24 / Enero / 2010

La empanada de carne

Siente la humedad en su frente y se limpia el sudor con la mano izquierda. Lleva tres horas caminando sin tener claro adonde ir. Levanta la mano para pedir unas monedas pero, esta tarde, las muestras de cariño escasean. Toca la ventana de un automóvil pero el chofer no le hace caso: está discutiendo con la mujer que lo acompaña y, mientras ella llora, él sigue gritando. Luego se ayuda con sus blanquísimas manos para poder ver, a través de la luna polarizada, a una mujer hablando por teléfono. La señora baja la luna de su ventana y le da veinte céntimos de sol. Liliana sigue su camino cuando cambia la luz del semáforo y pierde su mirada entre empanadas y bizcochos. Liliana tiene ocho años.

Nunca lo dice pero en algún momento lo hará: ella quiere ser policía. Las ve en las calles dirigiendo el tránsito y piensa que eso es mejor que el oficio de su madre ya que, una vez, unos pandilleros le quitaron sus botellas donde portaba la linaza, el jugo de alfalfa y el limón, con que preparaba sus emolientes en la intersección de las avenidas Emancipación con Tacna. A Liliana nunca le gustó ese lugar. Mucha bulla, pensaba. Y se asustaba. Pero nunca tanto como esa tarde en el que con los grandes trozos de vidrio, que antes eran una botella de jugo de alfalfa, le cortaron la cara a un hombre. Vio rojísima la sangre. El hombre asustado. Las mujeres gritando. Y más bulla. Y más bulla. Lili, no quería ser emolientera: quería ser policía. Como esa mujer uniformada que, con la ayuda de otros policías, se llevó una mañana a su padre, quien enfurecido por el alcohol destruía todas las cosas de la casa.

Y, nuevamente, el semáforo en rojo. Un hombre fumaba en su carro un cigarro, mientras esperaba la luz verde; ella le pidió dinero, él le entregó una galleta soda. Luego, ve una camioneta que, en su parte delantera, decía PRENSA. Se acercó hacia la única luna que estaba abierta y le estiró la mano a la fotógrafa Francesca Rivero quien, sin mirarla, le negó con el dedo índice.

Liliana estaba acostumbrada a tener hambre, pero hoy sentía mucha. Hace hambre, repetía para sí, la frase que le escuchó a su abuela allá en Pomabamba, Ancash, cuando el hambre y el frío calaba: “hace hambre, hace frío”, decía la vieja Eugenia. Y hoy, hacía hambre. Mucha hambre. Salivaba con las frituras. Babeaba con los pasteles. Pero, lo que deseaba, lo que anhelaba más que cualquier cosa en esa tarde, era una empanada. Se apoyaba con las manos en la vitrina y pegaba su nariz detrás del vidrio. Quería olerlos. Tan dorados. Con el azúcar impalpable tan perfectamente regado por toda la textura de ese caliente caparazón. Y le dolió el estómago con más fuerza. No se dio cuenta en qué momento empezó a llorar. Solo sabe que un hombre la sienta en una de las mesas y le invita una de esas deliciosas empanadas.

Sin preguntar, ella sostiene presurosa la caliente empanada, y le da un mordisco. En su boca podía sentir el jugo de la carne con un trocito de ají que empujó sus ganas de darle otro mordisco. Y otro. Y otro. Cuando acabó, se sintió satisfecha. Pero, de pronto, la invadió la idea de tener que pagar lo que había comido. Por un momento quiso correr. Huir. Sin embargo, no tardó en percatarse que un hombre la miraba desde un rincón. Reconoció a su mano amiga. Reconoció que era el dueño. No pudo ocultar se pena. Su vergüenza. Agachó la cabeza y cerró los ojos como queriendo llorar. Sintió una mano en su cabellera y una voz amical. Le dijo que no se preocupe, y le envolvió otra empanada.

En el camino, cree que ha sido un buen día. Ya no siente calor: siente la leve brisa del atardecer y se deja llevar por una estela de pasividad. De tranquilidad. Existe gente buena, piensa. Y así, entre sus cavilaciones, cruzó despreocupada un largo jirón. Cuando vio el carro venir a toda velocidad contra ella, solo pudo cerrar sus ojos, y su cuerpo cayó a cuatro metros de distancia de la empanada de carne.

Francesca Rivero, llegó a la escena a los pocos minutos. Sacó su cámara y le tomó fotos a Liliana que yacía muerta en el pavimento. Suena su celular y, mientras habla, revisa sus fotos y cree que debió cerrar más el diafragma para tener una mayor profundidad de campo. Después de reír, y mientras la policía levanta el cadáver de una niña de ocho años, dice, con el teléfono en la oreja y feliz, “ok, mostro, ¡vamos!”.

Crónicas  24 / Enero / 2010 
  • 1. juan carlos  |  Enero 25th, 2010 at 1:05 pm

    Que frío y cambio inesperado de hechos, pero netamente realista.

  • 2. Oscar Sánchez  |  Enero 25th, 2010 at 8:53 pm

    El final de esta historia me recuerda al debate que tuvimos una vez en módulo 2, que un fotógrafo puede optar por ayudar o por hacer su trabajo e irse.En este caso, la fotógrafa se limita a hacer su trabajo con una frialdad increíble. Y ciertamente, te remueve la conciencia, o por decirlo de una manera más explícita, te revuelve las tripas.

  • 3. Oscar  |  Enero 26th, 2010 at 3:01 pm

    Supongo que Francesca jamás recordó que ignoró a Liliana. Luego, sólo se limitó a hacer su trabajo. Bastante cruel el relato, pero no deja de ser real. Extraordinario como siempre Lucho. No dejes de escribir. Un fuerte abrazo.

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