
Cuando era niño (no se burlen) era muy curioso. Demasiado. Algo casi clínico. Mis padres sufrían con mis arranques de investigador o preguntón y yo, feliz. Ahora, no sé en qué momento la curiosidad deja su esencia para convertirse en una insufrible travesura. No lo sé. Por eso, prefiero decir que era un niño curioso a decir que era un niño travieso. Recuerdo con dificultad algunos hechos vergonzosos. Algunos dolorosos. Otros costosos, como cuando le dije serio a mi madre, mientras ella estaba en la tienda: “mamá, no te asustes, pero la casa se está incendiando”. En todos esos recuerdos, en el que tenía a mi madre molestísima por las cosas que hacía (claro, incendiarle la casa era algo que gusto no la hace a nadie), siempre encontraba alguna sonrisa cómplice ya sea de mi padre o de alguno de mis abuelos. Jamás de mi madre, claro. Por eso, cuando me llega del colegio alguna nota informando las “travesuras” de Cristian, mi hijo, pues me cuesta mucho llamarle la atención. ¿Con qué cara o autoridad moral puedo corregir a mi hijo cuando yo era tan igual o peor que él?
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