Domingo 6 de marzo, 2011

Adiós, amor

Más torpeza que precisión. Más ansiedad que serenidad. Cuántas veces había visto esa escena en sus fantasías de cama. Cuántas veces sintió la necesidad de un poco de ese placer que estaba a punto de llegar. Igual trató de someterse a un leve instante de tranquilidad. De frescura. No era un espectáculo diario. Quería disfrutarlo. Al frente de sus ojos estaba: inmóvil y húmedo. El color más bien era de un claroscuro sugestivo y delicioso, con algunos brotes de pequeñas protuberancia que formaban parte de aquel pezón que, segundos antes, estaba aprisionado dentro de su boca. Pasó sus dedos por todas esas voluptuosidades. Sintió cada placer que su tacto podía entregarle. Ninfas de sueños. Diosas de la carne. Musas de la poesía. Deseo. Pasión. Lujuria. Pecado suyo. ¡Oh!, Cuánto amor le tenía. 17 años de granos y rock and roll corrían por sus pieles vírgenes. Intocables. Tersas. Afiebradas. Te amo, le dijo. Yo también, le susurró. Mientras posaba sus labios encima de los suyos, despojó la última tela que tenía que caer para poder liberar al sexo que ardía del deseo. El eco de una conocida canción de Black Eyed Peas enmudecía los cortos gemidos de placer. Prométeme que nunca me dejarás, le pidió mientras sostenía su miembro desnudo y endurecido. Lo prometo, mi amor, le contestó.

Tan rápido pasa el tiempo en los cortos momentos de la adolescencia. Giros de carrusel donde ves pasar amistades, amores y desgracias. Andrés no tenía más intención que seguir amando a la mujer que la vida le había puesto en aquel lugar. No quería más. Su padre quería que fuese ingeniero. Él creía no tener más misión en la vida que ser feliz. ¿Ingeniero? Por Dios, se decía. ¿Para qué ser ingeniero? Amaba a Lucía. No tenía más sueños que cumplir que hacer realidad los sueños de ella. No tenía por qué luchar por quimeras personales ya que lo único que deseaba era vivir para escuchar cada latido del corazón de su amada. Cada suspiro. Cada lágrima. Vivir sus penas. Odiar a sus enemigos. Navegar junto a ella por los hermosos senderos que el placer te puede señalar. El corazón de Andrés era más bien puro y sin límites a la vista y estaba dispuesto a dejarlo todo por ella.

Lucía, en cambio, era de un carácter rebelde y libre. Se crió sola con su madre ya que su padre las dejó hace unos años y, por ese motivo, le cuesta mucho hablar de su progenitor frente a sus amistades. Cuánto amó, es cierto, a Andrés. Sin embargo, sabía que él la amaba más. Le encantaba ver cómo cumplía cada capricho suyo. Le fascinaba ver cómo se esmeraba por complacerla para verla feliz. En el fondo ese fue el motivo por el cual ella miraba más allá de sus logros. Más allá de ese pequeño amor que le tenía al buen Andrés. Tenía tres años más que él. ¿Quién sería capaz de juzgarla por lo que hizo? Pretenciosa como ella sola, aspiraba tener más en la vida que a un simple estudiante de la Pre Católica, quien tenía que pedirle dinero a su padre para poder ir a comer un helado o unas pocas monedas a su madre para tomar un refresco en la bodega de la esquina. Las discotecas ya eran un recuerdo nostálgico para Lucía. Andrés era más bien un chico tímido y sumergido en su mundo lleno de guitarras eléctricas y pomposos versos que tenían las canciones en inglés.

Cuánto hubiera dado él por no vivir ese día. Cuánto hubiera dado por volver a sentir ese amor lúdico y juvenil nuevamente en su cama en vez de estar llorando frente a ella. En vez de sentir cada espasmo de odio. De resentimiento. De súplica, que en ese momento sentía. Ya no te amo, le dijo sin el menor reparo. Por favor, no me hagas esto, le suplicó. Una tras otra, las lágrimas cayeron al suelo suplicando un poco del cariño que ya no tenía. El mismo cariño que, por mucho tiempo, consideró que era el motor de su misma vida. ¿Qué hago ahora?, le preguntaba, y ella le dijo, simplemente, no lo sé. Y así, mientras su rostro no se inmutaba por aquellas muestras de flaqueza, mientras ella no mostraba ni un pequeño rasgo de misericordia para aquel muchacho quien todavía tenía el sabor de sus pechos en la boca, se fue de su lado al sentir el bocinazo del carro de su nuevo enamorado quien la esperaba, a media cuadra, para ir a bailar juntos al Sargento Pimienta del distrito de Barranco.

***

Veinticuatro años tiene ahora. Nuevamente el amor hace sensible las fibras de su ser. Nuevamente se sumerge sin temor en las tibias aguas de las canciones en francés. Giovanna tiene dos años menos y él ya es un Ingeniero. Esta noche le pedirá que sea su esposa. No hay más que decir. Cree que la vida es maravillosa por darle otra oportunidad. Los olores del perfume que ella le regaló lo envuelven en un universo lleno de ternura y satisfacción por saberse reivindicado en el constante laberinto del amor. Sabe que este es su momento. La noche está fría y la chalina que se compró en el viejo mercadillo del Cusco no lo protege completamente del frío intenso que azota el distrito de Miraflores. Ingresa sin llamar al edificio de su departamento, aprovechando la salida de un vecino quien lo mira con algo extrañeza, y Andrés, sin saber el por qué de aquella perdida mirada, continúa su camino.

Portaba el anillo que había comprado en la misma tienda de antigüedades que su abuela lo llevó cuando vendió un viejo collar de perlas para poder comprarle el Play Station que tanto quería. Era un anillo brilloso y pesado. El más caro y bello que pudo encontrar. Ella lo merecía, se decía así mismo, como queriendo justificar el ostentoso gasto hecho unos días atrás. Al entrar a la habitación, lo primero que reconoció fue la imagen desnuda de dos cuerpos poseídos por el animalesco delirio del placer. No pudo distinguir a Giovanna hasta escuchar el mismo gemido que él escuchaba cada vez que se acostaba con ella. Por un segundo no los interrumpió. Por un momento quiso presenciar ese acto salvaje y repulsivo que estaba cargado de una rara poesía llena de oscuridad y belleza.

Al retirarse de la escena su respiración varió de golpe. Propuso soluciones inmediatas y todas le parecieron insuficientes. Sintió en el rostro la furia y la vergüenza de haber sido tan débil y tan estúpido por haber amado tanto. Recordó a Lucía. Recordó las veces que se sintió humillado. Traicionado. Y sintió que cada segundo de vida era un sufrimiento tan doloroso que ya no podía seguir viviendo. Mientras los gemidos de Giovanna se hacían más sonoros pudo, por fin, encontrar el arma que ella guardaba debajo del microondas y que portaba desde aquella vez que la asaltaron en la avenida Alcanfores.

Cruzó, nuevamente, la puerta de la habitación y apuntó hacia ellos sin el menor problema. Cada disparo estuvo acompañado de un gesto de dolor. De rabia. De venganza. El amante cayó primero encima de la cama. Ella pudo incorporarse… pero las balas la alcanzaron antes que pudiera llegar a un muro que cruzaba su rosada habitación. Al ver los dos cuerpos inertes, un silencio ensordecedor inundó aquel cuarto lleno de espanto y delirio. Fue en ese momento en el que Andrés sintió un leve sentimiento muy parecido a la satisfacción. Al desahogo. Y, por fin, pudo respirar como quería.

¿Será que todo amor es una simple ansia de carne? ¿Será que toda carne es deseo? ¿Será que todo deseo es dolor? ¿Será que amar a un trozo de carne que envuelve a una vida te lleva, indefectiblemente, al dolor? ¿Será que nunca se podrá amar sin sentir dolor? Por fin, pudo echarse junto a su difunta mujer: carne muerta y carne muerta en vida. En el suelo yacían frente a frente ambos con los ojos abiertos. Andrés no despojó ni una sola lágrima más. Vio como una laguna rojiza crecía y crecía cada vez más, hasta llegar a sus propias mejillas que estaban posadas en el suelo, y vio cómo esa laguna formaba un reflejo donde se podía ver esos mismos ojos que lo miraban sin parpadear. Después de unos minutos, puso el anillo en medio de aquel charco de sangre y el arma apuntando encima de su sien. Adiós, carne. Adiós, deseo. Adiós, dolor. ¡Adiós, amor!

Crónicas  6 / marzo / 2011 
Compartir
  • 1. Elmo Nofeo  |  marzo 7th, 2011 at 9:19 am

    Por amor no se sufre,
    se sufre por falta de amor propio como en el primer caso, o se sufre por egoísmo como en el segundo caso.

  • 2. Carlita  |  marzo 7th, 2011 at 9:39 am

    Waw… que fuerte…
    Lo que puede causar la desilusion combinada con la falta de amor propio

  • 3. Joselo  |  marzo 9th, 2011 at 5:54 pm

    Escuchaba “el tiempo es veloz” de Seru Giran mientras leia tu post… mala combinación…. si me sentía mal antes, ahora me siento peor!! jejeje… naah Ipa!!

    Post muy atractivo, como siempre :)

  • 4. perales  |  junio 4th, 2011 at 10:32 am

    vuelve..eskribe pues..se te extraña

Deja un comentario

Requerido

Requerido, hidden

Trackback  |  Subscribirse al feed de comentarios