Hoy, domingo 13 de marzo es el cumpleaños número siete de Cristian, mi hijo. El año en el que él abrió los ojos por primera vez yo atravesaba unos grandes problemas existenciales los cuales llevaron a refugiarme en algunos escritos personales que mis amigos más cercanos conocieron a través del mail. Amigos y colegas periodistas quienes aprendimos a querernos con nuestras excentricidades y bobadas. Amigos a quienes a muchos ya he dejado de ver o frecuentar, sin embargo, su recuerdo todavía permanece iluminando mis nostalgias. Dichos amigos me confesaron algo en común y era que, según ellos, podía acompañar mi oficio de fotógrafo con la escritura. Ese interés por escribir y Cristian, llegaron de la mano ese mismo año. Cuando él nació, nacieron mis ganas de narrar historias por medio de las letras. Y así, continuaba enviando masivos a mis compañeros más cercanos con cualquier payasada que se me ocurría mientras ellos festejaban mis rebuscadas letras. Una vez, Norka Peralta, periodista del diario El Comercio, a quien en algunas oportunidades he nombrado de manera ficticia y otras con ánimos solo de molestarla (algo que nos permitimos los amigos que nos queremos), me propuso hacer juntos un blog. Acepté rápidamente. Sin embargo, Norka, como toda mujer que se quiere hacer la interesante, nunca más me llamó. Así que decidí hacer un blog sin su ayuda y fue en ese momento que nació Crónicas de Pollada.
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Más torpeza que precisión. Más ansiedad que serenidad. Cuántas veces había visto esa escena en sus fantasías de cama. Cuántas veces sintió la necesidad de un poco de ese placer que estaba a punto de llegar. Igual trató de someterse a un leve instante de tranquilidad. De frescura. No era un espectáculo diario. Quería disfrutarlo. Al frente de sus ojos estaba: inmóvil y húmedo. El color más bien era de un claroscuro sugestivo y delicioso, con algunos brotes de pequeñas protuberancia que formaban parte de aquel pezón que, segundos antes, estaba aprisionado dentro de su boca. Pasó sus dedos por todas esas voluptuosidades. Sintió cada placer que su tacto podía entregarle. Ninfas de sueños. Diosas de la carne. Musas de la poesía. Deseo. Pasión. Lujuria. Pecado suyo. ¡Oh!, Cuánto amor le tenía. 17 años de granos y rock and roll corrían por sus pieles vírgenes. Intocables. Tersas. Afiebradas. Te amo, le dijo. Yo también, le susurró. Mientras posaba sus labios encima de los suyos, despojó la última tela que tenía que caer para poder liberar al sexo que ardía del deseo. El eco de una conocida canción de Black Eyed Peas enmudecía los cortos gemidos de placer. Prométeme que nunca me dejarás, le pidió mientras sostenía su miembro desnudo y endurecido. Lo prometo, mi amor, le contestó.
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Una tarde, cuyo recuerdo se me hace jodidamente doloroso, cruzaba la sala de mi casa con un poco de despreocupación para llegar a la computadora y revisar las noticias del día. Cruzo la mesa y veo, de reojo, un inmenso calendario de Universitario de Deportes en el que estaban algunos niños quienes, seguramente, formaban parte de las canteras del club. No le di importancia y me senté en el mismo sofá desde donde estoy escribiendo, precisamente, estas letras. Puedo escribir una caprichosa combinación de palabras para narrar lo que pasó. Lo único que quiero que comprendan, sin embargo, es lo que en ese momento sentí, sin usar adjetivos que traicionen la objetividad. El recuerdo de aquel calendario encima de la mesa no me dejó leer con tranquilidad las diversas noticias que llegaban a mi computadora. En casa solo hay un hincha de la “U”: mi padre. Pero esa simpatía nunca lo llevó a conseguir almanaques o chucherías del club, entonces ¿De quién es ese calendario?, me preguntaba. Fue en ese instante que mi rostro comenzó a desfigurarse. Cristian, mi pequeño hijo, tiene seis años y es, desde que nació, hincha de Alianza Lima porque así lo decidí (en este caso el autoritarismo, disfrazado de amor, ganó). Pero esta decisión unilateral no era compartida por mi papá ya que siempre decía que Cristian será, como él, una gallina. Así que, por una fuerza invisible, fui impulsado a sostener con terror ese almanaque y lo que vi en esa imagen era una abominación. Fue en ese momento en el que todos los vecinos de mi cuadra escucharon un alarido desgarrador, muy similar a una mentada de madre.
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No es agradable dormir hasta tarde en las vacaciones. Rodrigo no recuerda si en el verano pasado hacía tanto calor como ahora. Igual se lava los dientes como la abuela Jacinta le ordena: “lávate los dientes o te saldrán pericotes de la boca”. Rodrigo no quiere que le salgan pericotes de la boca así que, llevado aun por el sueño, unta pasta dental en su cepillo para luego rasgar su dentadura con las cerdas. Toma desayuno y sale a jugar con sus amigos de siempre. Hace mucho calor. Mucho. De lejos observa que Juan José y Yuyito ya estaban jugando con Unga y Papilón. No saluda a nadie al llegar. Solo saca su trompo del bolsillo derecho. “Entro”, dice. “Termina este juego y entras”, le dice Unga. Yuyito lanza el trompo en medio del descampado y todos tratan de detener su baile con las furiosas embestidas de sus huaracas. En ese momento, Rodrigo moja la punta del pabilo con su lengua y enrolla con rapidez la cuerda que tiene en su extremo una chapa volteada de Inca Kola. Sin pedir permiso, lanza la huaraca con todas sus fuerzas y, de un solo puazo, detiene el baile del trompo de Yuyito. Papilón grita: “¡se lo bajó!”. Juan José se ríe asombrado, mientras el juguete de Rodrigo sigue bailando en medio del terral, hasta que Unga arremete con todas sus fuerzas al ruedo y lanza el trompo de Rodrigo lejos del lugar con la ayuda de una fuerte patada. “¡Tarado!, ¡te dije que termina el juego y entras!”, le dijo poniéndole el dedo índice en la cara. A un lado, Yuyito sonríe satisfecho, mientras anuda, nuevamente, su trompo con la huaraca.
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Las burbujas reventaban dentro del vaso formando cráteres blanquecinos de restos de cerveza. El humo del cigarrillo flotaba en el viento como pequeños mantos de seda que dificultaban el vuelo de las moscas de El Bar Queirolo. “¡Palomeque, dos más!”, bramó Iván. Palomeque se acercó sin prisa hacia la mesa donde estaban los cuatro periodistas quienes, cada fin de semana, se diluían entre tragos, cocaína y discusiones sobre política, deportes y mujeres. Iván es el mayor de esa joven promoción de veinteañeros redactores del diario La Prensa. Tiene 25 años y todavía extraña a su ex novia quien lo dejó por irse con un jipi vendedor de trenzas en La Plaza de Armas de Miraflores. Carolina es menor que él y le importa más la poesía que las notas informativas. Le importa más vivir el día a día que planificar un viaje para fin de año, por eso no le fue difícil dejar a este redactor por irse con el aventurero. “No era para mí”, se repetía Iván cada cuatro vasos. Y así, en medio de las disertaciones sobre el último discurso presidencial, Santiago reconoce una figura avejentada y risueña que se sienta en una mesa alejada. Cree reconocerlo pero no se atreve a consultar su duda a sus amigos ya que justo Horacio y Martín están enfrascados en una tensa discusión sobre qué diario tiene los mejores culos del periodismo nacional.
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La belleza y sus absurdas lejanías. ¿Cómo no podemos estar todos de acuerdo para un simple tacto? Para un simple suspiro de felicidad. ¿Por qué la soledad es el otro lado de la moneda que, irreversiblemente, tienen el placer y la satisfacción que te produce el roce consentido de una tersa piel? ‘Y en esta hora fría en que la tierra trasciende a polvo humano y es tan triste’ quisiera izar la bandera de la felicidad. La bandera del autoplacer. Ya que existen los ojos que me enseñaron a apreciar. Aquellos ‘ojos que enseñen a mirar. Labios que quemen. Sabios que enseñen a besar. Delirium tremens. Hijos de la necesidad: lluvia de semen’. En este momento en el que los ríos se desbordan, en el que los ojos se llenan de ganas por ver más, quiero agradecer a Daniel F. A Mario Vargas Llosa. Al diamante mágico de Gigi. A los calendarios de Susan León. A las antiguas portadas del diario Ojo y, claro, a las lentejuelas de Gisela Valcárcel. Gracias a mi mano derecha (y a la izquierda también). Gracias a los espejos. Al cine Junín. A la profesora Gretta y sus clases de religión. A las cáscaras de plátano. A la última página de la revista Caretas. Gracias a la vida por hacerme fotoperiodista. Gracias a la vida por esta última comisión. ‘Gracias a la vida que me ha dado tanto, me dio dos luceros que, cuando los abro, perfecto distingo’ a todas las colitas del Miss Reef Internacional.
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Posiblemente la vida nos separe. Posiblemente tú te separes. Posiblemente la vida te ponga un recodo varonil en el que quieras librar algunas tensiones propias de la rutina y la clandestinidad. ¿Sabes que la infidelidad es un estorbo inventado por nosotros solo para hacernos la vida imposible? Anda, dale rienda suelta a tu libido. Diviértete. Goza. Inspecciona cada rincón de humedad que encuentres fuera de tu cuerpo. Fácil en las cavidades de otra persona. De otra mujer, quizá. No te sonrojes. Total, todo esto existe: tacto. Olor. Los sonidos imperdibles de cada estruendo de placer. Suelta tu lado animal. Suelta lo que quieres ocultar. Deja de bañarte con agua fría. Tócate. Revisa el placer que tu propio cuerpo te puede proporcionar. Revisa las imágenes que sacaste de tu cabeza cuando rezabas de niña. Posiblemente la vida nos separe, te dije. Posiblemente tu vida termine de un solo portazo. Posiblemente mueras hoy. ¿Dejarías escapar algún momento de placer solo por ir a trabajar? ¿Dejarías de ser feliz solo por planchar tu blusa del día de hoy? Reivindica la utopía de ser tu misma. De ser quien quieres ser. Saca el lado oscuro que tienes. Libera el animal sexual que llevas dentro. Libera tu pasión. Tu enojo. Tus ansias de amar. Anda, libera a tu cisne negro.
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Hay eventos que llegan lentamente y hay otros que pasan de largo. Unos que ni cuenta te das que están a punto de suceder y, cuando suceden, modifican tu vida para siempre. Un día te levantas de la cama. Te lavas la cara. Te cepillas los dientes. Te bañas. Tomas desayuno y te vas a trabajar. Regresas cansado y, fácilmente, un poco estresado. Dejas tus cosas por allí… no importa dónde. Te reconcilias un momento con tu almohada mientras vuelves a ver una vieja película. Sales. Besas. Amas. Comes. Bebes. Y vuelves a dormir para repetir todo al día siguiente. Y así hasta que llega un día que cambiará tu rutina para siempre. Tú no lo sabes. Ni lo sospechas mientras te cepillas los mismos dientes, con el mismo cepillo, en el mismo baño. Ni lo sospechas, repito. Pero allí te espera ese día que, con un hachazo invisible, cortará, de un solo empujón, toda tu vida. A veces para bien. A veces para mal. A veces será una mezcla irreconocible de buenos y malos momentos que no sabes si debes estar agradecido o maldecir por ser un desdichado. No sabes si reír o llorar. Y solo atinas a colocar más pasta dental en el mismo cepillo de dientes para poder asearte frente al mismo espejo que refleja al mismo individuo quien, poco a poco, envejece cada día más.
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No voy a decir su nombre, pero si alguien que lo conoce lee este texto sabrá de quién hablo. Era mi tío, es cierto. Un tío por parte de padre. Un tío casi lejano pero, a la vez, tan cercano a mi infancia. Un tío que cocinaba en mi casa. Barría. Lavaba. Me cuidaba. Un señor brilloso y trinchudo. Un tipo que prefería peinarse frente al espejo del baño porque en la sala se avergonzaba. El joven que se acostaba con una vecina. El joven quien me enseñó a bailar un trompo. Quien me dijo, por primera vez, ‘mira esa tía que se va por allá’. Un tío que preparaba el estofado de pollo más horrible de toda la historia culinaria peruana. Un tío que me dijo: “La ‘U’ es el mejor equipo del Perú”. Con quien escuchaba a Magneto. Con quien aprendí que la música romántica es la que más cercana está del alma. El que alguna vez lloró al frente de mi estupor. Un tipo incomprendido. Rechazado por su eterna bohemia. Por su particular forma de ver la vida.
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Hace frío y estoy lejos de casa. Amaneció y estoy con resaca. No vino, sin embargo, un gesto de dolor ni de pesadez. Llegó, como frío baño en verano, una sensación de alegría y satisfacción. Esa mañana de resaca fue la más preciada de muchas. Y es que no esperé mil horas como un perro. Y en la noche tampoco me molestó la luna por la ventana abierta. Porque sabía que volvería. Porque en el fondo sabía que él es un loco que se dio cuenta que el tiempo es muy poco, así no invite el porrito que cruzó mil aduanas y mil países. Por eso le lancé la camiseta de Alianza Lima. Por eso le regalé la camiseta de mi selección. Porque yo sé que es un hombre pegado a una pelota de cuero y tiene el don de pegarle muy bien al balón… es un guerrero. No es miembro de la basura de la alta suciedad. Es miembro de los Abuelos de la Nada. De Los Rodríguez. Del corazón de Mercedes Sosa y de Carlos Gardel. Y es con sus canciones con las que yo me entrego al vino porque el mundo me hizo así y no puedo cambiar. Soy el remedio sin receta y su amor es, sencillamente, mi enfermedad. Es por eso, por Dios, que quiero que comprendas, que no puedes detener tanta emoción, que no me incomoda que repitas la misma canción, que no me entristece verte ir ya que me encanta verte regresar, que no me excita cagar en el mar, que no se puede cambiar de corazón como de camisa, sin antes perder un poco la sonrisa. Así que comprende que no siempre todo lo que termina, termina mal. Y solo por este motivo, que me carcome, es que quiero vivir dos veces para poder olvidarte… quiero llevarte conmigo y no voy a ninguna parte. Y lloramos y reimos y gritamos y bebimos y fumamos. Y es por tu recuerdo que tengo resaca… y no me jode. Es por todo esto que me duele hasta los cayos: por los polos vendidos. Por los amigos encontrados. Por los poemas recitados. Por la rebeldía a flor de piel. Porque siempre me detuve a escuchar una canción tuya en cualquier lado. Porque valoro la astucia de quienes nadan contra la corriente. De quienes transitan en contra de los caminos señalados. Porque siempre seguí el mismo sendero. Porque siempre seguí la misma dirección, la difícil, la que usa El Salmón.
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Luis Iparraguirre
Nací el 15 de febrero del 76. Estudié comunicaciones en una viejísima universidad para luego pasar a ejercer el fotoperiodismo en distintos medios de la capital. Me sospecho un tipo poco sociable, olvidadizo crónico, flojo y, de vez en cuando, buen hijo y buen padre de mi único vástago. Mis amigos más cercanos no saben que tengo un blog. Otros, más lejanos y perdidos, me abrazan por medio de sus comentarios. Ahora, me dedico al fotoperiodismo en un conocido diario limeño. Amo el pisco. La buena música. El cine. Las letras de Vargas Llosa. Y mi blog, donde deposito numerosas narraciones que le dan vida y forma a Crónicas de Pollada.
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