La historia de Los Keyser
Hace muchos años, menos de la mitad de los que ahora tengo, mi vida era un baile. Catorce o quince años, seguro me equivoco. Pero aun siento esos aplausos. Aun recuerdo esas largas tardes de verano ensayando en el asfalto con los inmensos parlantes de un equipo de sonido que perteneció a mi abuela. Todavía lo recuerdo. Estas letras no tenían que ser escritas, pero aquí están: para que un puñado de famélicos niños vuelvan a bailar como lo hicieron. Para que los recuerden. Para que, de una poética manera, sigan practicando en el asfalto… Esta es la inédita historia de Los Keyser.
La historia empieza con tres amigos de la infancia (desde que nacimos): Larry, Percy y yo. Larry era un jovencito que se esforzaba por ser palomilla, pero su buena educación se lo impedía. Percy era el delincuente. El loco (como era conocido por sus exabruptos), haciendo gala de su poder seductor, tocaba la puerta de mi casa con niñas de nuestra edad entre brazos, y nos enfrascábamos en un licor barato y apestoso y nostálgico que era una solución de Tang (jugo de naranja en polvo) y Pisco o Anisado o Yonke o Cien Fuegos o Guinda o Ron o todo esto junto. Al final, las chicas y nosotros terminábamos besándonos con dificultad y desesperación y torpeza detrás de un ático en la casa de mi madre.
Luego, llegaron otros, los increíbles Pável y Chonny. Bailarines por naturaleza. Eran reflejos cuando bailaban juntos: misma talla, misma edad, mismo peinado y, muchas veces, misma enamorada. Pero luego vendría quien sería la persona que cambiaría nuestras vidas. Nuestro Gurú. Nuestro maestro Joda. No solo por la sabio, si no por la talla. Papi, así llamémosle, era mayor que todos y bailaba mejor que nadie.
Él nos enseñó no a escuchar, si no a amar a Michael Jackson (si algo agradezco a la vida es haber visto, en VHS, ese concierto en Budapest). Nos enseñó a escuchar a Vanilla Ice. Nos alienó. Nos cagó. Mandé al traste a Silvio Rodríguez por MC Hammer. Dejé de tararear “solo le pido a Dios” para cantar (y con coreografía incluida): ¡Ninja!, ¡Ninja!, ¡Rap!
Sin embargo, fui siempre un tipo duro de convencer. Por favor, más respeto, les decía con mis discos de Pablo Milanés y Sui Generis en las manos. Pero ellos se burlaban. Se reían. Su música (que en algún momento califiqué de basura y que solo los imbéciles la escuchaban) la pasaban en todas las radios y en todos los programas de televisión. Y ellos, mis amigos, bailaban en mi cara. Y me hacían señas para que me una. Pero yo, cojudísimo, los ignoraba. Me sacaba roncha verlos. Y, en algún momento, me sentí solo. Único en mi posición de activista en contra de la música gringa. Y es que hasta el imbécil de Larry bailaba (y lindo). Así que, sin más remedio (ya que era eso o ir a mi cuarto y pensar todo el día en Fidel Castro), pues acepté hacer un pasito… luego dos… luego tres… y luego bailaba mejor que muchos.
Sí pues. Yo bailaba. Fui el último en caer bajo el yugo musical capitalista estadounidense. Y fui feliz. Muy feliz. Aunque muchos de ustedes no lo crean, pues no bailaba nada mal. Claro, me costó. Y es que hasta mi madre corregía mis pasos. Pero lo hice. Y eso no fue lo único: ¡copié la vestimenta de esos cantantes! Una mañana, en casa, como cualquier domingo, mis padres desayunaban en familia con los tíos y tías que estaban de visita. Entonces, como si hubiesen visto a ET, se quedaron mudos al ver a un desnutrido etíope saliendo del cuarto de su primogénito, vestido con un pantalón fosforescente, sujetado con elásticos de colores, tan ancho que parecía falda, y un polo amarillo tan o más llamativo que el pantalón; y para coronar al “diferente”, pues usaba una gorra de cuero negra con dos placas de metal en la parte superior que decía PRIO. Y bueno, eso que salió del cuarto y no saludó a la visita porque los ensayos son primero, pues era yo. Sí, yo.
Y así, lo único que le faltaba a ese grupete de buenos muchachos, era un nombre. Un nombre fuerte y raro. Alguien vio una vez una palabra en alemán que significaba algo así como el rey, como el más más, y claro, no lo recordó con claridad y dijo Keyser (la palabra real era Kayser, como se le conocía a Adolfo Hitler), y con ese nombre errado nos quedamos.
Fue así que practicábamos en la calle a la vista de un númeroso público que se colmaba todos los días a la misma hora en la cuadra de mi casa. Decenas de personas. De todas las edades. Y, por supuesto, teníamos nuestro estatus. Nuestro nivel frente al resto. Algunos nos miraban y se reían. Otros se detenían para ver los famosos retos que librábamos con otros grupos, como con los magníficos Movie Rap. Los escenarios de las discotecas eran otro ring de pelea en el que muchas veces salimos victoriosos y otras cabizbajos por la pena de perder.
Alguna vez, después de bailar en una discoteca llamada Manhatan, una chica se me acercó ni bien bajé del escenario, me dijo que era un trome y me dio un beso. Qué significaría trome, me pregunté. Luego de eso, fuimos a mi casa y fue la primera vez que estuve con una mujer. Con una chica que ni conocía. Y, claro, se lo conté a todos mis amigos como cualquier muchacho de quince años tan estupidísimo como yo lo haría… y nadie me creyó, por supuesto. Todos me ningunearon. Se burlaron. Malditos. De la chica ni siquiera recuerdo su nombre. Ni recuerdo si me lo dijo. Solo recuerdo que su cabello era castaño y no sabía diferenciar si tenía el cabello crespo o lacio. Recuerdo que tenía un polo rojo y un precioso lunar en el cuello.
Y de pronto, El Rap se fue de las radios. De pronto, nadie nos llamaba. Las mujercitas de nuestra edad ya no nos miraban. Nunca fuimos los guapos del barrio, pero a diferencia de Los Hombres G: tampoco fuimos una cosa normal. Los Keyser, luego de esos años, desaparecieron: Pável y Chonny descubrieron que tenían la misma enamorada. Percy nos mandó a la mierda a todos y luego tuvo tres hijos. Larry se casó. Y Papi, sigue buscando rincones donde hacer el paso lunar como solo él lo puede hacer. A veces, cuando nos encontramos de casualidad, pasamos a saludarnos solo con una sonrisa, y a muchos no los veo hace ya varios años.
Alguna vez un vecino antipático me dijo: “me gustaría tomarte una foto para enseñártela cuando crezcas y te avergüences”. Pobre. No saben cómo me encantaría tener una foto de esos momentos en que me importaba más la música y el baile que cualquier otra cosa. Me encantaría tener un documento gráfico de ese muchachito de colores que se creía El Elegido y que el destino se encargó de demostrarle que era solo uno más. Ahora, con algunos años adicionales, pienso cómo sería volver a subir a un escenario, con las luces y las miradas puestas en mí, como si fuera una estrella. Alucino con volver a señalar al cielo con el dedo índice y que todos me aplaudan a rabiar. A sudar. A llorar. Cómo me encantaría volver a ver a mis amigos más jóvenes y flacos. Cómo deseo bailar y que mi madre corrija mis pasos. Cómo quisiera bailar y que una chica me diga luego que soy un trome.
Aquí el mejor video de la historia musical, luego de Thriller. Miren la fuerza de la coreografía. La belleza. La coordinación. El arte. Nosotros, Los Keyser, nos sabíamos los pasos de memoria. Bello.



1. juan carlos | Enero 17th, 2010 at 8:45 am
jajaja, yo tmb lo quisiera
2. Giovanna | Enero 17th, 2010 at 3:23 pm
Esas son epocas increibles y al final uno tienen los buenos momentos grabados en la cabeza que deberian de salir como una instantanea de Polaroid para luego colgar ese recuerdo en la pared, buen post!
3. Fernanda | Enero 18th, 2010 at 1:35 pm
Eres un hombre increible Luis. me he leido casi todo tu blog en menos de una semana!!!!! Una amiga me recomedó tu página hace tiempo y tengo que decirte como muchos te han dicho en varios comentarios: ERES UN SER HUMANO BELLO!!!!!!
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