Miércoles 23 de febrero, 2011

El tesoro de Rodrigo

No es agradable dormir hasta tarde en las vacaciones. Rodrigo no recuerda si en el verano pasado hacía tanto calor como ahora. Igual se lava los dientes como la abuela Jacinta le ordena: “lávate los dientes o te saldrán pericotes de la boca”. Rodrigo no quiere que le salgan pericotes de la boca así que, llevado aun por el sueño, unta pasta dental en su cepillo para luego rasgar su dentadura con las cerdas. Toma desayuno y sale a jugar con sus amigos de siempre. Hace mucho calor. Mucho. De lejos observa que Juan José y Yuyito ya estaban jugando con Unga y Papilón. No saluda a nadie al llegar. Solo saca su trompo del bolsillo derecho. “Entro”, dice. “Termina este juego y entras”, le dice Unga. Yuyito lanza el trompo en medio del descampado y todos tratan de detener su baile con las furiosas embestidas de sus huaracas. En ese momento, Rodrigo moja la punta del pabilo con su lengua y enrolla con rapidez la cuerda que tiene en su extremo una chapa volteada de Inca Kola. Sin pedir permiso, lanza la huaraca con todas sus fuerzas y, de un solo puazo, detiene el baile del trompo de Yuyito. Papilón grita: “¡se lo bajó!”. Juan José se ríe asombrado, mientras el juguete de Rodrigo sigue bailando en medio del terral, hasta que Unga arremete con todas sus fuerzas al ruedo y lanza el trompo de Rodrigo lejos del lugar con la ayuda de una fuerte patada. “¡Tarado!, ¡te dije que termina el juego y entras!”, le dijo poniéndole el dedo índice en la cara. A un lado, Yuyito sonríe satisfecho, mientras anuda, nuevamente, su trompo con la huaraca.

Siempre hay grandes y chicos. Siempre. En el colegio donde estudiaba era lo mismo. Así que Rodrigo estaba acostumbrado a estos arranques de furia de otros muchachos mayores que él. Rodrigo sabe que no debe de defenderse. Sabe que si lo hace, le pueden pegar como muchas veces lo hicieron. Unga es mucho mayor que él. Trinchudo y negro. Alto y gordo. Con esa risa burlona que tanto detestaba. Pero él sabía que no debía hacer nada. Que no debía, siquiera, molestarse. Solo tenía que esconder la mirada. “Ahora sí, entra”, le dijo Papilón.

Rodrigo se fue mudo a recoger su viejo trompo, mientras Unga decía que ya no quería jugar. Que su padre le había comprado en el mercado una cometa de colores y quería probar si volaba como su ‘viejo’ se lo había dicho. Yuyito y los demás, recogieron sus trompos del suelo y esperaron que Unga saliera de su casa con lo prometido. Una cometa grandísima de color rojo y verde. Con flecos de esos mismos colores. Era un juguete hermoso y único para Rodrigo. Él sabía que la abuela Jacinta no tenía plata para comprarle una cometa. Que solo tenía para un trompito y ‘que tenga cuidado en no perderlo, porque no le iba a comprar otro igual’.

El padre de Unga era vigilante de una empresa constructora. Tiene mucho dinero. Por eso le compraba a su hijo diversos juguetes que Unga compartía solo con sus amigos más fieles. Yuyito es el menor de todos y es, además, su primo hermano. No permitía que nadie lo molestara o insultara. Por eso Yuyito se excedía con las bromas y las burlas. Sabía que no le pasaría nada si Unga estaba siempre allí para protegerlo. Papilón tiene un año menos que él y es su mejor amigo. Con su ayuda, Unga reinaba en esa pequeña cofradía de amigos del barrio, de una lejana comunidad de Villa El Salvador.

Juan José es dócil y neutro. No se hace problemas con nadie. Se reía de todo y no guardaba rencor alguno cuando alguien lo ofendía. Tenía, en Rodrigo, un amigo más con quien alisaba la punta de su trompo con restos de papel lija. Con él, compartía los escasos juguetes que la abuela Jacinta le compraba con la ayuda de su pensión. Pero sus tesoros más preciados eran los juguetes que él mismo se fabricaba con trozos de maderas, chapitas, sorbetes y cualquier objeto desechable que encontraba en el arenal. Construía, con suma facilidad, carritos. Muñecos. Castillos. Robots. Naves espaciales. Tenía su propio arsenal de juguetes hechos a mano, que competían en desigual lid, con los preciosos juguetes de plásticos que Unga traía del mercado.

Todos se acercaron a inspeccionar el curioso juguete nuevo de Unga. Todos. Rodrigo, sin embargo, se acercó para ver la parte de atrás. ¿Cómo estaba construido este precioso objeto volador? No parecía tan difícil de hacer uno igual, pensaba. Rápidamente se percató que el esqueleto de la cometa era más bien tres carrizos cruzados entre sí. Y el carrizo era lo que más le sobraba, ya que justo de ese material estaba hecho el techo de su casa: inmensas cañas que cruzaban sus habitaciones y sostenían los plásticos que soportaban, a veces, toda la lluvia que caía sin misericordia. El resto era más sencillo: papel pegado con goma en el esqueleto de carrizo y una cola que caía de la cometa, hecha de varios trozos de tela. Midió todo lo que tenía que medir. Se percató de las distancias y proporciones. Y así, sin decir una palabra más, se fue corriendo a su casa y no volvió a salir hasta después de almuerzo.

Todos estaban en el mismo descampado volando la pequeña cometa de Unga. Todos hacían cola para poder volar ese objeto por los aires. El viento de las lomas de los cerros de Villa el Salvador hacía que el vuelo de la cometa se vea más esplendoroso. De pronto, vieron a un niño trepando la ladera con un objeto inmenso de color ocre. Tenía un ovillo de pabilo que estaba atado a esa inmensidad que, en un principio, no se sabía qué era.

Todos se quedaron impresionados al ver a Rodrigo con una descomunal cometa que doblaba el tamaño de la de Unga. Y se quedaron impresionados no solo por el tamaño si no por ver cómo estaba hecho este amorfo juguete: de papel periódico y restos de tela que más bien parecían retazos de un viejo pantalón rojo de Rodrigo. Todos se rieron con temeridad y nerviosismo: “¡Mira, es de papel periódico!” “¡Esa cochinada no va a volar!” “¿Quién te lo hizo?”. Solo Juan José sabía de la habilidad de Rodrigo, así que se acercó a él y le dijo: “Te ayudo a volarlo”. Tomó la cometa y cruzó el arenal sujetando ese deforme juguete que no tenía una perfección tan minuciosa como la cometa de Unga, y más bien parecía un híbrido mal hecho y deforme, pero dentro de sí, Juan José presentía que sí podía volar.

A una considerable distancia y pidiendo dentro de sí mismo “Vuela, por favor, por favorcito, vuela, por lo que más quieras Diosito, haz que vuele. Vuela, por favorcito, vuela, por favor, por favor…”, Rodrigo Le gritó a Juan José: “¡Suelta!” Y empezó a correr y correr con todas sus fuerzas y sin mirar atrás. No quería presenciar si la cometa volaba o no. No quería regresar a casa porque había utilizado el periódico del día y la abuela Jacinta se molestaría mucho con él y le jalaría las orejas. No quería sentir la burla de nadie. No quería mirar atrás para ver a sus amigos quienes, seguramente, se reirían al ver que su rarísima cometa no volaba.

De pronto, escuchó una voz que lo hizo vibrar dentro de sí. Unas palabras que Juan José gritaba y que Rodrigo jamás olvidaría: “¡Está volando! ¡Está volando!”. Y así, llevado por la confianza de escuchar la voz de la única persona en quien confiaba, por fin pudo voltear. Vio como su cometa se enseñoreaba en medio del viento. Cabeceando de un lado a otro como si fuera un animal alado y salvaje que necesita ser domando. Por eso, con constantes vaivenes, jalaba el pabilo con mucha fuerza una y otra vez… hasta que la cometa se quedó inmóvil y firme en el aire. Vio a ese objeto pesado flotando en el viento como si fuera un simple truco de magia. Y por fin detuvo su carrera. Soltó más y más el pabilo. Y la cometa se alejaba mucho más… Unga ya no miraba ese juguete de colores que su padre le había regalado. Solo miraba esa cometa hecha de papel periódico que tenía una forma más bien diferente y que volaba más lejos que la suya.

Rodrigo sintió algo muy parecido a la distensión. A la tranquilidad. Podría haberse burlado, como bien ellos lo hicieron. Podría haberse ufanado como Unga lo hacía. Podría haber envenenado ese sublime momento con una risa burlona. Podría haber hecho tantas cosas alimentado por la venganza y los naturales impulsos de revancha. Pero, en vez de eso, miró a su mejor amigo y le dijo: “Toma, vuela la cometa… que es tuya, también”. Juan José no se demoró un segundo en agradecer y sostuvo el pabilo para poder sentir cómo la fuerza del viento impulsaba a esa cometa a volar más y más lejos. “Yo me haré otra”, continuó Rodrigo, mirando cómo su juguete nuevo se empequeñecía cada vez más por la distancia.

Regresaron a sus casas al anochecer. Juan José le agradeció por el regalo y lo abrazó como pocas veces abrazaban a Rodrigo. Unga no se despidió. Los demás se quedaron viendo a ese muchachito quien se iba a su casa de esteras donde vivía solo con su abuela, ya que no tenía padre ni madre, y no pudieron evitar sentir un poco de envidia por lo mucho que él tenía.

Rodrigo entró en silencio a su casita de Villa el Salvador con una inmensa satisfacción estampada en su rostro y, mientras la abuela Jacinta renegaba por no encontrar su periódico del día, él se fue directo al baño a cepillarse los dientes porque no quería que le salgan pericotes de la boca.

Crónicas  23 / febrero / 2011 
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  • 1. Oscar Cáceda  |  febrero 24th, 2011 at 9:36 am

    ¡Que excelente Iparraguirre! Has hecho que recuerde momentos de chibolada. En Barranco alto, mi barrio, nadie hacía ni elevaba cometas como yo.
    Un abrazote.

  • 2. brekiaz  |  febrero 25th, 2011 at 11:28 am

    Exelente, un relato grandioso!!
    me ha gustado mucho!!
    recordar esos tiempos de juegos con los amigos de peque , siempre vienen bien recordar.
    un beso.

  • 3. Omar Gavidia  |  marzo 1st, 2011 at 4:44 pm

    Antonio, mi tío, hizo mi primera cometa de carrizo, al inicio era muy pesada pero con el cuchillo de mi abuela Olinda, le bajo el carrizo y se hizo liviana, le puso periódico y de cola dos polos rotos….yo la jale para que el me diera la orden… “suelta” y así lo hice…segundos luego, la cometa ascendió rápidamente y a esa misma altura mi admiración por mi tío Antonio…hoy casi 25 años después es mi mejor amigo y aun hoy me da la oportunidad de “soltar” la cometa…gracias por el recuerdo mi viejo.

    Omar

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