allí, en mi casa, se había cometido uno contra mí. ¡Mi propio padre me estaba jugando sucio! En ese momento no estaba, así que sabía<strong> que mi madre era su cómplice</strong> y era quien tenía que pagar por los platos rotos. Enfurecido y lleno de ira crucé la puerta de su cuarto. La encontré viendo novelas, para variar. <strong>”Madre”</strong>, le dije. No me contestó. Los infelices que salen en pantalla llorando fingidamente sus penas, valen más que su estúpido hijo: un vago de 35 años que sigue viviendo con ella<strong> y que no se puede planchar una simple camisa.</strong> Pero allí estaba yo, tratando de imponer mi autoridad. Una autoridad que se me había robado. Así que me acerqué sin temor al televisor y se lo apagué… luego que amenazara con botarme de la casa, volví a encenderlo:<strong> los padres son muy abusivos. </strong></p>
<p>Igual le dije. Mostré. Grité. Enrojecí. Señalé. Vomité todo lo que tenía que tenía que vomitar. Estaba en mi derecho. Dios sabe que estaba en mi derecho. Y por fin callé.<strong> “Habla con tu papá”, </strong>me dijo serena sin mirarme a la cara. Ella solo esperó que terminara de llorar para decirme eso. No se dignó a cruzar más palabras conmigo porque justo estaba viendo una parte importante de su novela favorita llamada <strong>“La calle de las novias”. </strong></p>
<p>Me fui a la sala a esperar a mi padre. Lo tenía que encarar. Tenía que borrar cada detalle de inseguridad. Vamos, no soy un niño. ¡Me tiene que escuchar! Llegó con Cristian.<strong> “¿Qué significa esto?”</strong>, le pregunté. “Eso significa que tu hijo será el goleador de la “U” en esta temporada”, dijo sin mirarme a la cara. “Si él va a jugar fútbol este verano quiero que juegue en Alianza Lima”, le dije. <strong>“Si quieres que juegue en Alianza, paga tú”. </strong>Al decir esto se fue a su cuarto. Me dejó mudo parado en el mismo lugar donde me encontró. Abuso. Mucho abuso. <strong>Él sabe que soy un misio.</strong> Que no tengo dinero para matricularlo<strong> siquiera en El Cantolao.</strong> Todo lo que puede hacer el dinero, pienso. Y a un costado estaba mi hijo, mirándome. Tenía miedo preguntarle. Mi madre me abandonó por una novela. Mi padre por un equipo. ¿Qué podía esperar de mi hijo si todos los seres en quien confiaba, me abandonan? <strong>“¿Eres gallina o eres cagón?”,</strong> le pregunté a quema ropa. Tiene seis años es cierto, pero<strong> si ya viste una camiseta, ya es un hombre,</strong> pensé. Así que puede contestar una simple pregunta. “Responde: ¿Eres gallina o eres cagón?”.<strong> “Soy cagón, papá”.</strong> Me dijo sin vacilar. <strong>“¿Y qué significa esto?”,</strong> le volví a disparar mostrándole el almanaque de la vergüenza. “Mi abuelo quiere… yo no quiero”. Me dijo todo niño. Todo pequeño. Diminuto. No era un hombre hecho. Era un niño indefenso quien sigue las sendas que le señala la autoridad. Sendas que incluso lo obligan a vestir camisetas que van<strong> en contra de su naturaleza.</strong> “¡Si te vuelves socio de la “U”, Cristian entraría gratis a la piscina del club!”, bramó mi padre desde su cuarto.<strong> “¡Me cago en la piscina!”,</strong> grité desde la sala y sostuve a mi hijo de la mano para llevármelo a comer una hamburguesa, mientras escuchaba <strong>el eco de unas carcajadas.</strong></p>
<p>***</p>
<p>Allí estábamos en el Lolo Fernández después de tres semanas que Cristian había empezado a practicar. No quise ir hasta ese entonces a verlo ya que sentía algo de pudor. Fui porque me dijeron que, de los más de cincuenta niños que se habían matriculado para estas vacaciones, <strong>Cristian había sido seleccionado</strong> junto a otros once muchachitos, para representar al club en la tradicional Copa Crema. <strong>“Tu hijo es un gran delantero y le han dado la camiseta número once”,</strong> me dijo mi orgulloso padre. “Anda a verlo, carajo, ya es hora que lo veas”, añadió batiendo las alas. Y allí estaba, esperando que Cristian salga a la cancha a jugar este amistoso con en el que debutaría a manera de entrenamiento antes de jugarse el campeonato. Y salió. Todo de crema. <strong>Con la número once y con el cintillo de capitán. </strong>Oh, si lo hubieran visto: <strong>Toda una gallinita a punto de volar. </strong></p>
<p><strong>Seis a cero, ganó su equipo.</strong> Cristian le quitó la bola a un jugador y, desde fuera del área grande, sacó un disparo esquinado y alto, como mandan los libros. Ni el Pato Fillol la tapaba. Golazo. <strong>No lo grité, por supuesto</strong> (<del datetime="2011-03-01T06:01:25+00:00">la verdad, lo grité con todas mis fuerzas</del>). Cristian lo gritó <strong>y vi la alegría en sus ojos.</strong> Vi una satisfacción que solo veía en él cuando jugaba conmigo aquellos juegos sin sentido con los cuales nos uníamos cada vez más. Y presentí que, quizá, <strong>se me esté yendo por el camino equivocado.</strong> No puede ser, pensé. Reponte de estos impuros pensamientos, me decía. ¡Oh Dios mío! ¡Qué puedo hacer con mi hijo! ¡Dame fuerzas para combatir al mal y llevarlo por el camino correcto! A un extremo de la cancha, mi padre, su abuelo,<strong> sonreía con una maldad sin fondo.</strong></p>
<p>Es así que, llevado por un miedo que no pude ocultar, quise llevarlo al estadio para alentar a nuestros colores y hacerle recordar el amor que uno le tiene a la camiseta que nos acompañará <strong>por el resto de nuestras vidas. </strong>Así que me percaté que Alianza Lima jugaba su primer partido por la Libertadores contra Jaguares de México. El año pasado, en una actuación divina, endiablada y magistral, le ganamos <strong>por cuatro goles a uno</strong> al poderoso Estudiantes de Argentina, último campeón de La Libertadores y que tenía, además, <strong>a la Bruja Verón como máxima figura. </strong>Al lado de ellos, Los Jaguares deberían de ser un equipillo de liliputienses. <strong>“¡Cinco goles!”, </strong>le dije a Cristian, camino al estadio. “Cinco goles le meterá nuestro Alianza a ese club compuesto por El Chavo del Ocho y el profesor Jirafales”, le decía, mientras él, hermoso con su camiseta blanquiazul,<strong> cruzaba el templo de Matute.</strong></p>
<p><strong>Al final,</strong> <strong>nos metieron dos goles esos hijos de puta. </strong><a href="http://elcomercio.pe/deportes/704794/noticia-jaguares-apago-caldera-matute-delgada-capa-nieve">Dos a cero,</a> quedó el marcador. <strong>¿Por qué siempre tenemos que perder?</strong> ¿Por qué seremos tan, pero tan cagones? ¿Por qué justo este partido en el que quería mostrarle a mi hijo lo grandiosa que es nuestra camiseta, pierden con un equipo llamado Jaguares? <strong>¿Qué equipo que se respete se llama Jaguares? </strong>¡Por Dios! ¿Por qué <a href="http://elcomercio.pe/deportes/707923/noticia-mario-vargas-llosa-u-mito-leyenda">Mario Vargas Llosa </a>tiene que ser hincha de la “U”? Si quieren les cambio a Rubén Blades por Mario Vargas Llosa. ¡Hasta Bryce <a href="http://depor.pe/noticia/713719/igual-quevarguitas-alfredo-bryce-elogio-camiseta">es hincha de la “U”</a>, por la puta madre!</p>
<p>Y así, bajo las luces que emitían las farolas de La Victoria, nos fuimos agachados y mudos. Cristian estaba en silencio. Y yo miraba cómo perdía su atención entre vendedoras de camisetas, hígado frito y gaseosas. Mientras no íbamos pensé en que quizá <strong>mi padre tenga la razón.</strong> En que, tal vez, Cristian sufriría menos si es hincha de la “U”. <strong>No sufriría como yo,</strong> pensé. De pronto, mi hijo volteó y me preguntó <strong>“¿Cuándo volvemos juntos al estadio a ver a Alianza, papá?”.</strong> Casi lloro, lo admito. “Cuando quieras, hijo”, le dije. Y, regresando a casa, le prometí que en el siguiente verano, tendría más dinero para poder matricularlo en el Alianza Lima. <strong>Que siga jugando y que siga divirtiéndose,</strong> le dije. Que lo iré a ver, como todos los días. <strong>Que siempre estaré con él. </strong>Y así, en ese viejo taxi que tomamos juntos y derrotados, tarareamos ese viejo estribillo que identifica siempre al hincha de Comando Sur: “No puede ser blanquiazul, <strong>aquel que no haya llorado, aquel que no haya sufrido, </strong>cantando aquí en Sur. Esta, esta es tu hinchada, la que grita, la que canta, la que deja la garganta<strong> y también el corazón”. </strong></p>
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		<title>El tesoro de Rodrigo</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Feb 2011 19:27:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No es agradable dormir hasta tarde en las vacaciones. Rodrigo no recuerda si en el verano pasado hacía tanto calor como ahora. Igual se lava los dientes como la abuela Jacinta le ordena: “lávate los dientes o te saldrán pericotes de la boca”. Rodrigo no quiere que le salgan pericotes de la boca así que, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>No es agradable dormir hasta tarde en las vacaciones.</strong> Rodrigo no recuerda si en el verano pasado hacía tanto calor como ahora. Igual se lava los dientes como la abuela Jacinta le ordena: <strong>“lávate los dientes o te saldrán pericotes de la boca”. </strong>Rodrigo no quiere que le salgan pericotes de la boca así que, llevado aun por el sueño, unta pasta dental en su cepillo para luego rasgar su dentadura con las cerdas. Toma desayuno y sale a jugar con sus amigos de siempre. Hace mucho calor. Mucho. De lejos observa que Juan José y Yuyito ya estaban jugando con Unga y Papilón. <strong>No saluda a nadie al llegar.</strong> Solo saca su trompo del bolsillo derecho. <strong>“Entro”, </strong>dice. “Termina este juego y entras”, le dice Unga. Yuyito lanza el trompo en medio del descampado y todos tratan de detener su baile con las furiosas embestidas de sus huaracas. En ese momento, Rodrigo moja la punta del pabilo con su lengua y enrolla con rapidez la cuerda que tiene en su extremo una chapa volteada de Inca Kola. Sin pedir permiso, lanza la huaraca con todas sus fuerzas y, de un solo puazo, detiene el baile del trompo de Yuyito. Papilón grita:<strong> “¡se lo bajó!”</strong>. Juan José se ríe asombrado, mientras el juguete de Rodrigo sigue bailando en medio del terral, hasta que Unga arremete con todas sus fuerzas al ruedo y lanza el trompo de Rodrigo lejos del lugar con la ayuda de una fuerte patada.<strong> “¡Tarado!, ¡te dije que termina el juego y entras!”</strong>, le dijo poniéndole el dedo índice en la cara. A un lado, Yuyito sonríe satisfecho, mientras anuda, nuevamente,<strong> su trompo con la huaraca.</strong></p>
<p><span id="more-1307"></span><strong>Siempre hay grandes y chicos. </strong>Siempre. En el colegio donde estudiaba era lo mismo. Así que Rodrigo estaba acostumbrado a estos arranques de furia de otros muchachos mayores que él. Rodrigo sabe que no debe de defenderse. Sabe que si lo hace, le pueden pegar como muchas veces lo hicieron. Unga es mucho mayor que él. Trinchudo y negro. Alto y gordo. Con esa risa burlona que tanto detestaba. Pero él sabía que no debía hacer nada. Que no debía, siquiera, molestarse. Solo tenía que esconder la mirada. <strong>“Ahora sí, entra”,</strong> le dijo Papilón.</p>
<p>Rodrigo se fue mudo a recoger su viejo trompo, mientras Unga decía que ya no quería jugar. Que su padre le había comprado en el mercado una cometa de colores y quería probar si volaba como su ‘viejo’ se lo había dicho. Yuyito y los demás, recogieron sus trompos del suelo y esperaron que Unga saliera de su casa con lo prometido. <strong>Una cometa grandísima de color rojo y verde. </strong>Con flecos de esos mismos colores. Era un juguete hermoso y único para Rodrigo. Él sabía que la abuela Jacinta no tenía plata para comprarle una cometa. Que solo tenía para un trompito y <strong>‘que tenga cuidado en no perderlo, porque no le iba a comprar otro igual’.</strong></p>
<p>El padre de Unga era  vigilante de una empresa constructora.<strong> Tiene mucho dinero.</strong> Por eso le compraba a su hijo diversos juguetes que Unga compartía solo con sus amigos más fieles. Yuyito es el menor de todos y es, además, su primo hermano. No permitía que nadie lo molestara o insultara. Por eso Yuyito se excedía con las bromas y las burlas. Sabía que no le pasaría nada si Unga estaba siempre allí para protegerlo. Papilón tiene un año menos que él y es su mejor amigo. Con su ayuda, Unga reinaba en esa pequeña cofradía de amigos del barrio, de una lejana comunidad de Villa El Salvador.<strong> </strong></p>
<p><strong>Juan José es dócil y neutro.</strong> No se hace problemas con nadie. Se reía de todo y no guardaba rencor alguno cuando alguien lo ofendía. Tenía, en Rodrigo, un amigo más con quien alisaba la punta de su trompo <strong>con restos de papel lija. </strong>Con él, compartía los escasos juguetes que la abuela Jacinta le compraba con la ayuda de su pensión. Pero sus tesoros más preciados eran los juguetes que él mismo se fabricaba con trozos de maderas, chapitas, sorbetes y cualquier objeto desechable que encontraba en el arenal. Construía, con suma facilidad, carritos. Muñecos. Castillos. Robots. Naves espaciales. Tenía su propio arsenal de juguetes hechos a mano, que competían en desigual lid, con los preciosos juguetes de plásticos que Unga traía del mercado.</p>
<p>Todos se acercaron a inspeccionar el curioso juguete nuevo de Unga. Todos. Rodrigo, sin embargo, se acercó para ver la parte de atrás. <strong>¿Cómo estaba construido este precioso objeto volador?</strong> No parecía tan difícil de hacer uno igual, pensaba. Rápidamente se percató que el esqueleto de la cometa era más bien tres carrizos cruzados entre sí. Y el carrizo era lo que más le sobraba, ya que justo de ese material estaba hecho el techo de su casa: <strong>inmensas cañas que cruzaban sus habitaciones</strong> y sostenían los plásticos que soportaban, a veces, toda la lluvia que caía sin misericordia. El resto era más sencillo: papel pegado con goma en el esqueleto de carrizo y una cola que caía de la cometa, hecha de varios trozos de tela. Midió todo lo que tenía que medir. Se percató de las distancias y proporciones. Y así, sin decir una palabra más, se fue corriendo a su casa <strong>y no volvió a salir hasta después de almuerzo.</strong></p>
<p>Todos estaban en el mismo descampado volando la pequeña cometa de Unga. Todos hacían cola para poder volar ese objeto por los aires. El viento de las lomas de los cerros de Villa el Salvador hacía que <strong>el vuelo de la cometa se vea más esplendoroso.</strong> De pronto, vieron a un niño trepando la ladera con un objeto inmenso de color ocre. Tenía un ovillo de pabilo que estaba atado a esa inmensidad que, en un principio, no se sabía qué era.</p>
<p>Todos se quedaron impresionados al ver a Rodrigo con una descomunal  cometa que doblaba el tamaño de la de Unga. Y se quedaron impresionados no solo por el tamaño si no por ver cómo estaba hecho este amorfo juguete: de papel periódico y restos de tela que más bien parecían retazos de un viejo pantalón rojo de Rodrigo. Todos se rieron con temeridad y nerviosismo: <strong>“¡Mira, es de papel periódico!” “¡Esa cochinada no va a volar!” “¿Quién te lo hizo?”. </strong>Solo Juan José sabía de la habilidad de Rodrigo, así que se acercó a él y le dijo: <strong>“Te ayudo a volarlo”. </strong>Tomó la cometa y cruzó el arenal sujetando ese deforme juguete que no tenía una perfección tan minuciosa como la cometa de Unga, y más bien parecía un híbrido mal hecho y deforme, pero dentro de sí, <strong>J</strong><strong>uan José presentía que sí podía volar. </strong></p>
<p>A una considerable distancia y pidiendo dentro de sí mismo “Vuela, por favor, por favorcito, vuela, por lo que más quieras Diosito, haz que vuele. Vuela, por favorcito, vuela, por favor, por favor…”, Rodrigo Le gritó a Juan José: <strong>“¡Suelta!”</strong> Y empezó a correr y correr con todas sus fuerzas y sin mirar atrás. No quería presenciar si la cometa volaba o no. No quería regresar a casa porque había utilizado el periódico del día y la abuela Jacinta se molestaría mucho con él y le jalaría las orejas. No quería sentir la burla de nadie. No quería mirar atrás para ver a sus amigos quienes, seguramente, se reirían <strong>al ver que su rarísima cometa no volaba.</strong></p>
<p>De pronto, escuchó una voz que lo hizo vibrar dentro de sí. Unas palabras que Juan José gritaba y que Rodrigo jamás olvidaría: <strong>“¡Está volando! ¡Está volando!”.</strong> Y así, llevado por la confianza de escuchar la voz de la única persona en quien confiaba, <strong>por fin pudo voltear.</strong> Vio como su cometa se enseñoreaba en medio del viento. Cabeceando de un lado a otro como si fuera un animal alado y salvaje que necesita ser domando. Por eso, con constantes vaivenes, jalaba el pabilo con mucha fuerza una y otra vez&#8230; hasta que la cometa se quedó inmóvil y firme en el aire. Vio a ese objeto pesado flotando en el viento como si fuera<strong> un simple truco de magia.</strong> Y por fin detuvo su carrera. Soltó más y más el pabilo. Y la cometa se alejaba mucho más… Unga <strong>ya no miraba ese juguete de colores </strong>que su padre le había regalado. Solo miraba esa cometa <strong>hecha de papel periódico</strong> que tenía una forma más bien diferente <strong>y que volaba más lejos que la suya.</strong></p>
<p>Rodrigo sintió algo muy parecido a la distensión. A la tranquilidad. Podría haberse burlado, como bien ellos lo hicieron. Podría haberse ufanado <strong>como Unga lo hacía.</strong> Podría haber envenenado ese sublime momento <strong>con una risa burlona.</strong> Podría haber hecho tantas cosas alimentado por la venganza y los naturales impulsos de revancha. Pero, en vez de eso, miró a su mejor amigo y le dijo: <strong>“Toma, vuela la cometa&#8230; que es tuya, también”.</strong> Juan José no se demoró un segundo en agradecer y sostuvo el pabilo para poder sentir cómo la fuerza del viento impulsaba a esa cometa a volar más y más lejos.<strong> “Yo me haré otra”,</strong> continuó Rodrigo, mirando cómo su juguete nuevo se empequeñecía cada vez más por la distancia.</p>
<p>Regresaron a sus casas al anochecer. Juan José le agradeció por el regalo y lo abrazó <strong>como pocas veces abrazaban a Rodrigo.</strong> Unga no se despidió. Los demás se quedaron viendo a ese muchachito quien se iba a su casa de esteras donde vivía solo con su abuela, <strong>ya que no tenía padre ni madre, </strong>y no pudieron evitar sentir un poco de envidia <strong>por lo mucho que él tenía. </strong></p>
<p>Rodrigo entró en silencio a su casita de Villa el Salvador con una inmensa satisfacción estampada en su rostro y, mientras la abuela Jacinta renegaba por no encontrar su periódico del día, él se fue directo al baño a cepillarse los dientes <strong>porque no quería que le salgan pericotes de la boca.</strong></p>
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		<title>Las mujeres siempre ganan *</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Feb 2011 18:24:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Las burbujas reventaban dentro del vaso formando cráteres blanquecinos de restos de cerveza. El humo del cigarrillo flotaba en el viento como pequeños mantos de seda que dificultaban el vuelo de las moscas de <strong>El Bar Queirolo.</strong> “¡Palomeque, dos más!”, bramó Iván. Palomeque se acercó sin prisa hacia la mesa donde estaban los cuatro periodistas quienes, cada fin de semana, se diluían entre tragos, cocaína y discusiones sobre política, deportes y mujeres. Iván es el mayor de esa joven promoción de veinteañeros redactores del diario<strong> La Prensa.</strong> Tiene 25 años y todavía extraña a su ex novia quien lo dejó por irse con un jipi vendedor de trenzas en La Plaza de Armas de Miraflores. Carolina es menor que él y le importa más la poesía que las notas informativas. Le importa más vivir el día a día que planificar un viaje para fin de año, por eso no le fue difícil dejar a este redactor por irse con el aventurero.<strong> “No era para mí”, </strong>se repetía Iván cada cuatro vasos. Y así, en medio de las disertaciones sobre el último discurso presidencial, Santiago reconoce una figura avejentada y risueña que se sienta en una mesa alejada. Cree reconocerlo pero no se atreve a consultar su duda a sus amigos ya que justo Horacio y Martín están enfrascados en una tensa discusión sobre qué diario <strong>tiene los mejores culos del periodismo nacional. </strong></p>
<p><span id="more-1294"></span>Horacio sospecha que su futuro está en los libros y la literatura. Que el periodismo de espectáculos  es un paso breve y romántico que indefectiblemente dejará para ser, algún día, un escritor reconocido y popular. <strong>“No espero ser un Vargas Llosa, pero por lo menos un Alonso Cueto”,</strong> dice antes de ir al baño a inhalar otra gruesa porción de cocaína.</p>
<p>Martín era del tipo amargado consigo mismo y con la vida. “No puede ser que gane mil soles si soy el mejor redactor del área de política”, dice para todos. <strong>Él cree que se equivocó de carrera.</strong> Elsa, su novia, está embarazada y todo se complica dentro de su panorama económico. Mete la mano al bolsillo y saca un cigarrillo. Antes de encenderlo sigue con la mirada a una señorita que pasa danzando las caderas como una encantadora de serpientes: con impresionante ritmo y siempre de un lado a otro.</p>
<p>Santiago es el único fotógrafo dentro del grupo de redactores y sigue con la duda de quién era este tipo achinado y risueño. Sin embargo, aparta toda su distracción para preguntar: “¿Han visto la última película de Clint Eastwood?”<strong> Nadie responde. </strong>A veces se siente extraño dentro de este círculo de redactores, pero no lo dice en voz alta, ya que cree que lo pueden expectorar del grupo como se expectora a un trozo de flema verde. Así que, ante el silencio mancomunado, regresa la mirada a este señor quien pide en voz alta una cerveza de litro cien, <strong>y de quien no está seguro sobre su identidad. </strong></p>
<p>Iván tiene 25 años y es el mayor, como dije. Descorazonado por el repentino abandono de Carolina, no hace más que quedarse en silencio mientras todos conversan de mucho y nada a la vez. Trabaja en el mismo diario como redactor deportivo. <strong>Es</strong><strong> quien gana más dinero </strong>por ser sub editor de cierre y es quien, además, paga la mayor parte de la cuenta. <strong>“¡Ya déjate de huevadas!”</strong>, le grita Horacio mientras se refriega la nariz y trata de evitar, infructuosamente, una mueca en la boca. <strong>“¡Olvídate de esa perra!”</strong>, le añade, mientras Iván no puede evitar un gesto de desagrado por la grosería.</p>
<p>Martín, el amargado, cree que morirá de un cáncer a la uña. Cree tener tanta mala suerte que el siguiente meteorito que caiga a la tierra caerá en su casa cuando él esté solo. Él está seguro que tendrá una muerte estúpida. Y a todos les aburre escuchar los mismos lamentos cada vez que salen al bar.<strong> “¿Para eso chupas, mierda?” </strong>Le dicen de vez en cuando, para ahuyentar toda frase de desilusión que el pobre Martín vomita cada vez que se deprime por su mala fortuna.<strong> “¡Concha su madre!, mi ‘falso’ es el más chiquito de todos, ¡hasta en esto tengo mala suerte!”,</strong><strong> </strong>dice mientras se va al baño con su respectivo envoltorio de papel manteca, y un eco de risas burlonas lo acompaña durante todo su recorrido hacia el urinario.</p>
<p>Horacio añade que está esperando los resultados de una beca en España al cual está postulando.<strong> “Si me sale, ya no regreso”, </strong>dice. “Todos esperamos que te salga, entonces”, dice Santiago y todos hacen suya esa frase para luego golpear la mesa con sus palmas festejando la broma. Mientras todos sonríen, Santiago no aguanta más la duda, y se para de golpe mientras todos lo miran. Se dirige con decisión y respeto a la mesa donde estaba ese señor achinado festejando, como los otros grupos, alguna anécdota del ayer o del presente. <strong>“Buenas noches, ¿usted es el <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Dom%C3%ADnguez_(%E2%80%9CChino%E2%80%9D_Dom%C3%ADnguez)">Chino Domínguez?”</a>,</strong> le pregunta con educación.<strong> </strong>“Así es, muchacho, qué gusto” y le estrechó la mano. “¿Quisiera acompañarme unos minutos a la mesa en la que estoy con mis amigos?”. <strong>“Por supuesto”</strong>, le dijo.</p>
<p>“Muchachos, él es el famoso Chino Domínguez”. Y todos exclamaron palabras de admiración para tamaña celebridad. El señor Domínguez, se siente feliz por el cariño que le tienen un grupete de desaliñados jovencitos quienes recién empiezan a gatear dentro del periodismo nacional. Unos jóvenes desaliñados,<strong> como algún día lo fue él. </strong>Y, sin darse cuenta, se sintió profundamente agradecido.<strong> “Palomeque, una caja de cervezas para los muchachos”</strong>, dijo frente al asombro de todos quienes festejaron y agradecieron el gesto con mucha alegría, incluyendo Martín quien venía renegando del baño porque se le había acabado la coca.</p>
<p>Santiago se sientió feliz por haber llevado a la mesa a este ícono de la fotografía peruana. Todos comenzaron a hablarle al maestro sobre algunos temas puntuales que siempre iban acompañados del clásico machismo peruano. Es así como Horacio comentó sobre <strong>‘la canina’</strong> de Carolina y el problema de Iván. El Chino Domínguez le dijo, sin perder la sonrisa:<strong> “solo aléjate, porque, al final, las mujeres siempre ganan”. </strong>Y así, se despidió de la mesa de los &#8216;muchachitos del hoy&#8217; para sentarse, nuevamente, con &#8216;los muchachitos del ayer&#8217;. Luego de unos minutos, se fue entre aplausos del bar que lo cobijó desde que era un desaliñado jovencito que recién aprendía a mirar a través de esa caja negra llamada cámara fotográfica.</p>
<p>Casi al terminar la ronda de tragos, Iván mira desesperado la puerta de ingreso del bar desde donde divisó a Carolina quien ingresaba con su nueva pareja.<strong> “Mira, es Carolina”</strong>, dice Santiago. “Ella sabe que siempre venimos a este bar”, dijo Iván con la voz quebradiza. <strong>“¡Qué tal perra!”, </strong>dijo Horacio. “La vida no vale nada”, dijo Martín. “¡Vámonos!”, dijo Santiago. “No”, dijo Iván, <strong>“voy a hablar con ella”</strong>, añadió. “¡No seas huevón!, ¿de qué vas a hablar?”, le dijo Horacio, para luego añadir: “¡que se vaya a la concha de su madre!, ¡vámonos!”. Por un momento no los escuchó. Por un momento sintió las naturales ganas de reclamarle. De hacerle recordar. &#8220;Tanto tiempo de amor para que al final me haga esto&#8221;, se decía así mismo. “tengo que hablar con ella”. <strong>“Vámonos”,</strong> le dijo Santiago. &#8220;¡No!&#8221;, le contestó Iván y, mientras se paraba de golpe para increparle, para decirle en la cara lo mala que era, se cayó un vaso lleno de cerveza al suelo y el sonido de los vidrios estremeció el lugar. Mientras se limpiaba los restos de espuma que mojaron su pantalón, recordó las palabras del Chino Domínguez: <strong>“Solo aléjate, porque, al final, las mujeres siempre ganan”.</strong> Se volvió a sentar. Respiró. Tomó un largo trago de cerveza y por fin pudo decir: <strong>“Vámonos”.</strong> Y así uno tras otro se marcharon del lugar donde algún día, seguramente, volverían. Mientras Martín cruzaba la puerta del bar Queriolo, miró a Carolina quien sonreía con su jipi lleno de tatuajes y piercings… y solo pudo murmurar para sí mismo:<strong> “La vida es mierda”.</strong></p>
<p><strong><em>* In memorian. Al maestro Carlos &#8216;Chino&#8217; Domínguez quien <a href="http://elcomercio.pe/espectaculos/715081/noticia-fallecio-reconocido-fotografo-carloschino-dominguez">hoy partió</a> al bar más lejano.</em></strong></p>
<p><strong><em><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/chino.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1295" title="chino" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/chino-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a></em></strong></p>
<p><strong><em>Foto: David Vexelman.</em></strong></p>
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		<title>Ojos que enseñen a mirar</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Feb 2011 03:44:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La belleza y sus absurdas lejanías. ¿Cómo no podemos estar todos de acuerdo para un simple tacto? Para un simple suspiro de felicidad. ¿Por qué la soledad es el otro lado de la moneda que, irreversiblemente, tienen el placer y la satisfacción que te produce el roce consentido de una tersa piel? ‘Y en esta hora [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La belleza y sus absurdas lejanías.</strong> ¿Cómo no podemos estar todos de acuerdo para un simple tacto? Para un simple suspiro de felicidad. ¿Por qué la soledad es el otro lado de la moneda que, irreversiblemente, tienen el placer y la satisfacción que te produce el roce consentido de una tersa piel? ‘Y en esta hora fría en que la tierra trasciende a polvo humano y es tan triste’ quisiera izar la bandera de la felicidad. <strong>La bandera del autoplacer.</strong> Ya que existen los ojos que me enseñaron a apreciar. Aquellos ‘ojos que enseñen a mirar. Labios que quemen. Sabios que enseñen a besar. <strong>Delirium tremens.</strong> Hijos de la necesidad: lluvia de semen’. En este momento en el que los ríos se desbordan, en el que los ojos se llenan de ganas por ver más, quiero agradecer a <a href="http://www.youtube.com/watch?v=7lWWUlAp0eA&amp;feature=related">Daniel F</a>. A Mario Vargas Llosa. Al diamante mágico de <a href="http://www.youtube.com/watch?v=zLtFcaRwxvU&amp;playnext=1&amp;list=PLC021F869EE7F82FA">Gigi</a>. A los calendarios de <a href="http://www.mundoanuncio.com/fotos/compro_los_calendarios_de_susan_leon_del_al_1178619622.html">Susan León</a>. A las antiguas portadas del diario Ojo y, claro, a las lentejuelas de Gisela Valcárcel. Gracias a mi mano derecha <strong>(y a la izquierda también).</strong> Gracias a los espejos. Al cine Junín. A la profesora Gretta y sus clases de religión. <strong>A las cáscaras de plátano.</strong> A la última página de la revista Caretas. Gracias a la vida por hacerme fotoperiodista. Gracias a la vida por esta última comisión. ‘Gracias a la vida que me ha dado tanto, me dio dos luceros que, cuando los abro, perfecto distingo’ <strong>a todas las colitas del Miss Reef Internacional. </strong></p>
<p><span id="more-1281"></span></p>
<p><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_6085.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1283" title="IMG_6085" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_6085-191x300.jpg" alt="" width="191" height="300" /></a></p>
<p><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_5950.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1282" title="IMG_5950" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_5950-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a></p>
<p><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_6028.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1284" title="IMG_6028" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_6028-200x300.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a></p>
<p><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_6792.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1286" title="IMG_6792" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/IMG_6792-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a></p>
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		<title>Solo tú te interpones a ti</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Feb 2011 16:58:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Posiblemente la vida nos separe. Posiblemente tú te separes. Posiblemente la vida te ponga un recodo varonil en el que quieras librar algunas tensiones propias de la rutina y la clandestinidad. ¿Sabes que la infidelidad es un estorbo inventado por nosotros solo para hacernos la vida imposible? Anda, dale rienda suelta a tu libido. Diviértete. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Posiblemente la vida nos separe.</strong> Posiblemente tú te separes. Posiblemente la vida te ponga un recodo varonil en el que quieras librar algunas tensiones propias de la rutina y la clandestinidad. ¿Sabes que la infidelidad es un estorbo inventado por nosotros solo para hacernos la vida imposible? <strong>Anda, dale rienda suelta a tu libido.</strong> Diviértete. Goza. Inspecciona cada rincón de humedad que encuentres fuera de tu cuerpo. Fácil en las cavidades de otra persona. De otra mujer, quizá. <strong>No te sonrojes.</strong> Total, todo esto existe: tacto. Olor. Los sonidos imperdibles de cada estruendo de placer. <strong>Suelta tu lado animal. </strong>Suelta lo que quieres ocultar. Deja de bañarte con agua fría. <strong>Tócate.</strong> Revisa el placer que tu propio cuerpo te puede proporcionar. Revisa las imágenes que sacaste de tu cabeza cuando rezabas de niña. Posiblemente la vida nos separe, te dije. Posiblemente tu vida termine de un solo portazo. Posiblemente mueras hoy. ¿Dejarías escapar algún momento de placer solo por ir a trabajar? ¿Dejarías de ser feliz solo por planchar tu blusa del día de hoy? Reivindica la utopía de ser tu misma.<strong> De ser quien quieres ser. </strong>Saca el lado oscuro que tienes. Libera el animal sexual que llevas dentro. Libera tu pasión. Tu enojo. Tus ansias de amar.<strong> Anda, libera a tu cisne negro.</strong></p>
<p><span id="more-1275"></span><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/69CC1F135B7631CFC1D9C6B4BACEC.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-1276" title="69CC1F135B7631CFC1D9C6B4BACEC" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/02/69CC1F135B7631CFC1D9C6B4BACEC.jpg" alt="" width="323" height="480" /></a></p>
<p><strong>Imperdible.</strong></p>
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		<title>Historias urbanas *</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Feb 2011 03:56:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay eventos que llegan lentamente y hay otros que pasan de largo. Unos que ni cuenta te das que están a punto de suceder y, cuando suceden, modifican tu vida para siempre. Un día te levantas de la cama. Te lavas la cara. Te cepillas los dientes. Te bañas. Tomas desayuno y te vas a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay eventos que llegan lentamente y hay otros que pasan de largo. Unos que ni cuenta te das que están a punto de suceder y, cuando suceden, <strong>modifican tu vida para siempre. </strong>Un día te levantas de la cama. Te lavas la cara. Te cepillas los dientes. Te bañas. Tomas desayuno y te vas a trabajar. Regresas cansado y, fácilmente, un poco estresado. Dejas tus cosas por allí… no importa dónde. Te reconcilias un momento con tu almohada mientras vuelves a ver una vieja película. Sales. Besas. Amas. Comes. Bebes. Y vuelves a dormir <strong>para repetir todo al día siguiente. </strong>Y así hasta que llega un día que cambiará tu rutina para siempre. Tú no lo sabes. Ni lo sospechas mientras te cepillas los mismos dientes, con el mismo cepillo, en el mismo baño. Ni lo sospechas, repito. Pero allí te espera ese día que, con un hachazo invisible, cortará, de un solo empujón, toda tu vida. A veces para bien. A veces para mal. A veces será una mezcla irreconocible de buenos y malos momentos que no sabes si debes estar agradecido o maldecir por ser un desdichado. <strong>No sabes si reír o llorar.</strong> Y solo atinas a colocar más pasta dental en el mismo cepillo de dientes para poder asearte frente al mismo espejo que refleja al mismo individuo quien, poco a poco, <strong>envejece cada día más.</strong></p>
<p><span id="more-1264"></span><strong><span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #3366ff;">Pável Ugaz</span></span></strong></p>
<p>Estaciona su movilidad cuando llega al trabajo donde labora desde hace más de tres años. Él es contador en una oficina donde solo un viejo equipo de sonido lo acompaña. La empresa para donde labora se dedica a exportar guano a distintos países del orbe. De niño <strong>quería ser marinero.</strong> Pero, en vez de eso, ahora solo le queda contabilizar las toneladas de estiércol que se exporta cada mes y sacar, de las ganancias, el salario de los demás trabajadores. Tiene 40 años y no tiene hijos. Sus padres murieron cuando él era un veinteañero estudiante de la Universidad Católica y nunca los lloró porque supo que la muerte era parte de la vida. Tampoco se casó y solo pudo ahorrar lo suficiente para comprarse un auto usado del 97. Vive con sus tíos en la casa de sus padres porque ya se cansó de mudarse con cada chica que conoció durante toda su vida. Hoy, sin embargo, está buscando algún anuncio en los clasificados de El Comercio para ver si lo anima algún aviso sobre algún departamento. No sabe si lo hace por inercia o porque efectivamente lo desea. Solo lo hace porque repite dicha acción cada día mientras mata el tiempo que le sobra en su trabajo hasta que un anuncio llamó poderosamente su atención.</p>
<p><strong><em>“Alquilo departamento para persona sola o con acompañantes ocasionales. Un baño. Una sala-comedor. Un dormitorio y una cocina. Barranco. Llamar para acordar cita. Preguntar por la señora Ana Lía Orézzoli”. </em></strong></p>
<p>A continuación el número de un teléfono fijo al que rápidamente llamó y acordó la cita. Aprovechó su hora de almuerzo para conocer la casa y a dicha mujer quien tenía una voz ronca y cortante. Al verla se dio con la sorpresa que era una mujer más bien anciana. De cabello largo y blanco. Con unos anteojos sujetados con un pabilo de color rojo que cubría su nuca. Estaba vestida con un pantalón de tela azul muy ligero y una blusa blanca que dejaba ver su piel arrugada y una infinidad de pecas distribuidas al azar. Luego de saludarla con mucho entusiasmo se dio cuenta que Ana Lía no era una mujer con quien se podía conversar mucho ya que <strong>era cortante y muy seria,</strong> así que pasó a reconocer el pequeño mini departamento y no le pareció nada bonito. Más bien era un lugar descuidado y hasta sucio. Estaba a punto de irse desilusionado por el tiempo perdido pero llamó su atención <strong>un inmenso chelo</strong> que estaba recostado hacia un costado del baño.</p>
<p>Ella le dice que, de vez en cuando, ensaya con el chelo dentro de la sala de ese mini departamento ya que el eco que se produce en ese lugar hace que el sonido sea más interesante, sobretodo, en los tonos agudos, le comenta. Pável nunca fue una persona que pidiera favores. Peor aun cuando dichos requerimientos dependían que la otra persona realizara algún esfuerzo mayúsculo. Pero en ese momento tuvo un gran deseo de escuchar ese lejano instrumento que para él era el chelo. Así que le pidió que, por favor,<strong> le tocara una pieza musical. </strong>Ana Lía se sintió encantada con el pedido. No había tenido un oyente desde hace mucho tiempo y era una muy buena oportunidad para mostrarle a un deseoso joven toda su sensibilidad.</p>
<p>Pável no supo en qué momento cerró los ojos y se sumergió dentro de la pasión que Ana Lía desbordaba en cada estribillo del precioso sonido del chelo. Sintió la brisa del mar de esos años en Paracas cuando su padre lo llevaba en un bote alquilado para <strong>robar algunas conchas de abanico </strong>que los pescadores de la zona criaban durante el año en las profundidades de sus playas. Recordó la textura de las manos de su madre. <strong>Las venas que sobresalían de su piel.</strong> Recordó su calor… y hasta su olor. Sintió las vibraciones que llenaron su niñez por los deseos que tuvo por ser un marinero y vivir eternamente en el mar.<strong> ¿En qué momento termina la razón?</strong> ¿En qué momento te dejas llevar por las melodías del destino y te entregas a momentos alucinantes que sabes que no te llevarán a nada? ¿Cómo puedes explicarle a los tuyos lo que estás a punto de hacer si ni siquiera tú mismo lo sabes? Ana Lía terminó de tocar su dolorosa melodía y vio cómo el rostro de Pável estaba húmedo por las lágrimas que derramó. Ambos se quedaron mudos por largos segundos hasta que por fin él le pudo decir:<strong> gracias.</strong></p>
<p>Cuando se mudó a Barranco, el señor Ugaz les dijo a sus tíos que, quizás, <strong>esta vez sería su última mudanza.</strong> Desde ese mismo día escuchaba cada noche a Ana Lía tocar el chelo con la misma pasión que tocó esa tarde de verano en el febrero del 2007. Él quiso aprender, <strong>pero nunca pudo. </strong>Total, lo único que quería era estar cerca de su infancia. Y el sonido de su música hacía que flotara en el viento de su imaginación y aterrizara, a veces, en los brazos de su madre, o debajo del mar buceando con su padre. Ana Lía Orézzoli murió dos años. Pável hasta ahora trabaja como contador en la empresa que exporta guano al mundo y casi se compromete con una linda chica llamada <strong>Vanessa Morillo</strong> quien lo dejó por irse con un adinerado arquitecto… y hasta ahora conserva el chelo de Ana Lía <strong>que nunca aprendió a tocar.</strong></p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #3366ff;">Vanessa Morillo</span></span></strong></p>
<p><strong>Vanessa está embarazada. </strong>Acaba de cumplir un año de casada y ya tiene siete meses de embarazo. A sus veintinueve años se siente realizada. Sus padres  están contentos con ella y con su esposo llamado<strong> Roberto Cáceres, </strong>quien es un joven arquitecto especializado en las grandes edificaciones y quien, además,  trabaja para la conocida constructora <strong>GREMCO</strong>. Tiene mucho dinero. Ambos vivían con comodidad y ella esperaba a su primer hijo con gran ilusión. El nombre que escogieron para su primogénito era Víctor Hugo, por el genial escritor francés de quien ella estaba enamorada desde su adolescencia. Vanessa estaba feliz y no lo ocultaba: salía con sus amigas a reuniones de té con quienes comentaba las últimas pataditas que Víctor Hugo le daba desde el fondo de su vientre y salía, también, con su madre con quien compraba las pequeñas ropitas para el niño que estaba a punto de llegar.</p>
<p>Una tarde en el que su madre no pudo acompañarla, ella regresaba a su casa en su moderno auto con la ropa nueva que adquirió en una conocida tienda de San Isidro. Fue en pleno trayecto que reconoció el carro de Roberto que estaba estacionado en <strong>el mismo hotel donde ellos se hospedaban cuando eran enamorados.</strong> Fue un duro golpe que ella supo asimilar para poder estacionarse y llamarlo a su celular. <strong>¿Dónde estás?</strong>, le preguntó. <strong>En el trabajo</strong>, le respondió. Y le asqueó la mentira. Estoy viendo tu carro estacionando frente al hotel Escardó, le dijo y un breve silencio arrojó el celular como respuesta.</p>
<p>Reconoció a la mujer que salió del hotel y <strong>era su secretaria. </strong>Él le pidió perdón. Y ella no dejaba de llorar. <strong>¿Qué hago ahora?,</strong> se preguntaba en silencio mientras Roberto trababa de disculparse con poco éxito. Vanessa se recuperó luego de unos días y decidió perdonar a su esposo quien se mostraba arrepentido. Total, dijo, tenemos una vida hecha. <strong>Tenemos una imagen.</strong> Una reputación. Además, el dinero llega de él y Víctor Hugo se merece lo mejor, se repetía así misma como<strong> queriendo convencerse para no dejarlo. </strong></p>
<p>Y así, pasaron los meses y los años. Víctor Hugo nació sin mayores inconvenientes y creció con todas las comodidades que sus padres le supieron dar. Pero Vanessa no pudo olvidar esa tarde cuando el hombre perfecto que pensó tener a su lado se convirtió en <strong>‘uno más’. </strong>Y todo empeoró cuando él recibía llamadas que contestaba fuera del cuarto. No llegaba a casa a dormir porque <strong>‘tenía que trabajar’</strong>. No se portaba cariñoso como lo era antes y <strong>el sexo ya no era placentero</strong> sino, más bien, rutinario.</p>
<p>Fue en ese momento que ella se encontró sola. <strong>Sin el hombre que amó alguna vez. </strong>Fue en ese momento que se animó a buscar en su agenda a algún amigo quien pudiera acompañarla para tomar una cerveza o un café y quien escuchara todo lo que ella quería decir.<strong> ¿Quién se atrevería a juzgarla? </strong>¿Quién podría decir que estuvo mal que ella buscara compañía en un ex amigo por el poco calor que tenía al lado? Roberto, sin embargo, se dio cuenta de ello y, con la ayuda de unos amigos, consiguió pruebas de una posible infidelidad de parte de Vanessa quien poco podía defenderse por las imágenes que tenía al frente. Fue en ese momento que Roberto decidió, con toda la soltura suficiente, <strong>divorciarse de ella, </strong>dejándola con una mínima pensión y se alejó de su lado con la cabeza en alto por no saberse culpable de nada. Con la chapa de “<strong>el pobrecito”,</strong> se fue a seguir acostándose con cada mujer que se le cruzara al frente.</p>
<p><strong>Y así, Vanessa, se encontró sola y señalada.</strong> No solo por su ex esposo, si no por sus propios familiares a quienes Roberto les mostró las fotos que tomó un fotógrafo amigo suyo llamado <strong>Paul Vallejos</strong> quien alguna vez trabajó para la revista de paparazis llamada <strong>Magaly TV</strong> y sabía, por ello, todas las artimañas para realizar fotos desde la invisibilidad. En dicha imagen se le veía a ella <strong>dándole un beso a su acompañante de turno</strong> en el bar Bohemia de Miraflores.</p>
<p><strong>Era el verano del 2011</strong> y Vanessa Morillo, por un momento, quiso llorar. Por un momento, pensó en locuras que bordeaban el crimen y la desesperación. Pero luego se miró desnuda en el espejo <strong>y se dijo así misma que era bella. </strong>Que tenía que salir adelante. <strong>Que ella valía más que él.</strong> E incineró todo recuerdo que tenía de su ex esposo para buscar nuevamente su agenda y salir a tomar un pisco en alguna barra, mientras se juraba así misma que nunca más <strong>volvería a perdonar una infidelidad.</strong></p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #3366ff;">Paul Vallejos</span></span></strong></p>
<p>Es una tarde más de trabajo en el <strong>Diario16. </strong>Ese día se incorpora un practicante de fotografía llamado <strong>Roberto Guerrero. </strong>Roberto llega temeroso a su primer día de trabajo donde, dicen, están los mejores fotógrafos del medio, sobre todo uno llamado Paul Vallejos de quien había escuchado hablar en la universidad. Se decía que Paul manejaba muy bien la luz con su poderosa cámara Nikon y que había hecho de su carrera <strong>un ejemplo a seguir.</strong> Y allí estaba Roberto esperando salir de comisión con su súper héroe del fotoperiodismo. Hasta que llegó Paul quien, con un aire de superioridad, revisó la agenda del día y se percató que le tenía que hacer algunos retratos a un empresario que exportaba caracoles a Europa y que, además, tenía que salir con un tal Roberto Guerrero quien era el nuevo practicante. <strong>A él no le gustaba salir con practicantes</strong> así que, sin saludar ni despedirse, se fue raudo a hacer las fotos, mientras Roberto se quedó con el saludo en la boca y las inmensas  ganas de ver trabajar <strong>a su fotógrafo favorito.</strong></p>
<p>A Paul siempre le interesaron los negocios y la vida emprendedora. Así que le vino bien hacerse de esta comisión porque le gustaban las historias de las personas quienes, con poco dinero, hicieron de sus negocios grandes empresas. Su sorpresa fue notoria cuando se dio cuenta que el negocio de los caracoles no le demandaba gran esfuerzo y, sin embargo, los réditos eran casi de inmediato. Fue en ese momento que <strong>decidió intentarlo.</strong> Pidió al diario donde trabajaba un adelanto de su salario y, combinando con sus gratificaciones y algunos ahorros que tenía, decidió invertir en ese negocio que no lo vio tan difícil.</p>
<p>Poco a poco se dio con la grata sorpresa del éxito comercial. Renunció al diario donde trabajaba y se dedicó por completo a la crianza de caracoles. Viajó por toda Europa buscando contactos y haciendo crecer más su nueva empresa. <strong>Se olvidó por completo de la fotografía </strong>y su vida estaba llena de lujos y comodidades. Tenía un precioso auto del año y una casa en La Molina que pagó al contado. Tenía una novia a quien conoció en Praga y se enamoró de inmediato. Le pidió la mano en Venecia y se casaron en Italia. <strong>¿Acaso la suerte de la vida está a la vuelta de la esquina?</strong> ¿Acaso es suficiente dejarlo todo al azar o es mejor luchar por algunos sueños que son tan difíciles de realizar que es muy posible que mueras en el intento? ¿Cómo puedes dejar toda una vida atrás por un poco de buena suerte que se te presenta si sabes que en cualquier momento puedes quedarte en la ruina y arrepentirte por dejar lo que creías que era seguro?</p>
<p><strong>Su vida cambió por completo </strong>y ya esperaba a su primer hijo. Y así, en medio de su alegría, decidió tomar un poco de whisky etiqueta azul que había comprado en su último viaje a Escocia, mientras su mujer estaba dándose un baño en la piscina que tenía en el patio de su inmensa casa. De un momento a otro, la copa de whisky se convirtió en tres copas… <strong>en seis.</strong> Y, de pronto, el licor hizo que su mente se envolviera en los dulces recuerdos del ayer. Recordó a los amigos que había dejado en la prensa peruana. Recordó aquellas noches <strong>de locura etílica en Barranco. </strong>Las noches de los conciertos interminables de Daniel F donde la poesía era el preludio para un sexo torpe y hermoso. <strong>Recordó a su ex novia.</strong> Recordó a su ex trabajo. Y así, mientras se llenaba de recuerdos que cada vez se hacían más agudos y melancólicamente dolorosos, revisó el diario El Comercio, donde había una fotografía en el que se apreciaba un manejo excepcional de la luz. Recordó lo buen fotógrafo que era… y vio que el crédito de aquella imagen era <strong>de un tal Roberto Guerrero. </strong>Después de leer ese nombre miró a su esposa quien buceaba en las aguas de su inmensa piscina. <strong>E</strong><strong>ra el otoño del 2021</strong> y, por más que lo intentó,<strong> no pudo evitar que una lágrima cayera por su mejilla.</strong></p>
<p><strong><em>* A mis amigos fotógrafos a quienes extrañaré mucho.</em></strong></p>
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		<title>Mi foto favorita</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Jan 2011 02:10:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace muchos años, la revista Rolling Stone le hizo una entrevista a Jhon Lennon. Para realizar la foto que ilustraría la nota, le dijeron a la fotógrafa Annie Leibovitz que retratara a esta leyenda viva de la música mundial en su departamento de Manhattan. Leibovitz es, hasta ahora, una de las más grandes retratistas del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace muchos años, la revista <strong>Rolling Stone</strong> le hizo una entrevista a Jhon Lennon. Para realizar la foto que ilustraría la nota, le dijeron a <strong>la fotógrafa Annie Leibovitz</strong> que retratara a esta leyenda viva de la música mundial en su departamento de Manhattan. Leibovitz es, hasta ahora, una de las más grandes retratistas del mundo de la fotografía y su estilo conceptual ha sabido retumbar la sensibilidad de sus seguidores no solo en Inglaterra y los Estados Unidos, <strong>sino en todo el mundo.</strong> Para muchos, quienes estamos pendientes de su trabajo, es común que nos preguntemos <strong>¿Y ahora qué foto se le ocurrirá?</strong> La mejor etapa de su vida profesional la hizo en esta revista. Y, quizá, la mejor fotografía de su carrera fue esta que estoy tratando de narrar. Para ensalzar un poco más la leyenda de su trabajo, especialmente de esta foto, tengo que decir que después de cuatro horas de la sesión fotográfica,<strong> asesinaron a balazos a Lennon</strong> en la puerta del edificio donde él y Yoko Ono (su mujer) vivían. O sea, <strong>fue su última fotografía.</strong> Si una foto representa la esencia del amor, es esta. Si una fotografía logra decir más que mil palabras, es esta. Si tendría que elegir mi fotografía favorita de las miles que he visto en toda mi carrera, sería esta. La revista Rolling Stone la puso de portada <strong>y no le colocó titular. </strong>Ni una letra, salvo el logo. Ni una palabra que ensuciara tamaña expresión de sensibilidad humana. El ícono a quien el mundo lloraba en ese momento estaba allí, desnudo. Recogido. <strong>Totalmente vulnerable.</strong> Totalmente entregado al amor que le tenía a su mujer. Una foto que supo sobrevivir a su protagonista y que perdurará, como cualquier fotografía, para toda la vida. Como dije, <strong>si una foto representa la esencia del amor, es esta.</strong></p>
<p><span id="more-1254"></span></p>
<p><a href="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/01/leibovitz_lennon.jpeg"><img class="aligncenter size-full wp-image-1255" title="leibovitz_lennon" src="http://cronicasdepollada.com/wp-content/uploads/2011/01/leibovitz_lennon.jpeg" alt="" width="300" height="373" /></a></p>
<p>Estudiaremos el trabajo de la genial <strong>Annie Leibovitz</strong> en el taller que empieza este sábado y al cual vuelvo a invitar a ustedes a ocupar los pocos cupos que quedan disponibles. Trataremos de entender un poco la cámara digital y crear maravillas de la nada porque, como ella decía, <strong>&#8220;la mejor fotografía está a tu alrededor&#8221;</strong>. Pueden escribir a talleres@macroagencia.com y pedir la información necesaria. <strong>Los espero a todos.</strong></p>
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		<title>¡Cómo te odio, mi amor!</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Jan 2011 18:13:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>luisipa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narración]]></category>

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		<description><![CDATA[Me dices que no me quieres. Me dices que ya fue suficiente de tanto verso. De tanto fútbol de fin de semana. Me dices que ya te jode escuchar el mismo disco de Sabina. Que ya no quieres cargar mis maletas. Que te da lo mismo si es viernes o sábado, ya que siempre me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Me dices que no me quieres.</strong> Me dices que ya fue suficiente de tanto verso. De tanto fútbol de fin de semana. Me dices que ya te jode escuchar el mismo disco de Sabina. Que ya no quieres cargar mis maletas. Que te da lo mismo si es viernes o sábado, ya que siempre me tengo que ir antes de las once para dormir. Me dices que no quieres morir conmigo <strong>porque no quieres perder el tiempo en cojudeces.</strong> Me dices que no quieres trabajar. Que te mantenga. Que, como toda mujer peruana, eres machista. Que no quieres un hombre llorón. Que te incomoda verme deprimido con un pisco al lado. Me dices que reclame. Que luche. Que no sea un cobarde. Que sea valiente. Que sea un hombre de verdad. Un Iron Man, por ejemplo. <strong>O un simple serenazgo, qué importa.</strong></p>
<p><span id="more-1205"></span><strong>No me importa ser un ganador.</strong> No me importa ser un tipo que te guste porque imposto una sonrisa coqueta o luzco una camisa recién planchada. No me importa ser quien quieres que sea. No me importa respetar las cordialidades propias de un caballero. <strong>¿Qué es ser un caballero? </strong>¿A quién le importa ser un caballero? ¿Por qué no ser quien quieres ser? ¿Y si mejor te digo la verdad? ¿Y si mejor te digo que me encantaría oler el perfume de tu cuello cuando te secas la piel después de bañarte? <strong>Que me gusta ser lento como una tortuga.</strong> Que me gusta la vida del perezoso. Que me gusta la explosión de las uvas en el verano. O comer de un solo bocado una mandarina sin pepas.</p>
<p><strong>Me dices que te irrita que arrastre las sandalias.</strong> Me dices que, en verdad, odias mis sandalias, mi short y mi polo desteñido. Me dices que ya debo de cambiar mis lentes oscuros. Que cambie de trabajo. De vida y, si puedo, de novia. Me dices que ya te aburre comer siempre el mismo corte de carne y que no puede ser que el Cabernet Sauvignon sea el mejor vino. Me dices que el cine peruano tiene que tener algo de bueno. <strong>Que La Cinta Blanca es mejor que Celda 211. </strong>Que Johnny Depp es mejor que Marlon Brando <strong>(estás completamente loca).</strong> Que prefieres un concierto de Diego Torres a un recital de Daniel F <strong>(perdón por vomitar).</strong></p>
<p><strong>Que en vez de ser fotógrafo debería ser un empresario.</strong> Tener tu propio negocio. No depender de nadie. Que mejor es no tener que aguantar a un empleador. A un vigilante. A un corrector. Que deje de hablar de política en mi blog ya que siempre escribo huevadas. <strong>Que deje de mentir e inventar.</strong> Que la gente cree todo lo que yo escribo. Que no se me ocurra escribir sobre ti. Que la última vez que tu padre leyó mi blog te ordenó que terminaras conmigo. Que tu hermana cree que soy un enfermo sexual <strong>(apropósito dile que ese escote rojo le queda espectacular).</strong> Que mejor vuelva a ser profesor, como era antes. Que me vista como vestía antes. Que sea puntual como lo era antes. Que sea responsable como lo era antes. Que tenga metas. Que tenga futuro. Que no sea conformista. Que me actualice. Que busque una maestría. Que en vez de irnos a Huanchaco de vacaciones mejor es irnos a Varadero. A Tahití. <strong>A comer cucarachas a China o lombrices en Tailandia. </strong></p>
<p><strong>Y ahora me dices que no me quieres.</strong> Que mañana vas a terminar conmigo. O mejor pasado mañana ya que mañana es día de cine y no quieres ir sola. Que me opere la vista y deje de usar esos ridículos lentes. Que me afeite mi barba roja. Que me deje el cabello largo y crespo. Que suba de peso y vaya al gimnasio. Que me lave los pies todos los días <strong>porque soy un pezuñento. </strong></p>
<p><strong>Y sabes qué, pues tienes razón.</strong> Pero ayer que te vi llevada por el licor. Ayer que te vi rendida y totalmente vulnerable. Me di cuenta que no es verdad nada de lo que me dices. Que te gusta sentir mi hombro como almohada. Que te gusta ver el amanecer en Máncora. Que te gustaría volver a navegar en el Amazonas. Ahora, que te veo dormir desnuda. Ahora, que una luz llega de la ventana y baña tu piel rojiza por el roce, siento que no eres quien quiero que seas: <strong>una Lady D o una princesa Leia.</strong> Y que, al igual que tú, siento que no tenemos lo que aprendimos a desear por culpa de las estúpidas películas norteamericanas. Pero, a pesar de eso, siento que duermes segura de estar junto al hombre que te ama. Siento también, como tú, que lo que tenemos al lado se asemeja mucho <strong>a lo que siempre soñamos.</strong> Se asemeja mucho a lo que buscamos en la vida. <strong>Se asemeja mucho al amor.</strong></p>
<p><strong><br />
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<p><strong></strong></p>
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