Hoy quiero pedir perdón. Hoy me nace expresarte que lo siento mucho. Tú que lees. Que vives en mi casa o fuera de ella. Que estás solo o sola o con tu novia o con tu novio. A ti amigo, amiga que ofendí. A ti que, de una manera, formas parte de mi vida. Sin saberlo. Sin desearlo. Solo quiero que sepas que existes. Que no te olvido. Que nunca te olvidé. Que siempre te escucho así no estés a mi lado. A ti que eres mi novia. Mi madre. Mi padre. Mi hermano. Mi hijo. Mi amigo. Mi amiga. Mi alumno. Mi alumna. A ti que no te hablo pero sabes que existes en mí. A ti que no te veo hace mucho. A ti que no me recuerdas. A ti que algún día amé o amo o amaré. A ti te quiero pedir perdón.
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Empezaron las matrículas en el colegio de Cristian, mi hijo. Veo a muchos niños que se esconden de sus padres y juegan entre sí como una oda a la alegría. Me encanta ver jugar a los niños. Claro, si mi hijo está allí, mejor. Me gusta verlos jugar porque me veo reflejado en ellos. Cuando yo era niño (no hace mucho, no se burlen), pues era muy juguetón. Arañaba la travesura y el delito de baja intensidad. Sin embargo, no siempre fui así. No siempre fui el primero que lanzaba los globos de agua o el primero en salir al recreo. No. Antes, en el colegio La Merced, donde estudié primaria, era un niño abstraído. Tímido. Huevón. Ahora, que matriculo a mi hijo y este no sé dónde se ha metido, pues recuerdo a mi colegio de primaria y recuerdo, también, a Romina San Martín.
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Siente la humedad en su frente y se limpia el sudor con la mano izquierda. Lleva tres horas caminando sin tener claro adonde ir. Levanta la mano para pedir unas monedas pero, esta tarde, las muestras de cariño escasean. Toca la ventana de un automóvil pero el chofer no le hace caso: está discutiendo con la mujer que lo acompaña y, mientras ella llora, él sigue gritando. Luego se ayuda con sus blanquísimas manos para poder ver, a través de la luna polarizada, a una mujer hablando por teléfono. La señora baja la luna de su ventana y le da veinte céntimos de sol. Liliana sigue su camino cuando cambia la luz del semáforo y pierde su mirada entre empanadas y bizcochos. Liliana tiene ocho años.
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Hace muchos años, menos de la mitad de los que ahora tengo, mi vida era un baile. Catorce o quince años, seguro me equivoco. Pero aun siento esos aplausos. Aun recuerdo esas largas tardes de verano ensayando en el asfalto con los inmensos parlantes de un equipo de sonido que perteneció a mi abuela. Todavía lo recuerdo. Estas letras no tenían que ser escritas, pero aquí están: para que un puñado de famélicos niños vuelvan a bailar como lo hicieron. Para que los recuerden. Para que, de una poética manera, sigan practicando en el asfalto… Esta es la inédita historia de Los Keyser.
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Escena 1: Erika y Enrique
Erika siente un cosquilleo en la oreja izquierda. Se acaricia la piel con delicadeza y cree que ese comezón es una señal divina que previene a una buena velada. Llega puntual y ve que Enrique, tan serio él, ya está presente. Sonríe con demasiada efusividad y él solo levanta las cejas. Enrique cree que ella solo está con él por su empleo y por su dinero. Siempre tarde, le dice él. Siempre temprano, le contesta ella. Después de hacer una mueca de molestia, llama con un solo tronar de dedos a la mesera. A Erika le incomoda la pedantería de Enrique y solo continúa con él por el miedo a quedarse sola.
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Hace poco fue la clausura del año académico en El Instituto Peruano de Arte y Diseño IPAD, donde soy profesor. En este, mi primer año enseñando lo poco que sé de fotografía, he conocido a muchos alumnos que llegaron entusiasmados y se fueron, creo, más. He tenido una gama increíble de perfiles: desde jovencitos hasta jubilados y desde ingenieros hasta empresarios. Y muchos extranjeros también que comprobaron que, a parte de la comida, el Perú puede exportar también profesores (sonrían). Sin embargo, aprovechando que llega Navidad y uno se siente más tarado de lo normal, quisiera dedicar este post a una alumna.
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Hace muchos años, cuando era niño, fui a la final del campeonato nacional y, coincidencias de la vida, fue la misma final que se jugará en unos días. Como ya conté en un viejísimo post, esa noche de verano lloré como todo hincha desconsolado en Sur al ver a los capitaneados por Roberto Martinez dar la vuelta olímpica en mi cara. Luego, al pasar los años, esa misma final se repitió y, para variar, el resultado fue el mismo: esta vez un irracional tres a cero a favor de los cremas (con un blooper alucinante que protagonizaron el finado Sandro Baylón y el colorido e irresponsable portero Christian Del Mar). Ahora, luego de hiperinflaciones y dictaduras, la final soñada vuelve a repetirse y, la verdad, creo que el campeón nuevamente tendrá plumas.
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No sé si esto les pasa a los que ahora pululan en base tres, pero recuerdo que yo, de niño, quería ser congresista. Claro, en esas épocas era senador o diputado. No sé, repito, si esto le sucede a todos los de base tres, pero yo babeaba con lo bien que hablaba mi padre de tal o cual político; claro, los políticos de ahora son muy, pero muy diferentes a los de antes (¿me explico?). Salvo Javier Valle Ristra y uno que otro más, el resto, pues, no creo que estén a la altura de lo que significa formar parte del legislativo. Antes, como él habían muchos. Pero ya no. Antes, los debates eran hermosos. Hipnóticos. Bélicos, pero hermosos. Para mi padre era escuchar a Mozart. Era un continuo y recurrente acto de placer. Y sí pues, yo de niño quería ser Senador.
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Tres de la tarde de un día gris. Verónica sale a almorzar. A su jefa la incomoda verla hablar por teléfono con su novio, así que aprovecha para llamarlo mientras decide ir a un lugar más alejado para comer. Luego de prometerle ir al cine más tarde y decirle que lo extrañaba, le cuelga. Verónica tiene 23 años y dos gatos, sin embargo, cuando empiece a vivir con Alex, se comprará otro. Al pedir sus ensaladas y el trozo de pescado al vapor, enciende su iPod. Le incomoda el roce casual que hace el mesero con sus manos a su brazo y hace una breve mueca de asco. Verónica tiene ojos verdes y un jean azul.
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Jorge Mufarech es un empresario textil peruano de relativo éxito. Claro, su éxito en el área empresarial, se vio ensombrecido por su no tan fugaz paso por la política: fue ministro en el gobierno de encarcelado presidente Fujimori y luego, en un increible cambio de camiseta, fue congresista por el partido del también presidente Toledo y en las próximas elecciones postulará por el partido de Ollanta Humala (esto último es broma). Resulta que, según lo que indican las varias denuncias, el paso por el poder político de este risueño, coqueto, rabioso y millonario mártir de la democracia dejó algunas perlitas que, al parecer, le resulta irritable recordar. Pobre. Necesita comprensión, amor, olvido, desagravio… y un millón de dólares.
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Luis Iparraguirre
Nací el 15 de febrero del 76. Estudié comunicaciones en una viejísima universidad para luego pasar a ejercer el fotoperiodismo en distintos medios de la capital. Me sospecho un tipo sociable, olvidadizo crónico, egocéntrico, flojo y, de vez en cuando, buen hijo y buen padre de mi único vástago. Mis amigos más cercanos no saben que tengo un blog. Otros, más lejanos y perdidos, me abrazan por medio de sus comentarios. Ahora, me dedico a enseñar lo que sé de fotografía en un conocido instituto donde mis alumnos y yo aprendemos a querer más este preciosa expresión artística. Amo el pisco. La buena música. El cine. Las letras de Vargas Llosa. Y mi blog, donde deposito numerosas narraciones que le dan vida y forma a Crónicas de Pollada.
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