Cada gota que cae por la pequeña rendija de su techo de esteras lo distrae. Enciende los parlantes y, esta vez, la voz única de Edith Piaf acompaña al sonido que provoca el golpe de sus dedos en cada teclado de su vieja computadora. Hace un frío enrarecido y, poco a poco, cierra los ojos para sumergirse en un sentimiento que, seguramente, no es de él… pero quiere que sea suyo para apoderarse de un ficticio personaje y poder escribir lo que éste pueda sentir en una determinada situación. Y llora. Y ríe. Y se avergüenza. Y el rubor que se provoca en cada sentimiento es compartido por su teclado que trata de expresar lo que él desea sentir. Desde la agonía que le evoca la tristeza, hasta las explosiones de felicidad por cualquier tema irrelevante que sucede en una ficticia situación subliminal. Juan Vargas Llosa tiene 54 años y nunca ha publicado un libro… y tampoco quiere hacerlo. Solo escribir algunos gritos de libertad en un viejo blog que está perdido en una triple W.
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Cuando Juan se casó con Mary fue un acontecimiento. Eran enamoradillos desde la adolescencia. Y, la verdad, se esperaba que terminen en el altar. Juan es un fotógrafo de barrio. De esos quienes te tocan la puerta para ofrecerte una foto de tu sobrinito en la última actuación por el día de la madre. Mary solo se dedicaba al cuidado de sus dos hijos. Juan, por ser un muchacho criado con las costumbres antiguas, le puso su nombre a su primer hijo quien ahora tiene 14 años. Al segundo, quien tiene 11, le puso Michael, por el señor Jackson, de quien decía: “solo él baila mejor que yo”. Juan siempre hablaba sobre la revolución con sus amigos y le encantaba vociferar arengas a la izquierda, cuando estaba sumergido en el alcohol. Contaba historias sobre Mao, Fidel Castro, Lenin y una sarta de ‘mártires’ del comunismo, mientras sus amigos, más arraigados al hogar y a los libros de editorial Navarrete, lo escuchaban con la boca abierta. Juan se apellida Pendejo, y tenía una debilidad: las mujeres.
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Juan Ridículo tiene 20 soles en el bolsillo y quiere comprarse un reloj que vio en un puesto ambulante allá por el Centro de Lima. En el Perú gobierna un tal Alan García y el país es un caos. Juan es hincha de un equipo llamado Alianza Lima que acaba de perder el campeonato contra Universitario con un gol de Roberto Martinez. Juan odia a Roberto Martinez. Pero lo odió más cuando se enteró que se casaba con Gisela Valcárcel y lo odió peor cuando se enteró que se volvería a casar ahora con Viviana Rivasplata. ¿Por qué un aliancista no es quien besa a Viviana Rivasplata y a Gisella Valcárcel en vez de esa gallina cochina y suertuda?, piensa mientras pega sus figuritas en un viejo álbum de editorial Navarrete. Juan tiene una amiga llamada Rosmery. A ella le gusta sentir el roce que produce con sus dedos cuando toca las arrugas que se forman en los labios de Juan, a la hora del recreo. Juan Ridículo es tan ridículo que se enamora cada vez que ella hace eso. Juan tiene nueve años.
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A Juan Bilis le molesta la política nacional. ¡Cómo alguien no pone orden en este gallinero!, dice al leer todas las noticias de corrupción de este gobierno. A Juan Bilis le irrita ser hincha de Alianza Lima y ver cómo su equipo pierde el partido contra Estudiantes de Argentina (campeón de América) en el último minuto del descuento, por penal y que su arquero lo tape pero que, ¡por ser hincha de un equipo que siempre será segundo!, ¡por ser hincha de un equipo lleno de tanta mala suerte y tanto negro cagón!, el rebote sea cogido por el delantero contrario y meta el gol de la derrota. A Juan Bilis le jodió en el alma enterarse sobre la homosexualidad de Rocco Siffredi, el único súper héroe de carne y hueso, ¡no puede ser!, ¡todo era una farsa!, ¡la vida no vale nada!, grita frente a la computadora leyendo la noticia en la página web de El Comercio. A Juan Bilis le molesta mucho apellidarse Bilis.
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Juan Peregil (con G), tiene su nuevo DNI en manos. Cumple sus dieciocho años pensando que quiere conquistar al mundo. No sabe cómo, pero eso quiere. En las mañanas asiste a la universidad pensando “qué aburrido son los profesores de San Marcos”. Él recuerda a sus profesores del colegio quienes eran divertidos, sabios y extravagantes, como el buen profesor Christian Guivin, un gran tipo nacido para ser maestro y amigo. Sin embargo, en San Marcos, todos los profesores se la pasan hablando de política y que Fujimori es un dictador y qué viva el socialismo y todo eso le aburre. Después, en casa, sus padres no existían ya que ambos trabajaban. Así que solo se dedicaba a ver partidos de fútbol o buscaba a sus amigotes para comentar sobre tal o cual chica, como la linda Jimena del Risco.
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A veces, como ahora, Juan Peres (con S y sin tilde) se siente desubicado y solo. Él es profesor. Tiene problemas para hablar en clase ya que sufre de problemas auditivos y tiende a subir más la voz cuando no es necesario. Pero no solo eso, en el transcurso de su vida se ha adueñado (sin quererlo o saberlo) con apelativos extraños por culpa de su personalidad. Una personalidad que él defiende pero no se atreve a continuar. Él quiere ser una persona normal, el quiere ser como los demás. Hablar como los demás. Ser pendejo como muchos. Tener a las alumnas y alumnos siguiéndolo como ratones a su flautista de Hamelin, como bien lo hacen los otros profesores. Quiere expresarse mejor, no con palabras ‘rebuscadas’ ni nada. Solo quiere ser uno más.
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