Juan Ridículo tiene 20 soles en el bolsillo y quiere comprarse un reloj que vio en un puesto ambulante allá por el Centro de Lima. En el Perú gobierna un tal Alan García y el país es un caos. Juan es hincha de un equipo llamado Alianza Lima que acaba de perder el campeonato contra Universitario con un gol de Roberto Martinez. Juan odia a Roberto Martinez. Pero lo odió más cuando se enteró que se casaba con Gisela Valcárcel y lo odió peor cuando se enteró que se volvería a casar ahora con Viviana Rivasplata. ¿Por qué un aliancista no es quien besa a Viviana Rivasplata y a Gisella Valcárcel en vez de esa gallina cochina y suertuda?, piensa mientras pega sus figuritas en un viejo álbum de editorial Navarrete. Juan tiene una amiga llamada Rosmery. A ella le gusta sentir el roce que produce con sus dedos cuando toca las arrugas que se forman en los labios de Juan, a la hora del recreo. Juan Ridículo es tan ridículo que se enamora cada vez que ella hace eso. Juan tiene nueve años.
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A Juan Bilis le molesta la política nacional. ¡Cómo alguien no pone orden en este gallinero!, dice al leer todas las noticias de corrupción de este gobierno. A Juan Bilis le irrita ser hincha de Alianza Lima y ver cómo su equipo pierde el partido contra Estudiantes de Argentina (campeón de América) en el último minuto del descuento, por penal y que su arquero lo tape pero que, ¡por ser hincha de un equipo que siempre será segundo!, ¡por ser hincha de un equipo lleno de tanta mala suerte y tanto negro cagón!, el rebote sea cogido por el delantero contrario y meta el gol de la derrota. A Juan Bilis le jodió en el alma enterarse sobre la homosexualidad de Rocco Siffredi, el único súper héroe de carne y hueso, ¡no puede ser!, ¡todo era una farsa!, ¡la vida no vale nada!, grita frente a la computadora leyendo la noticia en la página web de El Comercio. A Juan Bilis le molesta mucho apellidarse Bilis.
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Juan Peregil (con G), tiene su nuevo DNI en manos. Cumple sus dieciocho años pensando que quiere conquistar al mundo. No sabe cómo, pero eso quiere. En las mañanas asiste a la universidad pensando “qué aburrido son los profesores de San Marcos”. Él recuerda a sus profesores del colegio quienes eran divertidos, sabios y extravagantes, como el buen profesor Christian Guivin, un gran tipo nacido para ser maestro y amigo. Sin embargo, en San Marcos, todos los profesores se la pasan hablando de política y que Fujimori es un dictador y qué viva el socialismo y todo eso le aburre. Después, en casa, sus padres no existían ya que ambos trabajaban. Así que solo se dedicaba a ver partidos de fútbol o buscaba a sus amigotes para comentar sobre tal o cual chica, como la linda Jimena del Risco.
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A veces, como ahora, Juan Peres (con S y sin tilde) se siente desubicado y solo. Él es profesor. Tiene problemas para hablar en clase ya que sufre de problemas auditivos y tiende a subir más la voz cuando no es necesario. Pero no solo eso, en el transcurso de su vida se ha adueñado (sin quererlo o saberlo) con apelativos extraños por culpa de su personalidad. Una personalidad que él defiende pero no se atreve a continuar. Él quiere ser una persona normal, el quiere ser como los demás. Hablar como los demás. Ser pendejo como muchos. Tener a las alumnas y alumnos siguiéndolo como ratones a su flautista de Hamelin, como bien lo hacen los otros profesores. Quiere expresarse mejor, no con palabras ‘rebuscadas’ ni nada. Solo quiere ser uno más.
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