Cagones, a mucha honra
Una tarde, cuyo recuerdo se me hace jodidamente doloroso, cruzaba la sala de mi casa con un poco de despreocupación para llegar a la computadora y revisar las noticias del día. Cruzo la mesa y veo, de reojo, un inmenso calendario de Universitario de Deportes en el que estaban algunos niños quienes, seguramente, formaban parte de las canteras del club. No le di importancia y me senté en el mismo sofá desde donde estoy escribiendo, precisamente, estas letras. Puedo escribir una caprichosa combinación de palabras para narrar lo que pasó. Lo único que quiero que comprendan, sin embargo, es lo que en ese momento sentí, sin usar adjetivos que traicionen la objetividad. El recuerdo de aquel calendario encima de la mesa no me dejó leer con tranquilidad las diversas noticias que llegaban a mi computadora. En casa solo hay un hincha de la “U”: mi padre. Pero esa simpatía nunca lo llevó a conseguir almanaques o chucherías del club, entonces ¿De quién es ese calendario?, me preguntaba. Fue en ese instante que mi rostro comenzó a desfigurarse. Cristian, mi pequeño hijo, tiene seis años y es, desde que nació, hincha de Alianza Lima porque así lo decidí (en este caso el autoritarismo, disfrazado de amor, ganó). Pero esta decisión unilateral no era compartida por mi papá ya que siempre decía que Cristian será, como él, una gallina. Así que, por una fuerza invisible, fui impulsado a sostener con terror ese almanaque y lo que vi en esa imagen era una abominación. Fue en ese momento en el que todos los vecinos de mi cuadra escucharon un alarido desgarrador, muy similar a una mentada de madre.
Allí estaba. Un chico delgado y distraído. Un muchachito que tenía un rostro más bien de desagrado. Como diciendo, muy desde el fondo, “Yo no quiero estar aquí”. Un chico apartado y lejano. Un muchacho que no era parte de esos chicos alegres y distendidos que estaban acompañados de ese señor sonriente quien, al parecer, era su profesor. Allí estaba, repito. Un niño que de seguro le picaba el cuerpo por tener puesta una camiseta que no era la de él y que la portaba de forma desaliñada. No era un niño feliz. Las fotos no mienten: ¡No era un niño feliz!
Piensa. Cálmate. Es tu padre: no puedes matarlo. Piensa. ¡Denúncialo! No. Incendia el estadio. Eso. Eso. Pero primero, lo primero. Siempre hay un cómplice para todo crimen. Siempre. Y allí, en mi casa, se había cometido uno contra mí. ¡Mi propio padre me estaba jugando sucio! En ese momento no estaba, así que sabía que mi madre era su cómplice y era quien tenía que pagar por los platos rotos. Enfurecido y lleno de ira crucé la puerta de su cuarto. La encontré viendo novelas, para variar. ”Madre”, le dije. No me contestó. Los infelices que salen en pantalla llorando fingidamente sus penas, valen más que su estúpido hijo: un vago de 35 años que sigue viviendo con ella y que no se puede planchar una simple camisa. Pero allí estaba yo, tratando de imponer mi autoridad. Una autoridad que se me había robado. Así que me acerqué sin temor al televisor y se lo apagué… luego que amenazara con botarme de la casa, volví a encenderlo: los padres son muy abusivos.
Igual le dije. Mostré. Grité. Enrojecí. Señalé. Vomité todo lo que tenía que tenía que vomitar. Estaba en mi derecho. Dios sabe que estaba en mi derecho. Y por fin callé. “Habla con tu papá”, me dijo serena sin mirarme a la cara. Ella solo esperó que terminara de llorar para decirme eso. No se dignó a cruzar más palabras conmigo porque justo estaba viendo una parte importante de su novela favorita llamada “La calle de las novias”.
Me fui a la sala a esperar a mi padre. Lo tenía que encarar. Tenía que borrar cada detalle de inseguridad. Vamos, no soy un niño. ¡Me tiene que escuchar! Llegó con Cristian. “¿Qué significa esto?”, le pregunté. “Eso significa que tu hijo será el goleador de la “U” en esta temporada”, dijo sin mirarme a la cara. “Si él va a jugar fútbol este verano quiero que juegue en Alianza Lima”, le dije. “Si quieres que juegue en Alianza, paga tú”. Al decir esto se fue a su cuarto. Me dejó mudo parado en el mismo lugar donde me encontró. Abuso. Mucho abuso. Él sabe que soy un misio. Que no tengo dinero para matricularlo siquiera en El Cantolao. Todo lo que puede hacer el dinero, pienso. Y a un costado estaba mi hijo, mirándome. Tenía miedo preguntarle. Mi madre me abandonó por una novela. Mi padre por un equipo. ¿Qué podía esperar de mi hijo si todos los seres en quien confiaba, me abandonan? “¿Eres gallina o eres cagón?”, le pregunté a quema ropa. Tiene seis años es cierto, pero si ya viste una camiseta, ya es un hombre, pensé. Así que puede contestar una simple pregunta. “Responde: ¿Eres gallina o eres cagón?”. “Soy cagón, papá”. Me dijo sin vacilar. “¿Y qué significa esto?”, le volví a disparar mostrándole el almanaque de la vergüenza. “Mi abuelo quiere… yo no quiero”. Me dijo todo niño. Todo pequeño. Diminuto. No era un hombre hecho. Era un niño indefenso quien sigue las sendas que le señala la autoridad. Sendas que incluso lo obligan a vestir camisetas que van en contra de su naturaleza. “¡Si te vuelves socio de la “U”, Cristian entraría gratis a la piscina del club!”, bramó mi padre desde su cuarto. “¡Me cago en la piscina!”, grité desde la sala y sostuve a mi hijo de la mano para llevármelo a comer una hamburguesa, mientras escuchaba el eco de unas carcajadas.
***
Allí estábamos en el Lolo Fernández después de tres semanas que Cristian había empezado a practicar. No quise ir hasta ese entonces a verlo ya que sentía algo de pudor. Fui porque me dijeron que, de los más de cincuenta niños que se habían matriculado para estas vacaciones, Cristian había sido seleccionado junto a otros once muchachitos, para representar al club en la tradicional Copa Crema. “Tu hijo es un gran delantero y le han dado la camiseta número once”, me dijo mi orgulloso padre. “Anda a verlo, carajo, ya es hora que lo veas”, añadió batiendo las alas. Y allí estaba, esperando que Cristian salga a la cancha a jugar este amistoso con en el que debutaría a manera de entrenamiento antes de jugarse el campeonato. Y salió. Todo de crema. Con la número once y con el cintillo de capitán. Oh, si lo hubieran visto: Toda una gallinita a punto de volar.
Seis a cero, ganó su equipo. Cristian le quitó la bola a un jugador y, desde fuera del área grande, sacó un disparo esquinado y alto, como mandan los libros. Ni el Pato Fillol la tapaba. Golazo. No lo grité, por supuesto (la verdad, lo grité con todas mis fuerzas). Cristian lo gritó y vi la alegría en sus ojos. Vi una satisfacción que solo veía en él cuando jugaba conmigo aquellos juegos sin sentido con los cuales nos uníamos cada vez más. Y presentí que, quizá, se me esté yendo por el camino equivocado. No puede ser, pensé. Reponte de estos impuros pensamientos, me decía. ¡Oh Dios mío! ¡Qué puedo hacer con mi hijo! ¡Dame fuerzas para combatir al mal y llevarlo por el camino correcto! A un extremo de la cancha, mi padre, su abuelo, sonreía con una maldad sin fondo.
Es así que, llevado por un miedo que no pude ocultar, quise llevarlo al estadio para alentar a nuestros colores y hacerle recordar el amor que uno le tiene a la camiseta que nos acompañará por el resto de nuestras vidas. Así que me percaté que Alianza Lima jugaba su primer partido por la Libertadores contra Jaguares de México. El año pasado, en una actuación divina, endiablada y magistral, le ganamos por cuatro goles a uno al poderoso Estudiantes de Argentina, último campeón de La Libertadores y que tenía, además, a la Bruja Verón como máxima figura. Al lado de ellos, Los Jaguares deberían de ser un equipillo de liliputienses. “¡Cinco goles!”, le dije a Cristian, camino al estadio. “Cinco goles le meterá nuestro Alianza a ese club compuesto por El Chavo del Ocho y el profesor Jirafales”, le decía, mientras él, hermoso con su camiseta blanquiazul, cruzaba el templo de Matute.
Al final, nos metieron dos goles esos hijos de puta. Dos a cero, quedó el marcador. ¿Por qué siempre tenemos que perder? ¿Por qué seremos tan, pero tan cagones? ¿Por qué justo este partido en el que quería mostrarle a mi hijo lo grandiosa que es nuestra camiseta, pierden con un equipo llamado Jaguares? ¿Qué equipo que se respete se llama Jaguares? ¡Por Dios! ¿Por qué Mario Vargas Llosa tiene que ser hincha de la “U”? Si quieren les cambio a Rubén Blades por Mario Vargas Llosa. ¡Hasta Bryce es hincha de la “U”, por la puta madre!
Y así, bajo las luces que emitían las farolas de La Victoria, nos fuimos agachados y mudos. Cristian estaba en silencio. Y yo miraba cómo perdía su atención entre vendedoras de camisetas, hígado frito y gaseosas. Mientras no íbamos pensé en que quizá mi padre tenga la razón. En que, tal vez, Cristian sufriría menos si es hincha de la “U”. No sufriría como yo, pensé. De pronto, mi hijo volteó y me preguntó “¿Cuándo volvemos juntos al estadio a ver a Alianza, papá?”. Casi lloro, lo admito. “Cuando quieras, hijo”, le dije. Y, regresando a casa, le prometí que en el siguiente verano, tendría más dinero para poder matricularlo en el Alianza Lima. Que siga jugando y que siga divirtiéndose, le dije. Que lo iré a ver, como todos los días. Que siempre estaré con él. Y así, en ese viejo taxi que tomamos juntos y derrotados, tarareamos ese viejo estribillo que identifica siempre al hincha de Comando Sur: “No puede ser blanquiazul, aquel que no haya llorado, aquel que no haya sufrido, cantando aquí en Sur. Esta, esta es tu hinchada, la que grita, la que canta, la que deja la garganta y también el corazón”.




1. Omar Gavidia | marzo 1st, 2011 at 4:31 pm
Me dejaste recordando un viejo cuento de un viejo amado que se fue hace no mucho, Mario Benedetti, no solo por la prosa (o falta de ella), sino por tener la sensibilidad de hacer de algo tan cotidiano, un relato digno de ser contado en forma “épica”, donde los sentimientos y las emociones dejan un claro trazo que seguir…
Me conmovió el relato…pero casi a la par, me dejaste ver que tal vez y solo tal vez las mejores decisiones y los goles mas gritados aun están por venir…
Omar
2. Lucho | marzo 2nd, 2011 at 8:14 am
Hola,
Para animarte, te diria que no se que tan hincha de la U es realmente Vargas Llosa. Pregunto: Que hincha REAL de la U, que verdadera gallina, diria “que viva la U” en vez del tradicional “y dale U”!!!??? (ver http://www.elmundo.es/america/2011/02/03/deportes/1296773898.html). Creo que eso mas tiene que ver con un homenaje que dicho club quiso darle, con el deseo de no desairar dicha invitacion y con un recuerdo de infancia del escritor, lejano del todo, pues es conocido que los deportes que el mas practico fueron la natacion y el boxeo.
Para desanimarte, te dire que Varguitas tampoco pudo trasmitir su supuesto hinchaje a Alvaro, su hijo, pues ese muchachon es aliancista.
Que mas? Arriba Alianza, por supuesto.
Lucho
3. roberto arevalo | marzo 3rd, 2011 at 7:02 am
lucho tu viejo es mas inteligente q tu por eso q es hincha de la U jejeeje y y este año universitario minimo es finalista de la copa sudamericana y campeon del 2011 en peru,apostamos????
4. Luis Iparraguirre | marzo 7th, 2011 at 10:13 am
Omar: Gracias por tu lindo comentario. Vendrán más goles, eso es seguro.
Lucho:Siempre. Alianza arriba.
Roberto: Oe, cuándo vienes a Lima?
5. Gonzalo Alonso | abril 19th, 2011 at 6:00 pm
Luis:
Te felicito mucho por tu crónica, me haz hecho reir con lo ocurrido con tu hijo , es increible como apesar que algunas cosas siempre las llevamos dentro hagamos lo que hagamos. Te cuento que soy hincha crema , pero soy fanático de la literatura y de la buena prosa , te felicito por tu relato , esperemos que escribas otros más.
Saludos
6. Yo | mayo 28th, 2011 at 12:20 am
Jamás cambiaríamos a Rubén Blades por Mario Vargas Llosa. Y lleva a tu hijo pronto a sur…
7. Jorge Atarama | julio 26th, 2011 at 1:18 pm
Buena Luis, soy hincha de la U, de pequeño me divertía en la tribuna cuando en cada clásico había enfrentamiento con cánticos en las barras. Siempre tuve grandes amigos aliancistas y de todo equipo, no entiendo como ha degenerado todo a tal punto de hasta propinar la muerte por no tener la misma simpatía. Faltó mencionar a Julio Ramón Ribeyro que enterado de su enfermedad terminal iba a tribuna de oriente luciendo su vincha a alentar a Universitario. Y María Reiche que venía desde Nazca a ver a los cremas. Hay celebridades por todos los equipos, Augusto Polo Campos del Municipal y Nicomedes de Santa Cruz del alianza lima. Saludos
8. Roberto | julio 26th, 2011 at 1:50 pm
Luis, me conmovio tu relato, pero estas cagado y condenado a sufrir. Deja que ese niño tenga el destino de ser un Crema feliz. Y dale U
9. Jhon Campaña. | julio 26th, 2011 at 2:33 pm
Broooer.. eres un simple cagonaso sin vida , sin trabajo sin nada que hacer y lo peor que eres envidioso… hay personas inteligentes y ovbiamente tu no eres uno de esas personas porque eres kgon .. eres hincha de un club que bajo a segunda dos veces .. no te da verguenza ? .. y otra cosa BUSCATE UNA VIDA , UN TRABAJO Y NO ESCRIBAS HUEVADAS.
10. kevin | julio 26th, 2011 at 4:33 pm
Primero que todo, felicitarte por este espléndido relato que nos dejas. Soy hincha a muerte de la “U” y voy a Norte. Pero así como a tí te gusta lo que hace Vargas Llosa, déjame decirte que estos parrafos me encantaron. También estudio comunicaciones y soy re flojo. “Y dale U”
11. Gustavp | agosto 16th, 2011 at 7:20 pm
AL por siempre…hasta que la muerte nos separe
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