Cuando las fuerzas se van. Cuando decides entregarte al poder del lado oscuro. Cuando te das cuenta que todo era una farsa. Cuando descubres que las sonrisas eran inventadas. Cuando te das cuenta que la mentira y el engaño son las armas con las cuales puedes vivir bien en una sociedad donde el dinero es lo más importante. Cuando el amor es una utopía. Cuando empiezas a protegerte. Cuando ya no te entregas como te entregabas. Cuando la felicidad no es solo un troncho de marihuana si no también un salario mensual. Cuando la amistad es solo un pacto pasajero entre traidores. Cuando te da vergüenza decir “te amo” por teléfono o por el chat. Cuando ya no te interesa ayudar a quien puedes ayudar. Cuando te das cuenta que nunca debes confiar en nadie. Ni en una mirada linda. Ni en un saludo cordial. Ni en un mensaje de texto. Ni en un amigo a quien tú creías sincero. Ni en un aprendiz. Ni en un maestro. Cuando te das cuenta que la vida no es como tú pensabas, pues allí recién eres adulto.
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Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
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Los amigos de la adolescencia son a quienes más extraño. Ellos se colaron dentro de mí y no me molesta. Me encanta que así sea. Muchas veces, al salir del trabajo y al pasar cerca de la casa de alguno de ellos, me lleno de un sentimiento muy similar a la nostalgia. La cantidad de risas y lágrimas son los motivos que hicieron de ellos, amigos del alma. Amigos con derecho a todo. Amigos para la eternidad, así estemos alejados por el trabajo, la familia y el estrés. Amigos que, llenos de pueriles borracheras y cantos de boleros, hicimos de esa palabra llamada amistad, algo más que un barco frágil de papel (no te ofendas, Alberto Cortez). Historias que no contaré. Historias que llegan a mí con mucha naturalidad. Esta es, sin embargo, una pequeña anécdota que arranqué del olvido.
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Desde que tengo uso de razón, en la esquina de mi casa se reúnen todos los vecinos, a eso de finales del verano, para celebrar la típica Yunza. Muchas personas que llegaron a Lima con sus costumbres de la sierra tienen, luego del sol de enero y febrero, una reunión casi infaltable. Es tan linda la fiesta de fin de verano que, cuando crecí y me hice periodista, les escribí una crónica para el diario El Comercio que se tituló: Hasta que el tronco aguante. Recuerdo a mi abuela, ancashina ella, quien sacaba una silla y se sentaba en la puerta de mi casa para ver a la gente bailar, tomar y festejar con algunos huaynos cantados en quechua. Sin embargo, yo no participo de ella. No sé por qué. Fácil soy aburrido. Fácil no me agrada mucho la idea de cortar un árbol que le ha tomado mucho tiempo en crecer. Sin embargo, el día de ayer, sábado 13 de marzo, ocurrió algo que me ha impulsado a escribir este post y hacer una pública denuncia.
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Hoy quiero pedir perdón. Hoy me nace expresarte que lo siento mucho. Tú que lees. Que vives en mi casa o fuera de ella. Que estás solo o sola o con tu novia o con tu novio. A ti amigo, amiga que ofendí. A ti que, de una manera, formas parte de mi vida. Sin saberlo. Sin desearlo. Solo quiero que sepas que existes. Que no te olvido. Que nunca te olvidé. Que siempre te escucho así no estés a mi lado. A ti que eres mi novia. Mi madre. Mi padre. Mi hermano. Mi hijo. Mi amigo. Mi amiga. Mi alumno. Mi alumna. A ti que no te hablo pero sabes que existes en mí. A ti que no te veo hace mucho. A ti que no me recuerdas. A ti que algún día amé o amo o amaré. A ti te quiero pedir perdón.
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Empezaron las matrículas en el colegio de Cristian, mi hijo. Veo a muchos niños que se esconden de sus padres y juegan entre sí como una oda a la alegría. Me encanta ver jugar a los niños. Claro, si mi hijo está allí, mejor. Me gusta verlos jugar porque me veo reflejado en ellos. Cuando yo era niño (no hace mucho, no se burlen), pues era muy juguetón. Arañaba la travesura y el delito de baja intensidad. Sin embargo, no siempre fui así. No siempre fui el primero que lanzaba los globos de agua o el primero en salir al recreo. No. Antes, en el colegio La Merced, donde estudié primaria, era un niño abstraído. Tímido. Huevón. Ahora, que matriculo a mi hijo y este no sé dónde se ha metido, pues recuerdo a mi colegio de primaria y recuerdo, también, a Romina San Martín.
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Siente la humedad en su frente y se limpia el sudor con la mano izquierda. Lleva tres horas caminando sin tener claro adonde ir. Levanta la mano para pedir unas monedas pero, esta tarde, las muestras de cariño escasean. Toca la ventana de un automóvil pero el chofer no le hace caso: está discutiendo con la mujer que lo acompaña y, mientras ella llora, él sigue gritando. Luego se ayuda con sus blanquísimas manos para poder ver, a través de la luna polarizada, a una mujer hablando por teléfono. La señora baja la luna de su ventana y le da veinte céntimos de sol. Liliana sigue su camino cuando cambia la luz del semáforo y pierde su mirada entre empanadas y bizcochos. Liliana tiene ocho años.
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Hace muchos años, menos de la mitad de los que ahora tengo, mi vida era un baile. Catorce o quince años, seguro me equivoco. Pero aun siento esos aplausos. Aun recuerdo esas largas tardes de verano ensayando en el asfalto con los inmensos parlantes de un equipo de sonido que perteneció a mi abuela. Todavía lo recuerdo. Estas letras no tenían que ser escritas, pero aquí están: para que un puñado de famélicos niños vuelvan a bailar como lo hicieron. Para que los recuerden. Para que, de una poética manera, sigan practicando en el asfalto… Esta es la inédita historia de Los Keyser.
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Escena 1: Erika y Enrique
Erika siente un cosquilleo en la oreja izquierda. Se acaricia la piel con delicadeza y cree que ese comezón es una señal divina que previene a una buena velada. Llega puntual y ve que Enrique, tan serio él, ya está presente. Sonríe con demasiada efusividad y él solo levanta las cejas. Enrique cree que ella solo está con él por su empleo y por su dinero. Siempre tarde, le dice él. Siempre temprano, le contesta ella. Después de hacer una mueca de molestia, llama con un solo tronar de dedos a la mesera. A Erika le incomoda la pedantería de Enrique y solo continúa con él por el miedo a quedarse sola.
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Hace poco fue la clausura del año académico en El Instituto Peruano de Arte y Diseño IPAD, donde soy profesor. En este, mi primer año enseñando lo poco que sé de fotografía, he conocido a muchos alumnos que llegaron entusiasmados y se fueron, creo, más. He tenido una gama increíble de perfiles: desde jovencitos hasta jubilados y desde ingenieros hasta empresarios. Y muchos extranjeros también que comprobaron que, a parte de la comida, el Perú puede exportar también profesores (sonrían). Sin embargo, aprovechando que llega Navidad y uno se siente más tarado de lo normal, quisiera dedicar este post a una alumna.
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