Historias urbanas *
Hay eventos que llegan lentamente y hay otros que pasan de largo. Unos que ni cuenta te das que están a punto de suceder y, cuando suceden, modifican tu vida para siempre. Un día te levantas de la cama. Te lavas la cara. Te cepillas los dientes. Te bañas. Tomas desayuno y te vas a trabajar. Regresas cansado y, fácilmente, un poco estresado. Dejas tus cosas por allí… no importa dónde. Te reconcilias un momento con tu almohada mientras vuelves a ver una vieja película. Sales. Besas. Amas. Comes. Bebes. Y vuelves a dormir para repetir todo al día siguiente. Y así hasta que llega un día que cambiará tu rutina para siempre. Tú no lo sabes. Ni lo sospechas mientras te cepillas los mismos dientes, con el mismo cepillo, en el mismo baño. Ni lo sospechas, repito. Pero allí te espera ese día que, con un hachazo invisible, cortará, de un solo empujón, toda tu vida. A veces para bien. A veces para mal. A veces será una mezcla irreconocible de buenos y malos momentos que no sabes si debes estar agradecido o maldecir por ser un desdichado. No sabes si reír o llorar. Y solo atinas a colocar más pasta dental en el mismo cepillo de dientes para poder asearte frente al mismo espejo que refleja al mismo individuo quien, poco a poco, envejece cada día más.
Pável Ugaz
Estaciona su movilidad cuando llega al trabajo donde labora desde hace más de tres años. Él es contador en una oficina donde solo un viejo equipo de sonido lo acompaña. La empresa para donde labora se dedica a exportar guano a distintos países del orbe. De niño quería ser marinero. Pero, en vez de eso, ahora solo le queda contabilizar las toneladas de estiércol que se exporta cada mes y sacar, de las ganancias, el salario de los demás trabajadores. Tiene 40 años y no tiene hijos. Sus padres murieron cuando él era un veinteañero estudiante de la Universidad Católica y nunca los lloró porque supo que la muerte era parte de la vida. Tampoco se casó y solo pudo ahorrar lo suficiente para comprarse un auto usado del 97. Vive con sus tíos en la casa de sus padres porque ya se cansó de mudarse con cada chica que conoció durante toda su vida. Hoy, sin embargo, está buscando algún anuncio en los clasificados de El Comercio para ver si lo anima algún aviso sobre algún departamento. No sabe si lo hace por inercia o porque efectivamente lo desea. Solo lo hace porque repite dicha acción cada día mientras mata el tiempo que le sobra en su trabajo hasta que un anuncio llamó poderosamente su atención.
“Alquilo departamento para persona sola o con acompañantes ocasionales. Un baño. Una sala-comedor. Un dormitorio y una cocina. Barranco. Llamar para acordar cita. Preguntar por la señora Ana Lía Orézzoli”.
A continuación el número de un teléfono fijo al que rápidamente llamó y acordó la cita. Aprovechó su hora de almuerzo para conocer la casa y a dicha mujer quien tenía una voz ronca y cortante. Al verla se dio con la sorpresa que era una mujer más bien anciana. De cabello largo y blanco. Con unos anteojos sujetados con un pabilo de color rojo que cubría su nuca. Estaba vestida con un pantalón de tela azul muy ligero y una blusa blanca que dejaba ver su piel arrugada y una infinidad de pecas distribuidas al azar. Luego de saludarla con mucho entusiasmo se dio cuenta que Ana Lía no era una mujer con quien se podía conversar mucho ya que era cortante y muy seria, así que pasó a reconocer el pequeño mini departamento y no le pareció nada bonito. Más bien era un lugar descuidado y hasta sucio. Estaba a punto de irse desilusionado por el tiempo perdido pero llamó su atención un inmenso chelo que estaba recostado hacia un costado del baño.
Ella le dice que, de vez en cuando, ensaya con el chelo dentro de la sala de ese mini departamento ya que el eco que se produce en ese lugar hace que el sonido sea más interesante, sobretodo, en los tonos agudos, le comenta. Pável nunca fue una persona que pidiera favores. Peor aun cuando dichos requerimientos dependían que la otra persona realizara algún esfuerzo mayúsculo. Pero en ese momento tuvo un gran deseo de escuchar ese lejano instrumento que para él era el chelo. Así que le pidió que, por favor, le tocara una pieza musical. Ana Lía se sintió encantada con el pedido. No había tenido un oyente desde hace mucho tiempo y era una muy buena oportunidad para mostrarle a un deseoso joven toda su sensibilidad.
Pável no supo en qué momento cerró los ojos y se sumergió dentro de la pasión que Ana Lía desbordaba en cada estribillo del precioso sonido del chelo. Sintió la brisa del mar de esos años en Paracas cuando su padre lo llevaba en un bote alquilado para robar algunas conchas de abanico que los pescadores de la zona criaban durante el año en las profundidades de sus playas. Recordó la textura de las manos de su madre. Las venas que sobresalían de su piel. Recordó su calor… y hasta su olor. Sintió las vibraciones que llenaron su niñez por los deseos que tuvo por ser un marinero y vivir eternamente en el mar. ¿En qué momento termina la razón? ¿En qué momento te dejas llevar por las melodías del destino y te entregas a momentos alucinantes que sabes que no te llevarán a nada? ¿Cómo puedes explicarle a los tuyos lo que estás a punto de hacer si ni siquiera tú mismo lo sabes? Ana Lía terminó de tocar su dolorosa melodía y vio cómo el rostro de Pável estaba húmedo por las lágrimas que derramó. Ambos se quedaron mudos por largos segundos hasta que por fin él le pudo decir: gracias.
Cuando se mudó a Barranco, el señor Ugaz les dijo a sus tíos que, quizás, esta vez sería su última mudanza. Desde ese mismo día escuchaba cada noche a Ana Lía tocar el chelo con la misma pasión que tocó esa tarde de verano en el febrero del 2007. Él quiso aprender, pero nunca pudo. Total, lo único que quería era estar cerca de su infancia. Y el sonido de su música hacía que flotara en el viento de su imaginación y aterrizara, a veces, en los brazos de su madre, o debajo del mar buceando con su padre. Ana Lía Orézzoli murió dos años. Pável hasta ahora trabaja como contador en la empresa que exporta guano al mundo y casi se compromete con una linda chica llamada Vanessa Morillo quien lo dejó por irse con un adinerado arquitecto… y hasta ahora conserva el chelo de Ana Lía que nunca aprendió a tocar.
Vanessa Morillo
Vanessa está embarazada. Acaba de cumplir un año de casada y ya tiene siete meses de embarazo. A sus veintinueve años se siente realizada. Sus padres están contentos con ella y con su esposo llamado Roberto Cáceres, quien es un joven arquitecto especializado en las grandes edificaciones y quien, además, trabaja para la conocida constructora GREMCO. Tiene mucho dinero. Ambos vivían con comodidad y ella esperaba a su primer hijo con gran ilusión. El nombre que escogieron para su primogénito era Víctor Hugo, por el genial escritor francés de quien ella estaba enamorada desde su adolescencia. Vanessa estaba feliz y no lo ocultaba: salía con sus amigas a reuniones de té con quienes comentaba las últimas pataditas que Víctor Hugo le daba desde el fondo de su vientre y salía, también, con su madre con quien compraba las pequeñas ropitas para el niño que estaba a punto de llegar.
Una tarde en el que su madre no pudo acompañarla, ella regresaba a su casa en su moderno auto con la ropa nueva que adquirió en una conocida tienda de San Isidro. Fue en pleno trayecto que reconoció el carro de Roberto que estaba estacionado en el mismo hotel donde ellos se hospedaban cuando eran enamorados. Fue un duro golpe que ella supo asimilar para poder estacionarse y llamarlo a su celular. ¿Dónde estás?, le preguntó. En el trabajo, le respondió. Y le asqueó la mentira. Estoy viendo tu carro estacionando frente al hotel Escardó, le dijo y un breve silencio arrojó el celular como respuesta.
Reconoció a la mujer que salió del hotel y era su secretaria. Él le pidió perdón. Y ella no dejaba de llorar. ¿Qué hago ahora?, se preguntaba en silencio mientras Roberto trababa de disculparse con poco éxito. Vanessa se recuperó luego de unos días y decidió perdonar a su esposo quien se mostraba arrepentido. Total, dijo, tenemos una vida hecha. Tenemos una imagen. Una reputación. Además, el dinero llega de él y Víctor Hugo se merece lo mejor, se repetía así misma como queriendo convencerse para no dejarlo.
Y así, pasaron los meses y los años. Víctor Hugo nació sin mayores inconvenientes y creció con todas las comodidades que sus padres le supieron dar. Pero Vanessa no pudo olvidar esa tarde cuando el hombre perfecto que pensó tener a su lado se convirtió en ‘uno más’. Y todo empeoró cuando él recibía llamadas que contestaba fuera del cuarto. No llegaba a casa a dormir porque ‘tenía que trabajar’. No se portaba cariñoso como lo era antes y el sexo ya no era placentero sino, más bien, rutinario.
Fue en ese momento que ella se encontró sola. Sin el hombre que amó alguna vez. Fue en ese momento que se animó a buscar en su agenda a algún amigo quien pudiera acompañarla para tomar una cerveza o un café y quien escuchara todo lo que ella quería decir. ¿Quién se atrevería a juzgarla? ¿Quién podría decir que estuvo mal que ella buscara compañía en un ex amigo por el poco calor que tenía al lado? Roberto, sin embargo, se dio cuenta de ello y, con la ayuda de unos amigos, consiguió pruebas de una posible infidelidad de parte de Vanessa quien poco podía defenderse por las imágenes que tenía al frente. Fue en ese momento que Roberto decidió, con toda la soltura suficiente, divorciarse de ella, dejándola con una mínima pensión y se alejó de su lado con la cabeza en alto por no saberse culpable de nada. Con la chapa de “el pobrecito”, se fue a seguir acostándose con cada mujer que se le cruzara al frente.
Y así, Vanessa, se encontró sola y señalada. No solo por su ex esposo, si no por sus propios familiares a quienes Roberto les mostró las fotos que tomó un fotógrafo amigo suyo llamado Paul Vallejos quien alguna vez trabajó para la revista de paparazis llamada Magaly TV y sabía, por ello, todas las artimañas para realizar fotos desde la invisibilidad. En dicha imagen se le veía a ella dándole un beso a su acompañante de turno en el bar Bohemia de Miraflores.
Era el verano del 2011 y Vanessa Morillo, por un momento, quiso llorar. Por un momento, pensó en locuras que bordeaban el crimen y la desesperación. Pero luego se miró desnuda en el espejo y se dijo así misma que era bella. Que tenía que salir adelante. Que ella valía más que él. E incineró todo recuerdo que tenía de su ex esposo para buscar nuevamente su agenda y salir a tomar un pisco en alguna barra, mientras se juraba así misma que nunca más volvería a perdonar una infidelidad.
Paul Vallejos
Es una tarde más de trabajo en el Diario16. Ese día se incorpora un practicante de fotografía llamado Roberto Guerrero. Roberto llega temeroso a su primer día de trabajo donde, dicen, están los mejores fotógrafos del medio, sobre todo uno llamado Paul Vallejos de quien había escuchado hablar en la universidad. Se decía que Paul manejaba muy bien la luz con su poderosa cámara Nikon y que había hecho de su carrera un ejemplo a seguir. Y allí estaba Roberto esperando salir de comisión con su súper héroe del fotoperiodismo. Hasta que llegó Paul quien, con un aire de superioridad, revisó la agenda del día y se percató que le tenía que hacer algunos retratos a un empresario que exportaba caracoles a Europa y que, además, tenía que salir con un tal Roberto Guerrero quien era el nuevo practicante. A él no le gustaba salir con practicantes así que, sin saludar ni despedirse, se fue raudo a hacer las fotos, mientras Roberto se quedó con el saludo en la boca y las inmensas ganas de ver trabajar a su fotógrafo favorito.
A Paul siempre le interesaron los negocios y la vida emprendedora. Así que le vino bien hacerse de esta comisión porque le gustaban las historias de las personas quienes, con poco dinero, hicieron de sus negocios grandes empresas. Su sorpresa fue notoria cuando se dio cuenta que el negocio de los caracoles no le demandaba gran esfuerzo y, sin embargo, los réditos eran casi de inmediato. Fue en ese momento que decidió intentarlo. Pidió al diario donde trabajaba un adelanto de su salario y, combinando con sus gratificaciones y algunos ahorros que tenía, decidió invertir en ese negocio que no lo vio tan difícil.
Poco a poco se dio con la grata sorpresa del éxito comercial. Renunció al diario donde trabajaba y se dedicó por completo a la crianza de caracoles. Viajó por toda Europa buscando contactos y haciendo crecer más su nueva empresa. Se olvidó por completo de la fotografía y su vida estaba llena de lujos y comodidades. Tenía un precioso auto del año y una casa en La Molina que pagó al contado. Tenía una novia a quien conoció en Praga y se enamoró de inmediato. Le pidió la mano en Venecia y se casaron en Italia. ¿Acaso la suerte de la vida está a la vuelta de la esquina? ¿Acaso es suficiente dejarlo todo al azar o es mejor luchar por algunos sueños que son tan difíciles de realizar que es muy posible que mueras en el intento? ¿Cómo puedes dejar toda una vida atrás por un poco de buena suerte que se te presenta si sabes que en cualquier momento puedes quedarte en la ruina y arrepentirte por dejar lo que creías que era seguro?
Su vida cambió por completo y ya esperaba a su primer hijo. Y así, en medio de su alegría, decidió tomar un poco de whisky etiqueta azul que había comprado en su último viaje a Escocia, mientras su mujer estaba dándose un baño en la piscina que tenía en el patio de su inmensa casa. De un momento a otro, la copa de whisky se convirtió en tres copas… en seis. Y, de pronto, el licor hizo que su mente se envolviera en los dulces recuerdos del ayer. Recordó a los amigos que había dejado en la prensa peruana. Recordó aquellas noches de locura etílica en Barranco. Las noches de los conciertos interminables de Daniel F donde la poesía era el preludio para un sexo torpe y hermoso. Recordó a su ex novia. Recordó a su ex trabajo. Y así, mientras se llenaba de recuerdos que cada vez se hacían más agudos y melancólicamente dolorosos, revisó el diario El Comercio, donde había una fotografía en el que se apreciaba un manejo excepcional de la luz. Recordó lo buen fotógrafo que era… y vio que el crédito de aquella imagen era de un tal Roberto Guerrero. Después de leer ese nombre miró a su esposa quien buceaba en las aguas de su inmensa piscina. Era el otoño del 2021 y, por más que lo intentó, no pudo evitar que una lágrima cayera por su mejilla.
* A mis amigos fotógrafos a quienes extrañaré mucho.



1. Oscar S. | febrero 9th, 2011 at 6:49 pm
Creo que lo que más puede modificar la vida de una persona es cambiar de país, dejar toda una vida para empezar otra nueva, pero una vez en el nuevo país de residencia la vida sigue siendo igual de rutinaria, lo único que cambia son las caras, los amigos, pero nada más aparte de eso. En mi opinión, Vanessa se merece todo lo que le pasó, porque lo suyo fué un braguetazo, ni más ni menos, aunque no justifico a Roberto por su infidelidad. Al final él fué más vivo que ella. P.D 1. Grande Magaly. P.D 2. Nunca dejes la fotografía, Ipa.
2. Elmo Nofeo | febrero 10th, 2011 at 4:18 pm
Vivir perseguiendo todas esas cosas que nos hacen sentir exitosos (camioneta, casa, yate, hijos en colegios caros, mujer extranjera y rubia, etc.) finalmente terminan por hacernos infelices.
Lamentablemente, esto es lo que se enseña en los colegios y universidades, y es lo que se practica en casi todas las instituciones.
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