Jueves 17 de febrero, 2011

Las mujeres siempre ganan *

Las burbujas reventaban dentro del vaso formando cráteres blanquecinos de restos de cerveza. El humo del cigarrillo flotaba en el viento como pequeños mantos de seda que dificultaban el vuelo de las moscas de El Bar Queirolo. “¡Palomeque, dos más!”, bramó Iván. Palomeque se acercó sin prisa hacia la mesa donde estaban los cuatro periodistas quienes, cada fin de semana, se diluían entre tragos, cocaína y discusiones sobre política, deportes y mujeres. Iván es el mayor de esa joven promoción de veinteañeros redactores del diario La Prensa. Tiene 25 años y todavía extraña a su ex novia quien lo dejó por irse con un jipi vendedor de trenzas en La Plaza de Armas de Miraflores. Carolina es menor que él y le importa más la poesía que las notas informativas. Le importa más vivir el día a día que planificar un viaje para fin de año, por eso no le fue difícil dejar a este redactor por irse con el aventurero. “No era para mí”, se repetía Iván cada cuatro vasos. Y así, en medio de las disertaciones sobre el último discurso presidencial, Santiago reconoce una figura avejentada y risueña que se sienta en una mesa alejada. Cree reconocerlo pero no se atreve a consultar su duda a sus amigos ya que justo Horacio y Martín están enfrascados en una tensa discusión sobre qué diario tiene los mejores culos del periodismo nacional.

Horacio sospecha que su futuro está en los libros y la literatura. Que el periodismo de espectáculos es un paso breve y romántico que indefectiblemente dejará para ser, algún día, un escritor reconocido y popular. “No espero ser un Vargas Llosa, pero por lo menos un Alonso Cueto”, dice antes de ir al baño a inhalar otra gruesa porción de cocaína.

Martín era del tipo amargado consigo mismo y con la vida. “No puede ser que gane mil soles si soy el mejor redactor del área de política”, dice para todos. Él cree que se equivocó de carrera. Elsa, su novia, está embarazada y todo se complica dentro de su panorama económico. Mete la mano al bolsillo y saca un cigarrillo. Antes de encenderlo sigue con la mirada a una señorita que pasa danzando las caderas como una encantadora de serpientes: con impresionante ritmo y siempre de un lado a otro.

Santiago es el único fotógrafo dentro del grupo de redactores y sigue con la duda de quién era este tipo achinado y risueño. Sin embargo, aparta toda su distracción para preguntar: “¿Han visto la última película de Clint Eastwood?” Nadie responde. A veces se siente extraño dentro de este círculo de redactores, pero no lo dice en voz alta, ya que cree que lo pueden expectorar del grupo como se expectora a un trozo de flema verde. Así que, ante el silencio mancomunado, regresa la mirada a este señor quien pide en voz alta una cerveza de litro cien, y de quien no está seguro sobre su identidad.

Iván tiene 25 años y es el mayor, como dije. Descorazonado por el repentino abandono de Carolina, no hace más que quedarse en silencio mientras todos conversan de mucho y nada a la vez. Trabaja en el mismo diario como redactor deportivo. Es quien gana más dinero por ser sub editor de cierre y es quien, además, paga la mayor parte de la cuenta. “¡Ya déjate de huevadas!”, le grita Horacio mientras se refriega la nariz y trata de evitar, infructuosamente, una mueca en la boca. “¡Olvídate de esa perra!”, le añade, mientras Iván no puede evitar un gesto de desagrado por la grosería.

Martín, el amargado, cree que morirá de un cáncer a la uña. Cree tener tanta mala suerte que el siguiente meteorito que caiga a la tierra caerá en su casa cuando él esté solo. Él está seguro que tendrá una muerte estúpida. Y a todos les aburre escuchar los mismos lamentos cada vez que salen al bar. “¿Para eso chupas, mierda?” Le dicen de vez en cuando, para ahuyentar toda frase de desilusión que el pobre Martín vomita cada vez que se deprime por su mala fortuna. “¡Concha su madre!, mi ‘falso’ es el más chiquito de todos, ¡hasta en esto tengo mala suerte!”, dice mientras se va al baño con su respectivo envoltorio de papel manteca, y un eco de risas burlonas lo acompaña durante todo su recorrido hacia el urinario.

Horacio añade que está esperando los resultados de una beca en España al cual está postulando. “Si me sale, ya no regreso”, dice. “Todos esperamos que te salga, entonces”, dice Santiago y todos hacen suya esa frase para luego golpear la mesa con sus palmas festejando la broma. Mientras todos sonríen, Santiago no aguanta más la duda, y se para de golpe mientras todos lo miran. Se dirige con decisión y respeto a la mesa donde estaba ese señor achinado festejando, como los otros grupos, alguna anécdota del ayer o del presente. “Buenas noches, ¿usted es el Chino Domínguez?”, le pregunta con educación. “Así es, muchacho, qué gusto” y le estrechó la mano. “¿Quisiera acompañarme unos minutos a la mesa en la que estoy con mis amigos?”. “Por supuesto”, le dijo.

“Muchachos, él es el famoso Chino Domínguez”. Y todos exclamaron palabras de admiración para tamaña celebridad. El señor Domínguez, se siente feliz por el cariño que le tienen un grupete de desaliñados jovencitos quienes recién empiezan a gatear dentro del periodismo nacional. Unos jóvenes desaliñados, como algún día lo fue él. Y, sin darse cuenta, se sintió profundamente agradecido. “Palomeque, una caja de cervezas para los muchachos”, dijo frente al asombro de todos quienes festejaron y agradecieron el gesto con mucha alegría, incluyendo Martín quien venía renegando del baño porque se le había acabado la coca.

Santiago se sientió feliz por haber llevado a la mesa a este ícono de la fotografía peruana. Todos comenzaron a hablarle al maestro sobre algunos temas puntuales que siempre iban acompañados del clásico machismo peruano. Es así como Horacio comentó sobre ‘la canina’ de Carolina y el problema de Iván. El Chino Domínguez le dijo, sin perder la sonrisa: “solo aléjate, porque, al final, las mujeres siempre ganan”. Y así, se despidió de la mesa de los ‘muchachitos del hoy’ para sentarse, nuevamente, con ‘los muchachitos del ayer’. Luego de unos minutos, se fue entre aplausos del bar que lo cobijó desde que era un desaliñado jovencito que recién aprendía a mirar a través de esa caja negra llamada cámara fotográfica.

Casi al terminar la ronda de tragos, Iván mira desesperado la puerta de ingreso del bar desde donde divisó a Carolina quien ingresaba con su nueva pareja. “Mira, es Carolina”, dice Santiago. “Ella sabe que siempre venimos a este bar”, dijo Iván con la voz quebradiza. “¡Qué tal perra!”, dijo Horacio. “La vida no vale nada”, dijo Martín. “¡Vámonos!”, dijo Santiago. “No”, dijo Iván, “voy a hablar con ella”, añadió. “¡No seas huevón!, ¿de qué vas a hablar?”, le dijo Horacio, para luego añadir: “¡que se vaya a la concha de su madre!, ¡vámonos!”. Por un momento no los escuchó. Por un momento sintió las naturales ganas de reclamarle. De hacerle recordar. “Tanto tiempo de amor para que al final me haga esto”, se decía así mismo. “tengo que hablar con ella”. “Vámonos”, le dijo Santiago. “¡No!”, le contestó Iván y, mientras se paraba de golpe para increparle, para decirle en la cara lo mala que era, se cayó un vaso lleno de cerveza al suelo y el sonido de los vidrios estremeció el lugar. Mientras se limpiaba los restos de espuma que mojaron su pantalón, recordó las palabras del Chino Domínguez: “Solo aléjate, porque, al final, las mujeres siempre ganan”. Se volvió a sentar. Respiró. Tomó un largo trago de cerveza y por fin pudo decir: “Vámonos”. Y así uno tras otro se marcharon del lugar donde algún día, seguramente, volverían. Mientras Martín cruzaba la puerta del bar Queriolo, miró a Carolina quien sonreía con su jipi lleno de tatuajes y piercings… y solo pudo murmurar para sí mismo: “La vida es mierda”.

* In memorian. Al maestro Carlos ‘Chino’ Domínguez quien hoy partió al bar más lejano.

Foto: David Vexelman.

Crónicas  17 / febrero / 2011 
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  • 1. Oscar Cáceda  |  febrero 17th, 2011 at 3:37 pm

    Casi me haces llorar compadre.

    ¡Un salud a la memoria del Chino!

  • 2. Coco  |  febrero 17th, 2011 at 8:19 pm

    ¡Olvídate de esa perra! Qué frase tan sublime. Pletórica, estímulante, sabrosa.

  • 3. Elmo Nofeo  |  febrero 17th, 2011 at 11:27 pm

    Sólo conocí al Chino Domínguez de oidas, pero se nota que fue un hombre inteligente; la verdadera inteligencia consiste en ser humilde y según lo leído no sólo era humilde sino generoso hasta con los borrachos.

    Por otro lado, “al final las mujeres siempre ganan”, es por eso siento pena cuando escucho presumir a un gilerito.

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