El chato Roger
Los amigos de la adolescencia son a quienes más extraño. Ellos se colaron dentro de mí y no me molesta. Me encanta que así sea. Muchas veces, al salir del trabajo y al pasar cerca de la casa de alguno de ellos, me lleno de un sentimiento muy similar a la nostalgia. La cantidad de risas y lágrimas son los motivos que hicieron de ellos, amigos del alma. Amigos con derecho a todo. Amigos para la eternidad, así estemos alejados por el trabajo, la familia y el estrés. Amigos que, llenos de pueriles borracheras y cantos de boleros, hicimos de esa palabra llamada amistad, algo más que un barco frágil de papel (no te ofendas, Alberto Cortez). Historias que no contaré. Historias que llegan a mí con mucha naturalidad. Esta es, sin embargo, una pequeña anécdota que arranqué del olvido.
Roger y yo teníamos la misma edad. Ambos éramos cómplices en todo. Desde las palomilladas de no pagar los pasajes en los microbuses hasta hacer competencias de eyaculación. Éramos unos jovencísimos mamíferos en busca de lo diferente. De lo pendejo. De lo descortés. De la majadería frente a los padres quienes nunca supieron controlar nuestros impulsos suicidas (algo que no tenían que hacerlo, tampoco).
Roger era un tipo de baja estatura, poco peso y mucha calle. Él siempre fue quien llevaba las riendas de la relación amical. Éramos de la misma edad, repito, pero ‘el chato’ aparentaba ser mayor. Si alguna vez alguien nos molestaba o me faltaba el respeto con ánimos de bronca, allí salía el chato pendejo para que, con su floro lleno de lisuras y matonería de barrio, bajara de su pedestal al pobre pavito que me quería molestar. Roger era mi hermano. No había más. No sabía cuáles eran los cánones de convivencia entre hermanos de sangre, pero la relación que tenía con él lo superaba con creces. Me sentía protegido con él, y no era para menos: todo chato majadero irradia miedo y, por añadidura, respeto. En cambo, un tuberculoso morenito con su cortesito de cabello tipo coliflor (yo), pues más bien provocaba risa.
Sí pues, tenía mi corte honguito, ¿y qué? (no saben lo lindo que me quedaba). Allí estaba, con los encantos de chibolo pipiléptico dando mis pequeños brincos de seductor frente a algunas quinceañeras que se apostaban en las discotecas que frecuentábamos. Fue así que conocí a Karina, una chica que, a simple vista, era un buen prospecto para continuar la amistad con mi ‘hermano’ Roger. ¿Por qué?, se preguntarán. Pues resulta que Karina tenía una hermana de solo dos años mayor: Hilda. Con ella, el chato Roger hizo de las suyas: Primero, la sacó a bailar. Luego la invitó con mucha cortesía al cine. Y cuando ya estaban juntos, o sea, cuando ella ya había dado el sí, pues ese caballerito que aparentó ser en el cortejo… desapareció como por arte de magia. Se lo tragó la tierra. Le miraba el trasero a todas las chicas que pasaban cuando estábamos los cuatro juntos y esbozaba, sin el menor pudor, una sarta de groserías disfrazadas de piropos. Él creía que con esas posturas insolentes subía sus bonos de macho: “¡qué rico culo, por la concha su madre!”, exclamaba sin ninguna mueca de vergüenza o resquemor. A mí me daba mucha risa, pero me contenía frente a todos. Hilda, afectada y avergonzada, no podía escatimar queja, menos Karina, así que yo era el indicado para poner un parche, pero me tomaba por marica y eso, a la edad que tenía en ese entonces, pues me avergonzaba horrible y bajaba todas mis revoluciones de un solo golpe. Como aquella vez que le intenté leer un poema de Gustavo Adolfo Bécquer y me dijo que no existía en todo el universo hombres más maricas que ese ‘culo roto’ de Gustavo Adolfo Bécquer y yo.
Roger, así mal educado y mordaz, era mi amigo. Mi mejor amigo. Varias veces, trepados ambos en el techo de su casa, mirábamos, excitadísimos, a una vecina suya quien se bañaba con la ventana abierta: la esbelta Fabiola quien era evangelista (de esas personas quienes tocan la puerta de tu casa para venderte una revista llamada Atalaya).
Luego de dejar a nuestras chicas, luego de ‘los chapes’ en los rincones oscuros de la cuadra, nos íbamos a un bar cercano a escuchar boleros de Iván Cruz, Carmencita Lara, Lucho Barrios, etc. Allí, sentados en un rincón de esa cantina, comentábamos qué partes del cuerpo de la fémina habíamos tocado en nuestros ‘chapes’. Qué travesuras habíamos hecho con nuestras manos con el consentimiento de la enamoradilla de turno. Y así, ebrios, nos íbamos cantando por las silenciosas calles, pateando los tachos de basura, recordando alguna letra desgarradora de un bolero cantinero y gritando con el alma en las manos: ¡Arriba Alianza, carajo!, mientras todo el país dormía plácidamente.
Alguna vez, sentado en la misma silla del mismo bar, me dijo que Hilda lo había terminado. Normal, hay muchas pendejitas por allí, me dijo. Me quedé sorprendido por la noticia pero, a pesar del duro golpe que sentí cuando me lo contó, me tranquilicé de saber que a él no lo había afectado tanto como pensé en un primer momento.
Y así, los tragos pasaban y pasaban, como siempre. De pronto, me percaté que, disimuladamente, lloraba. Primero fue con vergüenza y con disimulo. Luego, la vergüenza se fue para que los llantos se hicieran más sonoros. Me asusté, claro. ¿Qué debió pasar por su cabeza?, me pregunto ahora luego de tantos años.
Y allí estábamos: un par de niños jugando a ser adultos. Uno de ellos llorando por amor, y el otro sin saber qué hacer. El dueño de la cantina nos botó como botaba a cualquier borracho que se pasaba de vueltas. Antes de irnos, sin embargo, el chato reaccionó y le mentó la madre con una ira que le salió desde sus entrañas. Lógicamente, nunca más regresamos.
En el camino a casa, nadie gritó ‘arriba Alianza’, como siempre lo hacíamos. Los tachos de basura estaban incólumes. ¿Y ahora qué hago?, me preguntaba cabizbajo, mientras Lucho Barrios cantaba “toma este puñal y ábreme las venas”. Y yo no sabía qué contestarle. Fue la primera vez que lo vi vulnerable. Tocado. Desecho. Como aquella vez que repitió de año y se fue de su casa y durmió en la mía por temor a que su padre lo encuentre y le vuelva a pegar. Como cuando perdía Alianza. Como cuando a Fabiola se le ocurrió ya no bañarse con la ventana abierta. Como cuando le robaron toda la ganancia por la venta de caramelos en los microbuses de todo un día. Como cuando su madre murió y se sintió, por primera vez en su vida… solo. ¿Y ahora qué hago?, me preguntó… y no supe qué responderle.
El chato Roger era mi mejor amigo. La vida nos separó por puros caprichos. Pero, ahora que paso con mi auto frente al balcón de su casa, luego del trabajo, pienso en la cantidad de veces que jugábamos a ser hombres. A quién se sabe los nombres y apellidos de todos los jugadores del campeonato local. A quién vende más caramelos en los microbuses. A quien canta con más pesar una vieja canción de Guiller, El Rey de las Cantinas. Porque la vida era de hombres que cantaban a sus mujeres de esa forma, no con versitos cursilones como los del ‘culo roto’ de Gustavo Adolfo Bécquer.



1. Carlos | abril 11th, 2010 at 3:09 pm
¡Arriba Alianza, carajo!
2. Anita | abril 12th, 2010 at 6:13 am
PS.- A mí tampoco nunca me gustaron los poemitas de Bécquer, pero se le pasó un poquito la mano al chato Roger con sus calificativos jeje
3. Oscar Pantoja | abril 12th, 2010 at 12:03 pm
Que tal chato este, todo un personaje. Como bien se dice, de muchachos mostramos a través de nuestro rostro y nuestros actos lo que queremos que vean en nosotros, pero la procesión siempre va por dentro. Buen relato Lucho, un abrazo
4. Oscar Sánchez | abril 14th, 2010 at 9:19 am
poca sensibilidad la de Karina.
Becquer es genial y además español, así que yo también soy maricón.
por lo demás, bonita apología de la amistad.
5. Luis Iparraguirre | abril 15th, 2010 at 9:25 pm
Oscar Sánchez: Mi estimado, no te ofendas por eso. Bécquer es tan impresionante que no es español, es del mundo. Igual he quitado el gentilicio en mi texto para que no se piense mal. Recuerda, es un cuento. Solo eso. “Ya que podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”.
6. Fabio | abril 18th, 2010 at 8:33 pm
Hola Luis, hace unos meses ingrese a la universidad, catolica para ser exacto, por presion familiar elegi la carrera de Gestion y alta Direccion, dicen que Literatura y Periodismo solo acabarian con mi ya acabada vida. Eres Periodista, verdad?. Solo una consulta, según la vida que llevas, ha valido ser Periodista de profesión, digo, en verdad lo vale?
7. Oscar Sánchez | abril 26th, 2010 at 7:30 am
Luis, no me enojé.
Si me estaba riendo cuando lo escribí.
Un abrazo.
8. Christian Guivin | abril 27th, 2010 at 6:12 pm
Dos cosas
La primera: cuál es el sentimiento muy similar a la nostalgia?
La segunda: dices que a esa edad te avergonzaba que te tomen por marica, y ahora?
PD: Me gustó el cuento, la forma cómo explicas, sin explicar, por qué el CHATO ROGER, es como es, me agrada mucho.
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