¿Quién inventó el colegio?
Empezaron las matrículas en el colegio de Cristian, mi hijo. Veo a muchos niños que se esconden de sus padres y juegan entre sí como una oda a la alegría. Me encanta ver jugar a los niños. Claro, si mi hijo está allí, mejor. Me gusta verlos jugar porque me veo reflejado en ellos. Cuando yo era niño (no hace mucho, no se burlen), pues era muy juguetón. Arañaba la travesura y el delito de baja intensidad. Sin embargo, no siempre fui así. No siempre fui el primero que lanzaba los globos de agua o el primero en salir al recreo. No. Antes, en el colegio La Merced, donde estudié primaria, era un niño abstraído. Tímido. Huevón. Ahora, que matriculo a mi hijo y este no sé dónde se ha metido, pues recuerdo a mi colegio de primaria y recuerdo, también, a Romina San Martín.
Eran las seis y media de la mañana y yo odiaba el colegio. Detestaba levantarme temprano. ¿Quién habrá inventado el colegio?, pensaba. Lo reviviré y lo volveré a asesinar, decía muchas veces entre las risas de mis papás. Somnoliento, sonámbulo y golpeándome en las paredes de mi pasadizo, me dirigía al baño. Eran mis primeros días de clase y los curas y monjas me esperaban para darme mis clases de historia, matemáticas y demás. No me hablaba con nadie. Solo tenía un amiguito, Marco del Río, quien era el hijo de una amiga de mamá y a quien conocía desde siempre. Marco era mi único amigo. Sin embargo, él era muy maduro. Un niño diferente. Un niño adulto.
Una vez, a la hora del recreo, me dijo, mira a esa niña, y me señaló a una mujercita con el cabello negro, blanquísima, con unos ojos negros inmensos y una mirada dormilona que causaba risa. Hasta ese momento, en mi vida solo habían niños y niñas, y todos éramos iguales. Hasta ese momento, Romina San Martín era solo una más. Mira a esa niña, me dijo el muy vivo. La miré. Y, mientras la miraba, él me dijo: “es la más bonita del colegio”. Tenía siete años. Segundo grado de primaria. Lo recuerdo como si fuese ayer. Ella estaba hablando con otras niñas y, de pronto, sonrió y yo, a su vez, contagiado por su encanto, seguí su entusiasmo con otra sonrisa. Por primera vez en mi vida analicé físicamente a una mujer. Y recuerdo que, dentro de mí, se encendió algo que nunca se había encendido hasta esa mañana. Recuerdo que era alta. Dos o tres años mayor. Imposible. Inalcanzable. Totalmente utópico. Irreal. Una quimera. Ella volteó y yo me quedé prendido de su redonda mirada. Fue la primera vez que diferencié a una niña de un niño. Fue la primera vez que vi a una mujer.
Oh, las enfermedades del amor. Esas crepitaciones mudas que sentí en mi cuerpo no pararon por mucho tiempo. Mira esa niña, me dijo Marco. Y destruyó toda la estabilidad que hasta ese entonces tenía. ¡Maldito Marco! Y así, nos pasábamos ambos sentados en un rincón del patio viéndola caminar, hablar… Allí estábamos, en el mismo lugar en los dos recreos que teníamos, viendo vivir a nuestra pequeña musa como dos espectadores sentados en la butaca de un cine, con nuestros sanguches de pollo que nuestras madres nos habían preparado. Oh, Romina, la niña más bella que había conocido.
Un día, Marco no vino al colegio. Esa mañana, los espectadores de la película “Todos aman a Romina San Martín” estaba conformada por un solo veedor. Y así, de lejos, sin que ella supiera mi existencia, la miraba desde un rincón, mientras hablaba con sus amiguitas… hasta que terminó el recreo. Claro, primero que se vaya ella, luego yo. Mientras se iba, vi que algo se le cayó y ella no se dio cuenta. Petrificado me quedé al ver ese trocito de papel volando lentamente desde el cartapacio de ella hacia el suelo. Y, sigilosamente, me acerqué. Y me lo llevé. Y en la clase, miraba ese papelito rosado en el que admiraba su caligrafía.
Qué linda caligrafía, pensaba. Y la amaba más. Cada día más. Tenía una flor dibujada y su nombre completo “Romina”. Qué lindo nombre, me decía a mí mismo en mi clase de historia. Alumno Iparraguirre, sí profesor, ¿quién descubrió América?, Romina San Martín, profesor. Muy bien, y dígame ¿Quiénes fueron los tres socios de la conquista? Luis Iparraguirre, Marco del Río y Romina San Martín, profesor. Muy bien, muy bien y dígame, ¿Cuál es la obra de arte más importante del mundo?, esta florcita que la linda Romina San Martín ha dibujado en su post it rosado, profesor.
Nunca le mostré ese trocito de papel a Marco, nunca. Me lo hubiese quitado el muy abusivo. Así que lo pegué en la pared de mi cuarto y todos los días lo veía. Nunca les conté nada a mis padres. Nunca. Pensé que este cariño tenía que ser oculto y discreto. Total, mi vida era tranquila, solo veía dibujitos en mi casa, como Los Pitufos: me reía con Gárgamel y Pitufo Gruñón. Mi vida era simple hasta que la conocí: ya que me alegraba demasiado al verla, me entristecía cuando no salía al recreo y la extrañaba todos los días.
Una tarde, Marco me llevó a un rincón del colegio, debajo de unas escaleras, yo me preguntaba para qué me llevaría allí, y, de pronto, dio un beso al aire fuertísimo dirigiéndose a la parte alta de las escaleras… y se fue corriendo. Yo me quedé parado y dirigí mi mirada hacia arriba y allí estaba Romina, mirándome encendida de la ira. Ella pensó, seguramente, que le estaba viendo su ropita interior (mi mamá me decía que “calzón” era una mala palabra), pero yo no le vi su ropita interior. El molestoso de Marco del Río me había jugado sucio. Mi amigo me traicionó y no sabía qué hacer. La miré y le quería gritar: “oh, amor de mi vida, te juro, por tu caligrafía bonita y tu linda florcita, que nunca te vi la ropita interior, lo juro, lo juro”, pero me quedé callado de solo verla, y es que hasta cuando estaba molesta era linda. Y se fue. No me dijo nada. Solo se fue.
A la salida busqué al pesado de Marco para increparle, pero no estaba. Los que si estaban eran unos niños grandotes quienes, de una patada en mis piernas, me tumbaron al piso y el más gordo, luego de darme una cachetada, me dijo “no molestes a mi prima, huevón” y yo, llorando en el piso de un descampado frente al colegio, pensaba en que yo no quería ser un huevón. Pensaba, por qué Romina me acusó con su primo el gordinflón este, si yo no le vi su ropita interior. Por qué. Y, por un momento, alcé la vista, y ella se iba abrazada con sus amigotes grandotes, y vi que me lanzó una mirada lasciva y desafiante. Y así, se fue. Y yo, llorando en el descampado, me dije, ¡cómo odio el colegio! Yo no quería estar en el colegio. Por qué, me preguntaba, existe gente tan mala. ¿Por qué Marco del Río me hizo esto?, ¿por qué Romina San Martín no me quiere como yo la quiero? Y así, ‘la resaca de todo lo vivido (y sufrido) se empozó en mi alma’.
Luego, en mi casa, con el televisor encendido, miraba su caligrafía. Ya no quiero ser un niño, me decía. Y, molesto y triste, rompí ese trocito de papel rosado en el que estaba la obra de arte más importante del mundo: su florcita. La rompí y me dolió romperla. Me dolió mucho. De un momento a otro, sentí que algo de mi infancia se había ido para siempre. Por un momento, pensé que las cosas no eran así de sencillas en la vida. Que las niñas son muy diferentes. Que el amor duele. Que mejor es quedarse en casa viendo Los Pitufos y no ir al colegio. ¿Quién habrá inventado el colegio?, pienso mientras matriculo a mi hijo en el suyo y espero, de corazón, que no sea tan bobo como yo. Y así, con los trocitos de ese papel rosado flotando en el viento de mi cuadra, despedí a Romina San Martín de mi vida, mientras Gárgamel refunfuñaba a lo lejos: ¡cómo odio a Los Pitufos!



1. Oscar | Enero 31st, 2010 at 2:44 pm
Luis, las historias son muy buenas, pero por qué tienen que ser tan desgarradoras?Muy triste esta historia, pero así es el colegio y así son los niños.
2. marco del rio | Enero 31st, 2010 at 3:46 pm
ese homonimo mio era un csm…lo justo, como todos los del rio….y negro, en esa epoca no se usaban cartapcios sino trapper keeper…
3. juan carlos | Enero 31st, 2010 at 4:44 pm
Es curioso. No recuerdo haber sentido todas esas sensaciones con tanta intensidad en mi niñez. Si bien recuerdo que desde el kinder ya era muy enamoradizo (eso siempre dice mim adre), no creo que haya llegado a (vivir) sentir tanto como lo escrito aquí, pues se ve que todo lo acontecido desencadena a un individuo colérico y depresivo xD, tal vez hasta muy adelantando a sus años.
Me ha parecido excelente el relato. Me gustaría alguna vez tener un hijo y registrarlo en el cole, haber si puedo llegar a recordar y volver a sentir todas esas cosas.
PD: El final de Gárgamel no tiene precio.
4. Oscar | Febrero 1st, 2010 at 11:18 am
Lucho, creo que yo tengon unos cuantos años mas que tu (no tantos) pero a los siete años no recuerdo que los mas grandes nos busquen para golpearnos, pero, en fin. El amor no tiene edad y a los siete también nos enamoramos de nuestras compañeras del colegio o de nuestra profesora y ese es amor del puro. Gran relato Lucho, como siempre. Un fuerte abrazo
5. Luis Iparraguirre | Febrero 1st, 2010 at 11:22 am
Mi estimado Óscar, gracias por tu comentario, te contaré que la historia verdadera (que es con la que me basé para este cuento) el golpeado era Jofred y Marco del Río era yo. A mi primo le pagaron los primos de Liz (el verdadero nombre de la heroina) ya que la molestábamos mucho. En La Merced. Segundo grado de primaria: sí, los niños grandes pegaban a los niños chicos, como a mi primo, tu amigo.
6. Oscar | Febrero 1st, 2010 at 11:37 am
Que buena Lucho, quien se va a imaginar que asi eran las cosas en realidad. Asi que mi brother Jofred ha sido un huevas desde chiquitin. Cuando lo vaya a visitar se lo voy a recordar entonces. Grande Lucho. Un fuerte abrazo.
7. Daniela | Febrero 1st, 2010 at 5:27 pm
Luis! volvía tu blog luego de una notificación a mi MEIL jaja, creo q es bastante desgarrador y que para muchos es algo tonto, pero son esos detalles de la vida q hacen q una persona (un niñito) crezca y aprenda poco a poco, y es así como uno lo ve cuando es un niño como una parte muy desastrosa de su vida, algo que jamás olvidará.
Me gustó mucho.
AAAh! seguiré unos cursos libres de fotografía en ipad. Sí e enamoré de la fotografía, es tan genial.
gracias buen iparraguirre.
abrazos
8. Sol | Febrero 4th, 2010 at 6:13 pm
Analogía: Gargamel eras tú? él odiaba a Los na’vi (perdon, pitufos) asi como tu odiabas al colegio? cosas de la vida…la historia, al comienzo, me recordó al breve relato que le cuenta el Dr asesino Boris Gelman a sus colegas de la clinica, en la obra “El vuelo de la ceniza” de A. Cueto. Ah si, la infancia, época de pavadas…
9. L | Febrero 22nd, 2010 at 6:47 am
muy buena me gustó. Por un momento pensé q te hicieron tremendo daño.
10. lucia | Marzo 15th, 2010 at 9:32 am
putooooooo colegio de mierda no me mandes mas deberes pierdo el tiempo por tu culpa pero sabias que gracias a ti colegio puedo ver a un tio mazizorro que le llamo helado
recuerda putooooooo colegio
11. lucia | Marzo 15th, 2010 at 9:35 am
putooooooo colegio de mierda no me mandes mas deberes pierdo el tiempo por tu culpa pero sabias que gracias a ti colegio puedo ver a un tio mazizorro que le llamo helado
recuerda putooooooo colegio a por cierto menuda pollada la derie de bob esponja es una esponja que vive en en mar y su mejor amigo es una esrella de mar y ahi un viejo a mamrgado llamado calamardo que es un calamar besos luci mansito
12. lucia | Marzo 15th, 2010 at 9:36 am
putooooooo colegio de mierda no me mandes mas deberes pierdo el tiempo por tu culpa pero sabias que gracias a ti colegio puedo ver a un tio mazizorro que le llamo helado
recuerda putooooooo colegio a por cierto menuda pollada la serie de bob esponja es una esponja que vive en en mar y su mejor amigo es una esrella de mar y ahi un viejo a mamrgado llamado calamardo que es un calamar besos luci mansito
13. Monica | Julio 5th, 2010 at 8:41 pm
jajajaja, si pues Jofred era un huevas en el cole, yo lo se por experienca. saludos
14. Monica | Julio 5th, 2010 at 8:43 pm
muy buena historia,en realidad siempre me gusto la forma como expresas tus experiencias y pensamientos Luis, tu primo siempre me enviaba tus relatos a mi mail y desde ahi te sigo, FELICIDADES.
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